Hoy, escribo estas líneas todavía con el corazón acelerado por lo que viví esta mañana en la desembocadura del río Tajo, cerca de Lisboa, donde siempre voy a pasear junto a mi madre. Había una cierva luchando por su vida en el agua, con una lata de pintura encajada en la cabeza; parecía que, si nadie intervenía, pronto se rendiría. Las posibilidades de que llegara a la orilla eran cada vez menores.
Sin pensarlo, me lancé al agua y nadé hacia ella. La hazaña fue tan intensa que un turista grabó toda la escena en su móvil; nunca imaginé que algo así pudiera pasarme. Cuando llegué, intenté tranquilizarla cantándole suavemente Mediterráneo de Joan Manuel Serrat, y lo increíble fue que, poco a poco, dejó de agitarse y se dejó llevar. Conseguí quitarle la lata con sumo cuidado, temiendo hacerle daño.
La cierva, exhausta, no conseguía ponerse en pie, así que, con mi último aliento, la cargué en brazos y la llevé hasta casa. Cuando mi madre, Inmaculada, nos vio entrar empapados y con aquel animal tan bello, no pudo contener la emoción; abrazó a la cierva y a mí, dando gracias de que los dos estuviésemos bien.
Después, llamamos a la veterinaria local, la doctora Martínez, y juntos la llevamos a la clínica. Le administraron antibióticos y analgésicos, asegurándose de que no tenía heridas internas, y al cabo de unas horas, ya podía andar con fuerza renovada. La soltamos en un prado cercano al bosque de Sintra, donde pudo recostarse y recuperar fuerzas, bajo el sol de la tarde.
Antes de despedirnos, le puse un lazo de cuerda suave y la guié entre los árboles hasta el borde del bosque, donde desapareció tranquila y segura. Me quedé mirándola irse, esperando que no vuelva a meterse en líos. Hoy, mi corazón se siente orgulloso; sé que, gracias a mis reflejos y a la música de Serrat, esa cierva tiene una nueva oportunidad. Ojalá encuentre la paz del campo y nunca más necesite ayuda.







