Trabajé en la misma empresa durante siete años.
Empecé como auxiliar administrativo y llegué a ser coordinador del departamento.
Mi mejor amiga entró dos años más tarde, porque yo la recomendé.
Fui yo quien la formó en todos los procedimientos, le expliqué el funcionamiento interno, la presenté a los compañeros e incluso le cubrí algunos errores al principio para que no la despidieran.
Comíamos juntos, salíamos los viernes por la noche y confiaba en ella más que en nadie.
Hace seis meses anunciaron que se abría una vacante para el puesto de responsable de área.
Mi jefe me dijo que era uno de los candidatos más fuertes.
Así que empecé a llegar antes a la oficina, salía más tarde y asumía tareas adicionales.
Mi amiga me repetía constantemente: Ese puesto es tuyo, te lo has ganado con creces. Yo le contaba todo, incluso le hablaba de mis estrategias para la entrevista interna.
El día de la entrevista, ella apareció también.
No me había dicho nada.
Me enteré cuando la vi esperando en la puerta del despacho del director.
La miré sorprendido y solo me dijo: He decidido intentarlo. Quise pensar bien y no darle más vueltas.
Una semana después, publicaron el resultado: ella fue la elegida para el puesto de responsable.
Me quedé en mi mesa, mirando la pantalla del ordenador sin poder reaccionar.
A partir de entonces empecé a notar cosas raras.
Como nueva jefa, comenzó a cambiar procesos que yo mismo había implantado.
Me apartó de ciertos proyectos y me pedía informes innecesarios.
Un compañero me comentó que había insinuado que yo no tenía dotes de liderazgo, y que muchas ideas que ella presentaba como suyas, en realidad, yo se las había contado.
Un día la enfrenté durante el café: ¿Por qué dijiste eso de mí? Me contestó: Esto es trabajo, no una amistad.
Tenía que asegurar el puesto. Le recordé todo lo que había hecho por ella y me soltó: Eso fue cosa tuya.
Nadie te obligó.
Desde entonces, el ambiente es insoportable.
Me habla con frialdad, me corrige delante de todos y me asigna tareas sin sentido.
Llego a casa hecho polvo, ansioso, a veces llorando, con ganas de dejarlo todo.
Pero a la vez me consume la rabia de marcharme sin decir nada.
Ahora estoy en una encrucijada: aguantar en silencio por miedo a quedarme sin trabajo o marcharme y empezar de cero.
¿Vosotros qué haríais?
¿Os quedaríais o buscaríais otra oportunidad?






