Estoy en casa de Alba cuando aparece su padre. Ha traído algunas compras y nos encuentra en el salón. En ese instante, levanta la barbilla y deja claro que no le agrada mi presencia. Alba lo lleva a la cocina, pero puedo escuchar cómo me desprecia y, susurrando de manera exagerada, me llama chico de pueblo, insinuando que quiero quedarme con el piso de su hija. Comenta que me ha visto rondando varias veces por la casa. Prácticamente me acusa de ser un acosador.
Lo que más me sorprende es que Alba responde igual. Le dice que solo trabajamos juntos una vez al mes en la biblioteca de la universidad, que por eso estamos siempre cerca. Y la realidad es que llevamos dos meses juntos; solo alcancé a explicarle a Alba que el hecho de que mis padres tengan una casa en las afueras no significa que yo sea de pueblo. Vivimos muy cerca de Madrid, en un chalet bonito de dos plantas, y mi padre tiene una empresa propia. Por supuesto, no conduzco coches importados ni presumo, gritando a los cuatro vientos que pertenezco a una familia acomodada, pero así es mejor. De este modo, gente como Alba y su familia se muestran tal y como son.
Mi madre siempre me ha aconsejado que no hable de dinero, porque la persona a la que quiero debería fijarse en otras cosas. Y, desde luego, no debería avergonzarse de mí aunque, a simple vista, no parezca que tenga mucho.







