La madre que nadie necesita

¡Fernando, siéntate! Hay que hablar, y es urgente la voz de su esposa era firme, mientras se acomodaba en la mesa con los labios apretados, ojos vidriosos y gesto decidido.

Fernando se dejó caer en la silla junto a ella. Carmen se enjugó las mejillas con un pañuelito de algodón.

No sé ya qué hacer con mi madre, Fernando. Apenas si camina… Este invierno, en su casita, no va a resistirlo. La casa está que se cae, se le ve el final.

¿Y qué propones entonces? preguntó él, casi en susurro.

Que no lo sé… repitió Carmen, la voz un poco temblorosa.

Carmen, lo de siempre… Quieres que sea yo el que decida, pero es tu madre, es tu decisión.

No podemos traerla a vivir aquí, Fernando. Este piso tiene dos habitaciones y tenemos a los chavales, que ya no son niños. ¿Dónde ponemos a mi madre? La decisión ya parecía está tomada dentro de ella, y buscaba la mejor forma de comunicarla. En la ciudad hay una residencia privada para mayores…

Carmen, ¿quieres meter a tu madre en una residencia?

No tenemos opción dijo, bajando la mirada. Me han dicho que no está mal, en realidad.

Pero es privada, has dicho. ¿Cuánto cuesta eso? Fernando frunció el ceño con desconfianza.

Ochenta euros al día. Si pagas el mes completo, son mil seiscientos. Tienen cuidados médicos, buena comida… Es mucho dinero, pero… podríamos apañarnos.

Carmen, es duro. Tu madre nos traía mermeladas, aceitunas… Siempre ha estado con los nietos, con tanto amor. Y ahora esto.

¿Crees que no me duele? No tenemos salida.

Vaya… suspiró él, cansado. ¿No hay otra opción?

Pensé vender la casa… Mi madre me puso la propiedad a mi nombre, pero ¿quién va a comprarla ahora, en pleno noviembre? ¿Cuánto darán por esa ruina?

¿Le has dicho algo a tu madre?

No todavía. Este sábado, vamos para limpiar el huerto, y… ya le diré.

En el huerto se lo hago yo con los chicos dijo Fernando, negando levemente. Pero lo de la residencia, háblalo tú sola.

Fernando, estará ahí hasta la primavera. Si no le gusta, buscaremos otra cosa.

No sé, Carmen… Me da que si va, será para siempre. Algo huele mal en todo esto.

***

Hace una semana que doña Rosario está en la residencia. Sabe que su hija no tenía elección. Apenas se sostiene, y menos aún puede vivir sola con ochenta años ya. Pero nunca imaginó terminar así. Soñaba con pasar los últimos años entre los suyos… pero ahora, enferma, ¿a quién puede importar?

Entró la enfermera.

Doña Rosario, sus nietos han venido.

Su cara se iluminó como una farola encendida. El pequeño, Lucas, ya era más alto que ella, y Álvaro incluso más que su hermano.

¡Abuela! ¿Cómo estás aquí?

Bien, me cuidan bien, ¡y la comida está rica! Anda, sentaos ahí, por favor…

No nos quedamos mucho, hemos traído unas cosas y el abrigo que olvidaste.

Gracias, guapísimos. ¿Qué tal va el colegio?

Bien contestaron casi al unísono.

¡A estudiar! Álvaro, es tu último año… ¿Sabes ya adónde te gustaría ir?

A la Universidad de Madrid.

¿Y tus padres? ¿Os mandan a vosotros y no vienen?

Papá fue a tu casa a arreglar unas cosas.

Ay… recuérdale que saque todas las zanahorias del huerto, que ya hace frío. Y la col, que está enorme.

Ahora le llamo.

Lucas sacó el móvil y marcó.

Papá, dice la abuela que saques las zanahorias y la col.

Vale, hijo.

¡Dame, préstamelo! Rosario tomó el móvil con las manos temblorosas. Fernando, las zanahorias no las metas al sótano en seguida, déjalas secar tres días fuera. La col sí, quítale el tallo y clávalas en la arena boca abajo. La zanahoria grande, al sótano; la pequeña, quédatela tú.

Entendido, mamá. No te preocupes.

Y busca a mi gata Luna… la pobre se ha quedado sola… dale algo de comer.

La busco, mamá.

Ten, aquí tienes el teléfono.

Abuela, nos vamos ya, ¿vale? dijo el mayor.

Esperad… Rosario abrió el monedero. Os doy cincuenta euros a cada uno, para chuches.

Pero abuela…

Que sí, que aquí no los necesito.

¡Gracias, abuela!

Salieron, y ella se quedó mirando largo rato la ventana, viendo sus pasos perderse entre la lluvia.

***

Fernando aparcó su Seat León delante de su bloque. A su lado, aparcó su vecino Andrés. Al ver las bolsas de zanahorias y coles, preguntó:

¿De la huerta?

Más o menos, de mi suegra.

Mi Mari Carmen y yo andamos buscando una casa de campo por aquí cerca, los hijos se nos han ido lejos ya…

Oye, Andrés dijo Fernando, rascándose la cabeza, tú tienes un piso de cuatro habitaciones…

Sí, justo aquí encima, en el segundo.

¿No te gustaría cambiarlo por mi piso, que también es segundo? Te doy la casa de mi suegra con huerto y todo. Ella ya está mayor y no puede ocuparse de nada.

¡Vaya! Andrés se lo pensaba, acariciando la barbilla. Puede ser buena idea.

Pues coméntalo con Mari Carmen y venid luego a cenar y lo vemos.

Lo hablaré.

***

Fernando se duchó, cenó y se dejó caer en la cama. Carmen fue a la cocina, pronto volverían los chicos, el pequeño de su entrenamiento y el mayor… el mayor, en pleno primer amor.

Ya era hora, diecisiete años ya… A ver si no la liamos. Al pequeño tampoco se le encuentra nunca, siempre por la calle…

Sonaron golpes en la puerta. Carmen se limpió las manos y fue a abrir. Eran los vecinos del otro portal.

Carmen, venimos de visita.

Pasad, pasad… ¿Todo bien, Violeta?

¿No te ha contado nada tu marido?

No…

Los chicos han decidido cambiar los pisos.

Pero… Carmen enmudeció. ¡Entrad, entrad!

Fue corriendo al salón, agitó al marido que dormía en el sofá:

¡Fernando, despierta! Tenemos visitas.

Él se levantó y corrió al baño.

Enseguida vuelvo.

Mientras, la invitada inspeccionaba la casa.

¿Alguien me explica qué pasa?

Carmen, nuestros maridos quieren cambiaros el piso y la casa por el nuestro de cuatro habitaciones, dijo Violeta, admirando el salón. Tienes una casa preciosa…

Volvió Fernando. Su esposa, nerviosa, le preguntó:

¿Pero qué te has propuesto?

Si nos ponemos de acuerdo, nos mudamos a su piso grande y traemos a tu madre.

Carmen se quedó pensativa, con una media sonrisa flotando en su cara:

Bueno, ¿ponemos el té y después miramos el piso?

Lidia, ¿el té? rió Fernando. Para esto, hay que sacar algo más serio.

***

Aquella noche, el sueño no llegaba a Fernando ni a Carmen. Hablaban y soñaban, imaginando los muebles en la casa nueva, la vida futura. Hablaba sobre todo ella, hasta que él empezó a quedarse dormido.

¿Ya duermes? le pinchó en el costado.

Carmen, no le digas nada aún a tu madre; no vaya a perder la calma. Cuando estemos instalados, ya la traemos.

***

Aquella mañana de otoño lluviosa, doña Rosario miraba desde la ventana de la residencia mientras la tristeza le calaba hasta los huesos.

Tres semanas aquí. Parece que se han olvidado de mí. Ya no soy madre necesaria. Los nietos vinieron un día y se olvidaron, y mi hija, apenas dos llamadas. La primera, diciendo que la casa se había vendido o cambiado, toda contenta. Por lo menos pagarán la residencia, mil seiscientos euros al mes. Volver ya no puedo. La segunda vez, que andaba liada… los jóvenes siempre andan liados. Hoy es sábado, quizá vengan hoy. Y yo sin teléfono propio, ni sé cómo usar uno.

Así pasó las horas, entre pensamientos amargos y el rumor de la lluvia. De pronto, vio el coche de su yerno pararse ante la verja.

Han venido… No se han olvidado. ¿Pero por qué viene Fernando solo? No trae bolsas. ¿Habrá pasado algo?

Rosario se quedó mirando la puerta, alerta. Se abrió. Fernando entró sonriendo:

Hola, mamá.

¿Qué pasa, Fernando?

¡Prepara tus cosas! respondió, radiante. Te vuelves a casa.

¿A casa? ¿De visita?

No, no. Para siempre.

¿Por qué hablas en acertijos?

Tus nietos querían darte la sorpresa…

Rosario, nerviosa, empezó a recoger sus cosas. En ese momento entró su compañera de habitación, que ya era casi amiga.

¿A dónde vas, Rosario?

Valentina, mi yerno me lleva, dice que para siempre…

¡Qué suerte tienes! Los míos, parece, me han olvidado aquí para siempre.

Valentina, seguro que también te vendrán a buscar. Es difícil para los hijos, nos cuesta ser viejos.

***

Rosario veía la ciudad a través de la ventana del coche, preguntándose: ¿Para qué me lleva Fernando si en su piso no hay sitio? ¿Dónde dormiré? Seré un estorbo, seguro que me devuelven después…

Pero al llegar, aparcaron en el bloque de al lado. Fernando ayudó a su suegra a salir, cogió las maletas y subieron al segundo piso de un edificio parecido. Llamaron. Se abrió la puerta y sus nietos salieron corriendo.

¡Abuela, ven! ¡Esta es nuestra casa ahora!

Entró. Su hija, Carmen, la abrazó.

Mamá, ahora vivirás con nosotros. Ven, quiero enseñarte tu cuarto.

La habitación era pequeña pero cálida, con armario y cama nueva. No lo creía: viviría con su hija, su yerno, y los nietos cerca.

En ese momento, algo suave y tibio se le enroscó en el tobillo.

¡Luna! gritó entre lágrimas de alegría.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

13 − seven =

La madre que nadie necesita
Rivalidad en el Corazón