Abuela, no te preocupes. Te he comprado de todo, el frigorífico está lleno: salchichas, empanadillas…

Abuela, no te preocupes, de verdad. Te he comprado de todo, mira, el frigorífico está lleno hasta arriba. Hay embutidos, yogures, croquetas y hasta queso manchego. Total, con este tiempo tan lluvioso, ni apetece salir. Tú descansa, ponte cómoda, mira tus programas favoritos en la tele. Que el verano llega pronto y seguro que otra vez te animas a plantar tu pequeño huerto, pero ya me dirás tú, abuela, ¿para qué lo quieres? En fin, ya está, que Víctor me ha mandado un mensaje, que está abajo. Va a subir a por las cosas, tú solo no llores, ¿vale? El tiempo pasa volando, ya verás que en diez días estamos de vuelta y ni te habrás dado cuenta. ¡Igual hasta no quieres volver a tu pueblo porque te gusta mucho estar aquí con nosotros!

La puerta se abrió y entró el marido de la nieta, Víctor, Buenas tardes, Carmen Alonso, muchísimas gracias por quedarte en nuestra casa mientras nosotros estamos de vacaciones. Carmen, que Ana está continuamente preocupada por Minerva, la gata, y sus plantas dijo dirigiéndose a su mujer . ¿Lista? Ana asintió, cerró la maleta y se puso la chaqueta, Hasta luego, abuelita. Cuando lleguemos te llamo enseguida. Carmen Alonso abrazó a Ana y a Víctor, y hasta les hizo en secreto la señal de la cruz para su viaje. Que se vayan, pensó, Ana necesita descansar, siempre está trabajando. Gracias a Dios que tiene un hombre junto a ella. Y bueno, aunque no tuvieron boda, ¡ya tienen treinta años!, ¿para qué una boda grande? Si no tienen mucho dinero tampoco, y solo sería para hacer reír a la gente. Lo importante es que vivan juntos, que tengan hijos quizá. Víctor parece buen hombre, lástima que no sea de aquí, de nuestro pueblo, suspiró Carmen Alonso, paseando por el piso antes de sentarse en el sofá. Minerva, la gata, saltó a sus rodillas enseguida y empezó a ronronear. Bueno, Minerva, ya estamos solas tú y yo. ¿Cómo vivís aquí? Ayer cuando salí de vuestro piso, el vecino de la izquierda ni buenos días ni hasta luego. Bajando al portal, la gente pasa como si fueran alemanes, nadie te dice nada. ¡Qué gente hay por aquí!

Tan poco hospitalarios.
No es como en mi pueblo, ¿verdad, Minerva? Mi vecino Gregorio Valero, sí es cansino, pero lo echo de menos. Sus gallinas saltando a mi jardín, escarbando entre las cebollas, y yo echándoles fuera, peleándome con Gregorio. Pero luego, él viene disculpándose, trae un regalito. Aquí, solo aburrimiento. Nadie con quien hablar, no sé cómo vive la gente así.

Tres días después, salió el sol, dejó de llover y Carmen Alonso decidió salir a dar un paseo. Quería comprar pan fresco y leche, que por aquí solo hay yogures y nata, no tiene ni para hacer una buena gachas. Salió del portal, y el sol brillaba tanto que tuvo que entornar los ojos. Llegó a la tienda, eligió pan, leche y se antojó de unos bollos dulces. Cuando fue a pagar, buscó el monedero por todos los bolsillos y la bolsa, pero no lo encontró. Miró a la gente, confundida, ¿lo habrían sacado? ¿O lo habría perdido ella? ¿Qué iba a hacer ahora?

Señora, pague o apartese, no forme cola gritó la cajera y apartó el pan de Carmen Alonso. Qué pena sintió Carmen, todo es extraño aquí, en el pueblo la dependienta Gala siempre te fíaba, luego ya se pagaba. Aquí nadie le ve, todos la apartan, pasan sin mirarla.

Las lágrimas le empañaron los ojos. De repente, un muchacho pagó con un billete Que la abuela se lleve su pan y leche, yo lo pago. Y en seguida fue metiéndolo todo en la bolsa de Carmen . Permítame que la acompañe a casa. Carmen agradecida le prometió devolverle el dinero, el chico se sonrojó No se preocupe, señora, yo ya trabajo, no hace falta, y no se apure más.

Al llegar a casa, vio en el banco del portal a una pareja mayor. Se enteraron de lo ocurrido y se lamentaron, ¿Cuánto dinero había? No, no han visto el monedero de Carmen.

Dentro de casa, se sentó en el pasillo, tan triste, por suerte el chico la ayudó. De pronto, suena el timbre. Ana decía que no abriera a nadie, pero volvieron a llamar y le dio apuro. Abrió la puerta eran la pareja del portal. Buenas tardes, somos los vecinos de abajo, yo soy Manuel Hernández y ella es mi mujer Teresa Román. Lo pensamos y a cualquiera le puede pasar, tome, no lo rechace y le ofrecieron un billete. Carmen iba a negarse, pero ellos insistieron. Así que les invitó a tomar un té, y aceptaron encantados. Media hora después volvieron a llamar, otros vecinos se acercaron a ofrecer su ayuda, al enterarse de lo sucedido.

Antes de que regresaran Ana y Víctor, Carmen Alonso ya se sentía triste de marcharse Mira, Minerva, resulta que siempre hay buena gente, en todos lados. Ahora voy a tejerle calcetines y guantes a los simpáticos vecinos de Ana. Haré pepinillos y en otoño traeré regalitos de mi pueblo para todos. Y tú, Minerva, espera por mí, que también te extrañaré.

Cuando Ana y Víctor volvieron, sonrientes y descansados, Ana abrazó a Carmen Gracias, abuela y le susurró al oído Abuela, te cuento un secreto, ¡pronto tendremos un bebé, imagínate! Vas a venir a visitarnos y me ayudarás, que soy tan despistada, ¿verdad abuela?

Carmen Alonso abrazó fuerte a su nieta querida Claro que vendré, ¿adónde voy a ir ahora? ¡Y ya tengo amigos aquí! Así que vendré seguro. Se está bien aquí y la gente es amable.

Sorprendentemente amables, los vecinos.

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