El gato dormía con mi esposa: me empujaba con sus cuatro patas y se acurrucaba contra ella, mirándom…

Hace muchos años, en un piso de Madrid, vivíamos mi esposa y yo, junto con nuestro gato gris, al que habíamos llamado Ciriaco. Nada más verlo en la protectora, mi esposa, Sofía, se enamoró de él y desde entonces fue el rey de la casa.

Ciriaco dormía con Sofía, pegado a su espalda, y me echaba con todas sus patas cuando intentaba acercarme. Al despertar, me miraba descaradamente, con un aire de burla, como si supiera que ese era su territorio. Yo protestaba, pero de poco servía; Sofía se reía y me decía que él era su “patitas queridas” y “mi sol”. Solo a ella le hacía gracia, a mí no tanto.

Para Ciriaco ella preparaba la mejor comida. Doraba pescadito en aceite de oliva, quitaba meticulosamente cada espina y le ponía la piel crujiente en una pequeña montaña cerca de los jugosos lomos en su platillo de cerámica. El gato me miraba con esa sonrisa torcida que parecía decir: Tú eres un fracasado, el auténtico dueño aquí soy yo.

A mí me tocaban los trozos de pescado que no le gustaban al muy mimado. En fin, que Ciriaco me tomaba el pelo siempre que podía y yo, cuando tenía oportunidad, lo apartaba sutilmente del plato o lo empujaba fuera del sofá. Una guerra diaria.

De vez en cuando, encontraba “sorpresas” en mis zapatillas y zapatos; minas de olor, como decía Sofía entre risas. No le molestes, amor, que es un bendito”, y acariciaba su sol mientras el gato me miraba con condescendencia, como un señorito. Yo suspiraba. Mi esposa era única, y no había nada que decir. La paciencia era mi única opción.

Pero aquella mañana… Aquella mañana al prepararme para ir al trabajo, escuché el grito desesperado de Sofía desde el recibidor. Corrí y vi una escena que aún recuerdo como si fuese ayer. Seis kilos de pelo, uñas y mala leche embistieron a Sofía como un toro a la muleta. Al verme, la bestia saltó sobre mi pecho y me empujó tan fuerte que rodé por el suelo.

Me levanté como pude, agarré una silla y la puse como escudo, saqué a Sofía de allí y la llevé a trompicones a la habitación. El gato saltó y se golpeó con la pata de la silla, soltando un grito desgarrador, pero no se detuvo. Siguió atacando hasta que cerramos la puerta tras nosotros. Dentro, escuchábamos su siseo. Nos curamos las heridas con alcohol y yodo de la botiquín, mientras Sofía llamaba al trabajo para explicar que nuestro gato se había vuelto loco y que tendríamos que ir al hospital. Después llamé yo y repetí palabra por palabra la historia ante mi jefe. Y entonces…

Entonces la tierra tembló y la casa se estremeció. En la cocina, los cristales se quebraron y cayeron; en el baño saltó la ventana. Solté el teléfono y mi esposa y yo quedamos en silencio absoluto. Sin pensar en el gato, corrimos a la cocina y miramos al exterior. Frente al edificio había un enorme cráter, restos de vehículos desperdigados. El furgón del vecino, que trabajaba con gas butano, había explotado, esparciendo coches por el aparcamiento. Las sirenas de policía y ambulancias sonaban a lo lejos, y los coches volteados giraban sus ruedas como tortugas panza arriba.

Aturdidos, Sofía y yo nos giramos hacia Ciriaco. Estaba en un rincón, con la pata delantera derecha rota pegada al pecho, llorando en silencio. Sofía dio un grito y corrió a abrazarlo y yo, temblando, saqué las llaves del Seat y bajamos los siete pisos saltando escalones.

Perdónenme los afectados por la explosión, pero nosotros también teníamos un herido.

Por suerte, nuestro coche estaba detrás del bloque, intacto. Nos lanzamos y fuimos raudos al veterinario, el de la calle Alcalá, mientras en la radio sonaba una melodía de Mikel Tariverdiyev, Dos en el café cosas de la vida.

Tras una hora, Sofía salió con Ciriaco en brazos, su tesoro con la pata vendada. Él, orgulloso del vendaje, mostraba su “herida de guerra” a todos los que esperaban con sus mascotas. Al enterarse de la historia, los demás se levantaban para acariciar a nuestro gato.

De regreso a casa, Sofía preparó la pescadito como siempre: quitó las espinas y depositó la piel crujiente en una montaña al lado de la carne. A mí me puso los restos. Ciriaco, cojeando, se acercó a su plato y, en vez de mostrarme la cara de desprecio, hizo una mueca de dolor.

Yo estaba liado, tenía prisa, pero cuando terminé, deposité mi trozo de pescado, limpio de espinas, en su plato. Ciriaco me miró con asombro, recogió la pata rota hacia el pecho y maulló suavemente, interrogando. Lo levanté, lo puse frente a mi cara y le dije:

Tal vez soy un fracasado, pero con una esposa y un gato como vosotros, soy el fracasado más feliz de España.

Le besé el hocico y él ronroneó, empujando su cabeza contra mi mejilla. Lo coloqué en el suelo y, aun con dolor, empezó a comer su pescado. Sofía y yo, abrazados, le mirábamos y sonreíamos.

Desde entonces, Ciriaco duerme sólo conmigo. Me observa cada noche y yo rezo a Dios por tener muchos años para seguir viendo a mi esposa y mi gato juntos.

Y no pido nada más.

De corazón.

Eso es, sin duda, la felicidad auténtica.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

3 × 4 =