Hola, hijo… —Hola, abuela, ¿cómo estás? —saludó Venancio, un joven robusto de veinticinco años, entr…

Hola hijo
¡Hola, abuela! ¿Cómo estás? saludó Venancio, un tipo grande de veinticinco años, entrando en el recibidor de la vieja vivienda de su abuela en Vallecas tras el frío de la calle.
La anciana, con el pelo completamente blanco y el pañuelo de flores puesto con esmero, al ver a su nieto cargado de bolsas de comida, agitó las manos con gesto indignado:
¡Venancio, hijo mío, para qué me traes tanto, si justo ayer viniste! ¡Todavía tengo lo de la última vez!
Venancio sonreía, su voz grave y cariñosa resonando en la entrada, mientras miraba con devoción a la abuela.
Abuela, coge todo, no protestes, que te veo cada vez más delgada, eres puro hueso. Y mira, aquí tienes más medicinas sacó del bolsillo una pequeña bolsa con el logo de la farmacia.
La anciana se emocionó y soltó unas lágrimas Gracias, Venancio, no sé qué haría sin ti Pasa, hijo, pero quiero avisarte, tenemos visita.
¿Visita? se sorprendió el muchacho, y, anticipando un encuentro agradable, entró en la cocina.
Desde la mesa se levantó una mujer. La cara pálida, cansada, las ojeras marcadas Su ropa era buena, pero gastada y vieja. Había algo indefinible en su mirada, algo familiar y lejano que hizo que el corazón de Venancio latiera con fuerza.
Hola, hijo susurró la desconocida, extendiendo las manos hacia él, como esperando que él saltara a sus brazos.
Venancio se estremeció y, sin entender nada, miró a su abuela. Ella estaba de pie en un rincón, secándose las lágrimas con su mano fina y temblorosa.
Sí, hijo, es tu madre. Ha venido, quiere hablar contigo dijo la abuela con voz baja y volvió a llorar.
Venancio se quedó paralizado. ¿De verdad esa mujer era su madre? Aquella madre a la que llamaba de pequeño y nunca recordaba bien. Madre ausente, ni en la enfermedad, ni en la alegría, ni en la tristeza.
Por fin, saliendo del shock, miró a la abuela Abuela, perdona, tengo prisa, luego vuelvo, ¿vale? Perdona, abuela, no puedo
Besó la mejilla fría y húmeda de lágrimas de su abuela y salió.

Caminó por las nevadas calles de Madrid, aquellas por las que podía circular con los ojos cerrados sin perderse. Desde niño, siempre solo, sin la persona más importante. Guardería, colegio, universidad siempre sin ella. Nunca sintió el calor de una mano materna.
No recordaba a su madre. Nada. Solo la vio en una foto, sobre la que solía llorar su padre, siempre borracho, repitiendo: Volverá, seguro que volverá
Pero no volvió. Y su padre murió, el corazón no le aguantó
Venancio lo recordaba, aquello tan horrible: extendido en el sofá, azul, con la foto de ella en una mano y una botella vacía en la otra
Toda su vida, solo fue importante para su abuela, Ramona Pérez, la madre de su padre. Ella le hizo de madre, de padre, de todo
A su madre le avisaron, le ofrecieron que lo llevase con ella, y respondió breve: No puedo, tengo problemas familiares. Llevadlo a un centro de menores.
Ramona no pudo hacerlo, peleó para quedarse con su nieto y conseguir la custodia. Qué esfuerzo le costó criarle sola. Recuerda los días en los que no había más que un caldito aguado para desayunar, comer y cenar. Pero nunca faltaba comida, y la abuela intentaba que al menos hubiese algún trozo de carne.
Ahora, gracias a ella, Venancio había crecido, estudiado, y trataba de devolverle todo con cariño, cuidado y atención.
Su madre jamás ayudó, ni siquiera no ayudó, ni llamó, ni escribió, ni felicitó a Venancio por su cumpleaños Ni siquiera preguntó ¿cómo está mi hijo? Y ahora aparecía, ¿para qué?
¿Por qué ha venido? pensaba, limpiándose las lágrimas mientras salía por Madrid, ahora siendo ya padre de una pequeña. La idea no le dejó tranquilo en todo el día

***
Venancio, ¿por qué estás tan pálido? No tienes buena cara, ¿te encuentras mal? le preguntó Marina, su esposa.
Sí, papá, ¿por qué estás así? repitió la pequeña Celia, imitando a su madre con gracia.
Venancio levantó a su hija y la abrazó, olió su pelo, aquel milagro pequeño y cálido Todo bien, mi cielo, ve a jugar.
Quería desahogarse, contarle a Marina
Marina, ¿sabes? Mi madre apareció. Fui a ver a la abuela y allí estaba, como si nada, tomando té le contó cuando ya se sentó a la mesa.
Marina, que estaba poniendo la cena, se sentó sorprendida ¿Cómo te encontró?
La abuela nunca cambió de dirección. No pude hablar, me fui en cuanto entendí que era ella
Venancio, quizá deberías escucharla al menos. No me imagino qué puede pasarle a una mujer para olvidar a su hijo veinticinco años Debió pasarle algo terrible, quizás estuvo en la cárcel o yo qué sé
(Marina ya no tenía más ideas para justificarla)
No lo sé, Marina, no puedo entenderla y tampoco puedo perdonarla

***
Al día siguiente, como siempre, Venancio pasó a comer con su abuela Ramona.
Venancio empezó la abuela deberías escuchar a tu madre. Sé que te falló mucho, pero te aseguro que sufre. Yo ya estoy mayor, y si me voy No deja de ser tu madre. Toma, aquí tienes su dirección Ramona le dio un papel.
No tengo madre, abuela. Para mí tú has sido todo dijo Venancio, pero cogió el papel y lo guardó en el bolsillo.
De nuevo pasó el día sumido en pensamientos pesados Vacío, tristeza, como si él fuera culpable ante esta mujer que nunca fue madre para él.
No fue solo un día, ni una semana. Durante todo ese tiempo, Venancio, al tocar el papel, lo sacaba, lo desplegaba, y lo volvía a guardar

***
Y un día, por fin, fue a verla. Por la tarde, después del trabajo, estaba frente a la puerta desvencijada de un bloque en Carabanchel, olor a gatos y humedad. Pulsó el timbre.
¡Hijo! ella estaba al otro lado, con un batín viejo y descolorido, despeinada, en calcetines. Olor a comida agria y a encierro.
Hola señora dijo Venancio, incapaz de decir mamá He venido a escucharle, a intentar entender. ¿Qué quiere de mí?
Nada, hijo, solo quería hablar contigo y pedirte perdón. Ya me queda poco, la enfermedad no perdona. Todo esto es por mis pecados
A Venancio le dolió el corazón, compasivo ante esa mujer demacrada.
¿Está enferma?
Sí, pero eso no importa. Entra, hijo le invitó a pasar.
Entró en la cocina, se sentó en un taburete.
Perdóname, hijo. Te fallé mucho las lágrimas caían sin parar Me enamoré, no podía hacer nada, no veía ni la luz del sol. Si Georgio me hubiera pedido cualquier cosa, hasta matar, lo habría hecho.
Venancio hizo una mueca de disgusto. No entendía ese tipo de amor, le parecía una locura, pero escuchaba.
Me prometió casarse conmigo, pero tenía que olvidar mi vida anterior, también a ti no aceptaba hijos ajenos. ¿Lo entiendes, hijo? le miró esperando comprensión. Pero el único sentimiento de Venancio era la lástima. Esperó en silencio.
Fui feliz con Georgio, tuvimos una hija, Leonor. Luego todo se cayó como una baraja, Leonor se casó y se fue a Italia. Georgio murió. Me quedé sola.
Por un momento calló, y al notar que Venancio miraba una esquina oscura y sucia, dijo No siempre vivimos así Georgio tenía buen trabajo, teníamos casa en un pueblo de chalets. Pero al morir, descubrí que tenía muchas deudas y tuve que vender todo y venirme a este sitio.
Venancio se sentía avergonzado de no tener compasión, pero al menos no sentía rencor
¿Y su hija?
No quiere saber de mí, le da vergüenza que su madre esté así No quiero nada de ti, solo te pido perdón. Es duro marcharse con tanta culpa.
Venancio se levantó Intentaré perdonarla. Me cuesta, pero lo haré

***
Venancio, ¿dónde has estado tanto rato? le preguntó Marina al verle entrar.
He estado con ella respondió él, tragando el nudo de lágrimas.
¿Fuiste a ver a tu madre? Marina se sorprendió.
Sí, me da mucha pena.
Eres el mejor, Venancio dijo Marina abrazándole Sabía que no la ibas a dejar de lado.
Sí, Marina, la he perdonado, pero mamá eso aún no me sale decirlo.
Solo los fuertes saben perdonar, y tú eres fuerte.
Ahora, Venancio pasa a ver a su madre de vez en cuando, y ella llora de alegría en silencio porque su hijo es un buen hombre, aunque haya crecido sin ella.

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Hola, hijo… —Hola, abuela, ¿cómo estás? —saludó Venancio, un joven robusto de veinticinco años, entr…
No me dejan ver a mi nieta recién nacida. Ni en la salida del hospital, ni en la tradicional visita de presentación. Al final fui yo sola, sin invitación, a conocerla