La jornada comenzó a la sombra de un nuevo rostro en nuestro grupo, una niña que respondía al nombre de Jacinta. Tenía nuestra edad, aunque parecía de otro mundo. Su vestido, con remiendos evidentes, era como un mapa de caminos perdidos; el cabello castaño rojizo, recogido en la nuca y asegurado por un lazo descolorido, flotaba como la bandera de un naufragio. Sus ojos grandes, de un verde casi inhalante, ocultaban un dolor inexplicable tras el cristal inquieto de la infancia. Más tarde, en el susurro del recreo, descubrimos que Jacinta venía de una familia rota. Su padre era el único que la cuidaba; la madre era solo una sombra ausente. Sus vidas parecían reflejar la carga pesada de la pobreza, como si el aroma del pan duro llenase sus rincones.
En nuestro pequeño mundo también vivían las gemelas Carmen y Inés. Carmen andaba por ahí con la normalidad de quien pisa firme, pero Inés era pura tormenta, deshaciendo juguetes ajenos con descaro y sin temor a reprimendas. Ser la hija de la directora de la guardería, señora Dolores, le otorgaba un aura de invulnerabilidad que llevaba como una corona invisible, gustando de su poder. Inés escogía a Jacinta como blanco; la golpeaba, le estropeaba la merienda del comedor, tiraba de su pelo como si quisiera arrancarle las raíces. Jacinta callaba y lloraba de vez en cuando, refugiándose en un rincón, ausente, como si sus lágrimas fueran monedas perdidas en un pozo sin fin. Intentamos defenderla, pero nuestras gestas terminaban con el castigo del profesor don Mateo, pues Inés permanecía intocable, en la altura de su linaje.
Sin embargo, el día del cumpleaños de Jacinta, la atmósfera cambió. Llegó a la guardería vestida con un vestido recién estrenado. El rosa pálido de la tela era como una nube imposible, reluciendo en mil tonos. El borde brillaba con pequeñas piedrecitas, chispeando alegría a cada movimiento y provocando murmullos de admiración entre todos los niños.
Las gemelas observaban el espectáculo en un rincón, sus caras de silencio revelando el disgusto escondido tras la máscara. Jacinta irradiaba un gozo invencible, sus ojos verdes brotaban luz como la primavera. Jugando fuera, evitaba la caja de arena que aguardaba como un monstruo paciente, para no manchar su tesoro recién adquirido. Pero, envueltos en el sueño febril del recreo, la perdimos de vista por un instante. De repente, un grito atravesó el aire como cuchillo en mantequilla; nos giramos y la escena parecía una pintura rota. Jacinta estaba en el charco, el vestido desgarrado como alas de un pájaro triste. Inés flotaba sobre ella, carcajeando con crueldad, su risa era el eco de los sueños rotos. Jacinta lloraba sin consuelo, consciente del desengaño que tendría su padre al ver el desastre de su vestido. No eres más que una limosnera, nunca serás princesa, lanzó Inés como si su voz fuera un martillo.
Aquella escena me removió el alma, presenciando el dolor de una niña indefensa, cuya celebración se desvaneció como humo. El impacto fue tan real y surreal al mismo tiempo, dejándome una cicatriz invisible, imposible de borrar; y me enseñó no sólo en el sueño que jamás podría herir a nadie, ni siquiera cuando todo pareciera un simple juego.






