Mis padres: historia de amor, juventud y recuerdos. Mi madre fue una mujer hermosa —lo digo en pasad…

Mis padres

Mi madre fue siempre una mujer muy hermosa. Digo «fue» porque hace ya medio año que partió de este mundo, apenas dos semanas después de mi padre. Aunque ambos pasaron de los ochenta, aún siento que no vivieron lo suficiente. Porque eran mis padres, y eso nunca parece bastante.

Mi madre era una belleza, y eso lo puedo asegurar aunque siendo su hijo, soy también hombre y testigo. Mi padre jamás dejaba de recordármelo durante toda la vida. Incluso cuando mi madre se enojaba conmigo por mis malas notas o por alguna travesura, él venía a mi habitación, suspiraba con tristeza, se sentaba a mi lado, apretando las manos entre las rodillas como yo, y guardaba silencio antes de decirme:

Anda, hijo, no te enfades con nuestra madre… Sí, ha gritado, te ha regañado, pero ni tú ni yo somos siempre fáciles. Pero ella es una niña aún. Y nos hace falta como el aire. Ve, pidele perdón.

Y yo, ¡yo!, lleno de indignación, me preparaba para protestar. Papá, intuyendo mi furia, extendía la mano, palma abierta hacia mi boca, como si quisiera detenerme, y me decía firme pero serio:

Ni se te ocurra decirme nada malo de mi esposa…

Y yo me calmaba, no osaba replicar. Porque quería mucho a mi padre. Y a mi madre también la quería. Muchísimo.

Sabía cómo se habían conocido y hecho marido y mujer. Mi padre me lo contaba en secreto, sin que mi madre lo supiera. Y mi madre también me lo contaba, sin que mi padre supiera.

Mi madre estudiaba entonces en la Universidad de Salamanca, en primer curso. Tenía pensado casarse con un tal Federico. Un día Federico vino al encuentro acompañado de su amigo Borja, recién llegado a Madrid y sin saber qué hacer esa tarde. Así que Federico lo invitó a ir con él A una cita con su novia, casi prometida ya.

Federico presentó a Borja a mi entonces futura madre. Borja, como ya habréis adivinado, era mi futuro padre.

Los tres pasearon aquella tarde por la ciudad. Fueron al Parque del Retiro, vieron una película muy graciosa desde el tejado del kiosco del cine de verano, evitando pagar entrada idea de Borja, Federico jamás hubiera pensado tal cosa. Borja subió a mi madre allí arriba, porque ya era fuerte y robusto entonces. Federico, de quien nunca vi su rostro pero siempre imaginé débil, ni siquiera lo intentó.

Federico estuvo toda la tarde haciendo chistes y recitando poemas, hablando de cómo vivirían juntos cuando terminaran la carrera. Pero Borja callaba, escuchaba y resoplaba (así lo contaba madre).

Al irse, Borja, con sus manos grandes y cálidas, sostuvo la mano pequeña de mi madre y le dijo:

¡Carmen! No lo necesitas a él. Cásate conmigo.

Mi madre, sorprendida y asustada, preguntó:

¿Cuándo?

Mi padre, concentrado como nunca, respondió:

Mañana.

Y, para acabar de impresionar a ambos, agregó:

Tendremos un hijo. Lo querremos los dos como a nadie y eso nos hará querernos más aún. Lo llamaremos Álvaro, como los caballeros de Castilla

Vale contestó madre sin vacilar y se casaron.

Federico fue el padrino del novio en la boda.

Después, mis padres terminaron la universidad y se fueron juntos a vivir a León, porque ambos tenían en el diploma la profesión de «geólogo-topógrafo». Allí, en la montaña, recibieron su primer apartamento, que el jefe de la mina ordenó acondicionar para los jóvenes especialistas, convirtiendo una despensa del club local repleta de trastos.

En el tiempo debido, nació el esperado Álvaro. Yo. Y me querían ambos con todo el afecto prometido.

Mi padre consiguió una vieja yegua llamada Rosenda en la cuadra para venir a buscar a mi madre y a mí cuando salimos del hospital.

Al llegar a nuestra despensa transformada, vimos en la puerta del club a Federico, abrazando una bañera de zinc para bebés. La había conseguido gracias a un conocido influyente. Esa bañera fue mi primer lugar de baño y cama, según contaba mi madre. Allí ella ponía una gran almohada de plumas heredada de su madre, la cubría con una sábana y allí dormía yo. Cuando tocaba el baño, la almohada iba a la cama de mis padres, para que yo pudiera limpiarme. Padre llegaba corriendo del trabajo para que ese momento ¿creéis que diré el caballo rojo? No, el hijo no pasara sin él. Él sostenía mi cabeza (eso contaba madre) mientras ella lavaba el cuerpo de caballero.

No resulté ser un caballero, pero sí acabé siendo un buen geólogo, igual que mis padres.

Lo curioso es que mi esposa también es geóloga. Nos conocimos en el trabajo, tras la universidad. A mi mujer, Estefanía, mi madre la adoró desde el primer instante. Y mi padre igual. Cuando íbamos de visita, y papá y yo salíamos al balcón a fumar, él decía:

Sí… Sabes, creo que tuve suerte dos veces: primero, cuando conocí a nuestra madre, y segundo, cuando tú te casaste con Estefanía. Cuídala, que ella, como nuestra madre, es una niña…

Papá murió inesperadamente una noche. Mamá lo comprendió y despertó de inmediato.

Tras su muerte, madre envejeció muy rápido y empezó a olvidar muchas cosas. Por ejemplo, olvidó que papá ya no estaba. Incluso cuando la trasladamos a nuestra casa, seguía sentada junto a la ventana, esperando a papá, esperando que volviera del trabajo. Y hasta el último día cocinó sus famosas albóndigas, «como le gustan a Borjita»…

Así recuerdo a mis padres, con su amor sencillo y profundo, que sigue vivo en mis recuerdos.

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Inocente sin culpa