Hoy tengo 33 años, pero todavía recuerdo con vergüenza lo que hice cuando tenía 18, casi 19.

Hoy tengo 33 años, pero aún me da vergüenza recordar lo que hice cuando tenía 18, casi 19.
Estudiaba Filología en la Universidad Complutense de Madrid y mi vida era cómoda.
No éramos ricos, pero nunca nos faltó nada.
Mi madre era profesora de matemáticas en un instituto público y mi padre, dentista en una clínica familiar.
En casa reinaba la estabilidad: siempre había comida en la mesa, orden y cariño.
Teníamos a Teresa, que venía a ayudarnos con la limpieza, así que mi única obligación era tener la habitación recogida y estudiar.
Desde pequeña crecí con la idea de que mi trabajo era sacar buenas notas y no causar problemas.
Llevaba saliendo con Andrés, mi novio, algo más de un año.
Era un chico tranquilo, de un entorno parecido al mío, también universitario, educado; a mis padres les caía bien.
Íbamos al cine, tomábamos helados en la Plaza Mayor, paseábamos por el Retiro.
Todo era previsible y calmado, sin grandes sobresaltos.
Por aquel entonces, yo no sabía que la estabilidad era una suerte.
En una fiesta de una compañera conocí a el otro, Hugo.
Llegó en moto, vestido diferente, hablaba en voz alta y se reía como si nadie estuviera escuchando.
No estudiaba; trabajaba como mecánico en un taller de Vallecas.
Desde aquella noche empezó a buscarme.
Me mandaba mensajes, me esperaba a la salida de la facultad, siempre diciéndome que yo era demasiado guapa como para salir con aburridos.
Empecé a verle a escondidas.
Mentía a Andrés, a mis padres, a mis amigos.
Con Hugo, todo era adrenalina: paseos en moto por la M-30, cervezas en un bar de barrio, música a tope, escapadas rápidas.
Me sentía viva, distinta, rebelde.
Solo unos meses después, Hugo me propuso irme a vivir con él.
Fui incapaz de cortar con Andrés, no sabía ni cómo hacerlo, pero aun así accedí a marcharme.
Una noche, recogí mi ropa sin que mis padres se dieran cuenta, dejé una nota sobre la mesa y me fui.
Me instalé en la casa de los padres de Hugo.
Ahí empezó la cruda realidad.
Su casa era pequeña, caótica y asfixiante de calor.
Si antes me levantaba para ir a clase, ahora me levantaba para preparar desayunos, barrer, fregar el suelo, limpiar baños, lavar la ropa a mano.
Solo sabía cocinar arroz y pollo frito.
Su madre me miraba con recelo cuando la comida salía sosa, su padre se quejaba por todo.
Lloraba en el baño, sintiéndome inútil.
Dejé la universidad porque no tenía dinero para el abono transporte ni tiempo para estudiar.
Hugo empezó a cambiar.
En el taller se bebía cada día una cerveza por el calor y los fines de semana desaparecía con amigos.
Volvía borracho, gritaba, se quejaba de que la casa no estaba perfecta, me decía que no servía para ser una mujer de verdad.
Criticaba a mis padres porque me habían criado sin saber hacer nada útil.
Yo me sentía atrapada, sin dinero, sin titulación, sin sitio al que ir.
Los días pasaban y solo pensaba en cómo era mi vida antes.
En mi habitación limpia, en la cama cómoda, en los apuntes de la uni, en mi madre preguntándome si había comido, en mi padre llevándome en coche a clase.
Y también pensaba en Andrés, en lo bueno y tranquilo que era, en cómo me cuidaba.
No entendía cómo había cambiado todo aquello por esta situación.
Un día tomé una decisión.
No se lo dije a nadie.
Me mandaron a un supermercado barato, a casi media hora andando.
Sabían que siempre tardaba.
Salí con la bolsa vacía, avancé dos calles y, en lugar de ir al súper, cogí un autobús directo al barrio de mis padres.
Todo el camino iba temblando de miedo por su reacción.
Cuando llegué, mi madre abrió la puerta y se quedó inmóvil unos segundos.
Luego se echó a llorar.
Yo también.
Habían pasado casi diez meses sin saber nada de mí.
Mi padre salió al oír el ruido, me abrazó fuerte, sin decir palabra.
Aquella noche dormí en mi cama: limpia, segura, sin gritos y sin miedo.
Nunca recuperé a Andrés.
Él siguió con su vida.
Pero recuperé a mis padres.
Volví a la universidad.
Retomé los estudios.
Y aprendí una lección que me dolió reconocer: nunca fui infeliz antes.
Mi vida no era aburrida, era estable.
Fui yo la que no supo valorar lo bueno hasta que conocí lo malo.

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