Tengo 55 años y llevo muchos años viviendo en este edificio. En el piso de al lado viven dos persona…

Tengo 55 años y llevo viviendo en este edificio muchos años. En el piso de al lado viven dos personas mayores una pareja que siempre ha estado muy unida. Se mudaron a Madrid hace tiempo, huyendo de graves problemas de seguridad en su tierra natal. Sus tres hijos, ya adultos, se quedaron allí porque no pudieron venir con ellos. Pero la vida ha sido muy dura para esta familia. Dos de sus hijos fallecieron en circunstancias dolorosas. La más pequeña, la única que sobrevivió, decidió dejar todo y venir a Madrid para acompañarles, trabajar y ayudarles a empezar de nuevo.

Esta hija era el pilar del hogar. Soltera, trabajadora, pendiente de cada detalle: mantenía las cuentas ordenadas, hacía la compra, controlaba los medicamentos, acudía a las consultas médicas. Nunca tuvo hijos, nunca se casó, siempre decía que su familia eran sus padres. Pero hace poco también se fue, debido a un problema cardíaco. En apenas unos días, el hogar, siempre lleno de movimiento, quedó en silencio absoluto. Ellos se quedaron solos en una ciudad nueva, lejos de los suyos, sin hijos, sin familia, sin nadie que les cuide.

Su casa es pequeña, afortunadamente propia, pero muy antigua. Las paredes están agrietadas, cuando llueve hay goteras en varios rincones, y por mucho que se esfuerzan en cuidarla, la verdad es que está muy deteriorada. Él tiene 75 años, ella es dos años más joven. A esta edad nadie les contrata y apenas tienen ingresos. La mujer prepara empanadas que vende en el balcón, pero tú y yo sabemos que eso no alcanza para pagar medicamentos, facturas, comida, transporte y todos esos gastos inesperados que trae la vejez.

No sé cuándo sentí que tenía que hacerme cargo, pero lo hice sin dudar. Nadie me pidió nada. Simplemente vi la situación y actué. Cuando tienen consulta médica les acompaño. Cuando hay que pedir pruebas firmo, hago cola, pregunto, coordino. Les cocino tres veces al día porque a veces sus manos tiemblan y él olvida cosas básicas. Compro fruta, proteínas, les llevo al mercado, y cuando puedo limpio su casa. No me cuesta: tengo una pensión de viudedad, tengo ahorros y un piso alquilado que me da estabilidad. Mis hijos también ayudan y apoyan todo lo que hago.

Y aunque siempre les he tenido cariño, tras la pérdida de su hija nuestra relación cambió. Ahora me esperan en la puerta cuando oyen mi llave. Me mandan mensajes de voz agradeciéndome cada detalle. Cuando les llevo una sopa caliente me dicen que sienten que su hija me ha enviado. Son tan sinceros que a veces me dan ganas de llorar. Pero no me pesa lo hago con alegría. Sé que, si estuviera en su lugar, ellos harían lo mismo por mí.

Sin embargo, últimamente hay algo que me preocupa: los demás vecinos. Los comentarios, las insinuaciones, las miradas maliciosas han empezado. Dicen que ayudo demasiado, que nadie hace eso sin ganar algo, que seguro quiero quedarme con su piso. Me lo han dicho a la cara y a mis espaldas. Es absurdo porque ese piso es pequeño, viejo, húmedo y con goteras. Les he explicado más de una vez que si no tienen herederos, pueden donarlo, venderlo o dárselo a alguien necesitado. Jamás he insinuado nada. Pero la gente no soporta ver a alguien hacer el bien desinteresadamente.

Y ahora me pregunto: ¿habrá alguna forma de frenar esos comentarios? ¿Debo poner límites? ¿O simplemente seguir ayudando y dejar que hablen lo que quieran? Porque mientras los vecinos inventan historias, yo veo a dos ancianos que sufren de tristeza, han perdido todo, y sólo necesitan compañía, comida caliente y alguien que no les deje solos.

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