La doncella sintió compasión por el huérfano y le ofreció alimento en ausencia de los señores. Cuand…

«Seguro que está hambriento», suspira Carmen Herrero, sintiendo compasión por aquel niño desamparado. Al mirar el gran reloj en el salón, calcula que los señores todavía tardarán en volver, así que sale al patio.

¿Cómo te llamas? pregunta suavemente, dirigiéndose al muchacho que observa la calle con atención.

Nicolás responde él, levantando una mirada desconfiada debajo de su revoltado flequillo.

Bueno, Nicolás, ven conmigo. Te voy a dar un trozo de empanada de manzana recién hecha le invita la mujer, y el niño, sin dudarlo, la sigue. Lleva todo el día sin comer y el estómago le ruge.

En la cocina, Carmen corta con cuidado una gran porción y coloca el plato delante del chico.

¡Está riquísimo! exclama Nicolás, mordiendo con ansia la masa blanda y dulce. Mi madre también hacía empanada así…

¿Y dónde está tu madre? pregunta Carmen, con delicadeza.

El niño se queda quieto, deja de masticar y baja la mirada.

La busco desde hace mucho… Desapareció susurra apenas audible.

Tú come tranquilo le consuela Carmen con cariño. Seguro que la encuentras. No pierdas la esperanza.

Justo entonces, la puerta de la entrada chirría y en la casa entran Don Juan y Doña Mercedes. Carmen se sobresalta al oír los pasos.

¿Y este chico? pregunta Juan sorprendido, asomando la cabeza a la cocina, con los ojos muy abiertos al ver al niño.

¿A quién has traído, Carmen? le interpela él con tono severo.

Esta criatura busca a su madre. Está hambriento y he decidido darle de comer responde ella apacible, encogiéndose de hombros.

¿Ahora alimentas a vagabundos? ¿Y tu opinión, Mercedes, tampoco cuenta ya? se indigna el señor de la casa.

Nicolás, al oír eso, rompe a llorar.

Me voy enseguida musita, dejando el trozo de empanada sobre el plato.

Entonces interviene Mercedes:

Espera, niño le dice dulcemente. Cuéntame, ¿de dónde eres? ¿Dónde perdiste a tu madre?

Mercedes siempre ha sido más compasiva que Juan. Aunque él le reprocha a veces tanta bondad, nunca ha logrado cambiar su carácter.

Vivo con mi abuelo, pero es malo. Siempre grita, a veces me pega. Huí de casa confiesa Nicolás, sacando del bolsillo de sus pantalones raídos una fotografía amarillenta.

Estos son mis padres. Antes vivíamos todos juntos explica, secándose las lágrimas con la manga y entregando la imagen al matrimonio.

Mercedes se queda de piedra al mirar la foto…

¡En la foto reconoce a su hija Blanca!
¡Mira, Juan, es nuestra niña! sale de su asombro Mercedes, pasando la foto a su marido con las manos temblorosas.

Juan coge la foto sin ganas, pero no puede ocultar la sorpresa:
Nicolás, ¿de dónde has sacado esta foto?

La tenía mi abuelo. Detrás ponía una dirección, así que me vine aquí. Pensé que igual mi madre vivía en esta casa responde el niño, ya más calmado. Mi abuelo siempre decía que mi madre me abandonó, como hace el cuco. Pero yo no le creí.

No puede ser… no puede ser… murmura Mercedes, recordando el día en que Blanca se marchó con una compañía de artistas ambulantes liderados por un hombre llamado Manolo. Estuvo meses sin dar señales y, cuando regresó, sufrió un terrible accidente. Desde entonces, la casa se llenó de silencio y soledad.

¿Y tu padre? pregunta Juan.

Ya no vive… lo enterramos hace medio año responde Nicolás, llorando de nuevo.

El matrimonio se queda inmóvil, sin palabras. Acaban de descubrir que tienen un nieto. Cansados de tanta soledad, deciden no dejar que el niño se marche.

Ven, pequeño, te enseñaré tu habitación dice Mercedes con cariño.
¿Y mamá vendrá? pregunta Nicolás esperanzado.
Tu madre está con tu padre, cariño responde ella con pesar.

El rostro del niño palidece.

Pasa el tiempo y formalizan la tutela. El abuelo, al saber que Nicolás vivirá con gente acomodada, no pone impedimentos.

Carmen no esconde su alegría. Desde que se apiadó del huérfano, la vida ha cambiado en la casa. Los señores vuelven a sonreír, escuchan otra vez el eco de la risa infantil. Nicolás ya no parece el niño desnutrido y descuidado que llegó. Ahora es un joven bien vestido y educado, querido de verdad por su nueva familia.

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La doncella sintió compasión por el huérfano y le ofreció alimento en ausencia de los señores. Cuand…
“La dueña de la casa soy yo, no usted”: por qué las visitas de mi suegra me dejan agotada Cada vez que aparece, es como un vendaval que arrasa con todo a su paso y me deja una semana entera intentando recomponerme. No, no exagero. Mi suegra está convencida de que su criterio es el único válido, sus métodos los únicos correctos. Y cada visita suya convierte nuestro hogar en un auténtico campo de batalla. ¿Lo peor? Espera que encima se lo agradezca. Todo comenzó cuando mi marido y yo nos mudamos al piso de mi abuela, en Madrid. Era antiguo, necesitaba reformas, pero pusimos todo nuestro empeño: ventanas nuevas, papel pintado, muebles y electrodomésticos a estrenar. Cuando por fin el piso empezaba a reflejar nuestros gustos y a sentirse como un hogar, mi suegra apareció sin avisar. Intentamos disuadirla amablemente: “Aún quedan obras, hay polvo, no es el mejor momento para recibir visitas”. Fue inútil. Cogió el AVE y llegó con la maleta en mano. Desde el primer día, nos tenía preparada una sorpresa. Fue a comprar—Dios mío—papel pintado de flores enormes, como sacado de una peli de los 90, y lo colocó ella misma en la pared del salón. ¡Sin consultarnos! Y eso que nosotros teníamos pensado empezar por el baño, con todo organizado paso a paso. Pero ella llegó para desbaratarlo todo. Al volver del trabajo y toparnos con semejante espectáculo… Estuve a punto de venirme abajo. Mi marido estuvo toda la tarde intentando tranquilizarme, mientras que mi suegra, al día siguiente, me echó en cara mi ingratitud. “¡He hecho todo esto por vosotros y aún así tienes esa cara!” Se fue ofendida. Mi marido tuvo que arreglar el estropicio e incluso consiguió cambiar el papel pintado. Uno podría pensar que entendió el mensaje. Pero no. Cuando terminaron las obras, regresó. Esta vez fue el orden lo que le molestó. Vació todo el armario al suelo para volver a doblar “como Dios manda”. Cuando empezó a tocar mi ropa interior, me quedé helada. Y aún tuvo la osadía de darme la charla: “La ropa de encaje es vulgar. El algodón es más que suficiente”. Estuve a punto de soltarle: “¿Y por qué no me compra también unas bragas de las que llegan al ombligo?” Pero aguanté el tipo. En cuanto se fue, lo volvimos a colocar todo. Le rogué a mi marido que tratara de razonar con ella. Lo intentó… sin éxito. Las visitas siguientes fueron igual de agotadoras. Las toallas mal dobladas, los pañales “tóxicos” tirados—“¡ni hablar de envenenar a mi nieto con esos productos químicos!” Un día, incluso tiró todos los pañales, y mi marido tuvo que apartarla antes de que yo perdiera la paciencia. Pensaréis que la detesto. En absoluto. De lejos, es una mujer estupenda: servicial, atenta, siempre dispuesta a dar buenos consejos. Pero apenas pone un pie en nuestra casa, se acabó la armonía. Me siento invitada en mi propio hogar. Las conversaciones no sirven de nada. Ni siquiera su propio hijo puede hacerle entrar en razón. Ignora cualquier comentario. A sus ojos, soy una pésima ama de casa porque no friego como ella o no ordeno las toallas por colores. Estoy harta. No quiero pelear ni estropear la relación. Pero tampoco puedo seguir tolerando esta intromisión. ¿Cómo explicarle que somos una familia independiente, con nuestras propias normas y rutinas, y que no tiene derecho a imponer sus decisiones, aunque sea “por nuestro bien”? ¿Cómo ponerle límites sin que todo salte por los aires? De verdad que no lo sé…