¡Estoy harto, me voy! ¡Ya está bien, hasta aquí hemos llegado!

¡Estoy harto, de verdad! ¡Me largo! ¡Así no se puede vivir!
Sentado al volante, Gonzalo exhalaba el humo de su cigarro mientras rememoraba el ultimátum de hoy. Lo suyo con Carmen había llegado al final, de esos que ni el mejor culebrón de sobremesa. Todo le sonaba a déjà vu: La niña, mi cansancio eterno, ayúdame, ayúdame Y él pensando: ¡Quiero salir de copas como antes! ¡Quiero sexo! Que para eso trabajo, ¡coño! Quiero llegar a casa con mi mujer, con mi amante Bah, mejor me voy a casa de Rodrigo unos días, y luego ya buscaré una más jovencita Qué desastre
Su historia con Carmen tan vieja como el Puente de Toledo. Se conocieron, flechazo total, pasión desenfrenada, olvidaron lo de cuidarse, y claro a los meses, test de embarazo positivo.
Tú adelante, tesoro, lo sacamos adelante, aseguró Gonzalo convencidísimo, y todas las Marías y los Antonios de la familia asentían con la cabeza, como si fueran la Tuna en un pasacalles. Tranquila, hija, que ayudamos, sólo tienes que dar a luz Y claro, boda, parto, lágrimas de alegría: ¡una hija! Y fin del cuento feliz. Se acabó la vida despreocupada. Carmen pasó de ser girl crush a mamá gallina, siempre despeinada y ojerosa, la niña llorando veintisiete horas al día, noches en vela, el ayúdame, ayúdame repitiéndose como si fuera el estribillo de un tema de Sabina ¿Dónde estaba su Carmen de antes? Los parientes, misteriosamente, se evaporaron. Y ahí estaban, enfrentándose solos al monstruo del p/maternidad.
Hoy, Gonzalo soltó el bombazo: ¡No estoy preparado! dando portazo ante la mirada desbordada de lágrimas de Carmen y su pequeña Lucía, berreando a dúo.
De repente, mientras el coche gruñía por la Gran Vía, un bulto encorvado apareció delante. El chillido de los frenos fue de película.
¡¿Pero tú quieres matarte o qué?! gritó Gonzalo, saltando del coche.
Un hombre muy mayor, con un gabán que parecía de otro siglo, se enderezó y le miró con unos ojos de abuelo de película triste.
Pues sí, hijo, ya me da igual todosusurró.
Gonzalo, descolocado. ¿Pero qué dice, hombre? ¿Le llevo a casa? Igual puedo echarle un cableCogió la mano rugosa del viejo y lo llevó hasta el coche, con más tacto que los camareros de un bar de barrio.
A ver, cuéntemesacó otro cigarro.
Buf, esto es largo, suspiró el anciano, clavándole la mirada.
Tranquilo, no tengo prisa.
El abuelo miró una foto pegada al retrovisor: una niña sonriente.
Hace cincuenta años conocí a una mujer que me volvió loco. Todo fue rápido, familia, niña, pensaba que era felicísimo. Pero yo echaba de menos la pasión, el nervio. Todo el peso cayó sobre mi esposa: la casa, la niña, todo. Yo ni me enteraba y empecé un lío en la oficina Mi mujer se enteró, divorcio y a correr. Con la otra tampoco funcionó. Ella rehizo su vida; se puso guapísima, mi hija empezó a llamar papá a su padrastro Y a mí, ni pío.
¿Y usted qué hizo?Gonzalo encendió otro cigarro, visiblemente removido.
Nada Me fui de fiesta hasta que el cuerpo aguantó. Ahora ni familia, ni hija. Hoy mi niña cumple cincuenta Fui a felicitarla y ni me ha abierto la puertael hombre se derrumbó en lágrimas. Me dijo: Tú no eres mi padre, sigue con tus fiestas
¿Dónde le llevo, caballero?Gonzalo tamborileaba nervioso en el volante.
Si eso, déjame aquí cerca Ya voy andando, no te preocupes,dijo el hombre, bajando y avanzando hacia un bloque de pisos de ladrillo visto.
Gonzalo se aseguró de que el anciano entraba y se quedó un rato mirando la fachada, como si esperara verle asomado a la ventana. Luego dio la vuelta, paró en un mercado chino, compró un ramo de claveles y, sin pensarlo mucho, tiró para casa.
Nada más entrar, se arrodilló ante Carmen, llorando de rabia y amor a la vez.
Perdóname, de verdad. Descansa, cariño, que tú lo vales.
Cogió a Lucía en brazos, la acunó en la habitación de al lado y empezó a tararear: Duermen ya los trastos viejos con voz de ultratumba.
La niña, impresionada por lo anticuado de la escena, se quedó sopa con la manita sobre su corazón acelerado. Gonzalo la miró enternecido: Quiero ver cómo creces, hija. Quiero que digas papá y que lo digas de verdad.
En otra punta de Madrid, una señora esperaba al abuelo delante de la puerta.
¿Otra vez haciendo de salvavidas, abuelo?le espetó divertida.
Pues sí, hay que dejar claro a los jóvenes cómo va esto, ¿no?
¿Y cómo sabes a quién hay que echar un cable?
Porque a mí también me hacía falta a su edad
Vamos a cenar, Salvador. Mañana es el cumpleaños de nuestra niña, prométeme que nada de salvar naufragios por la noche la mujer le guiñó el ojo con cariño.
No se me olvida, mujer. ¡Cincuenta tacos cumple nuestra heredera, ni más ni menos! ¿Cómo se me iba a olvidar?. Y, abrazándola, Salvador desapareció feliz, rumbo a la cocina, con una sonrisa.

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Mi hermano era el favorito de mamá, pero fui yo quien tuvo que cuidarla, y el testamento sorprendió a toda la familia