Durante más de quince años viví con mi esposa, comenzamos nuestro camino juntos en Madrid. Tras casarnos, convivimos un tiempo en casa de mi suegra y trabajábamos juntos en una fábrica de Getafe. Nos dieron una habitación en un piso compartido y por fin pudimos independizarnos de mi suegra. Todo marchaba bien y me di cuenta de que mi esposa necesitaba una formación universitaria para ascender en su carrera. Le convencí para que se matriculase y fui yo quien acabó estudiando y elaborando todos sus trabajos, informes y proyectos de final de carrera. Nada más que terminó y llevó su diploma a la empresa, le ascendieron. Sentí auténtica alegría por ella.
En cambio, mi trayectoria profesional no fue tan brillante. Aunque me licencié en la Universidad Complutense de Madrid, siempre estaba de baja por maternidad. Mientras mi hijo Iván crecía, me quedé embarazada de mi hija, Carmen. Más tarde logré reincorporarme al trabajo, pero los niños tenían una salud delicada y era frecuente que tuviese que pedir la baja por enfermedad.
Jamás me sentí frustrado por ello. No tuve suerte en el trabajo, pero sí la tuve en la familia. Mi esposa trabajaba duro y a menudo regresaba tarde a casa. En unos meses nos compramos un piso grande en Alcalá de Henares. Los niños estaban felices; por fin tenían habitaciones propias. Sin embargo, el tiempo que compartía con mi esposa era cada vez menor.
Un día, me encontré con una antigua compañera de trabajo, Mercedes. Me contó que su marido estaba teniendo una aventura con una subordinada. No se cortan un pelo, me dijo. A veces pasa a plena luz del día, se encierran en su despacho. Le regala cosas delante de todos y una vez hasta la abrazó. Deberías dejarle, qué desvergüenza. Así que decidí presentarme en la empresa de mi esposa y hablar con su amante. Le pedí que dejara a mi esposa en paz, que tenía familia y dos hijos. La chica se rió de mí y me humilló delante de todos, diciéndome que debería preocuparme más por mi aspecto.
En ese momento salió un hombre del despacho y me miró enfadado: ¿Qué haces aquí? Sí, ya lo sabes todo, ¿no? Mejor así, estoy harto de llevar una doble vida. Mañana presento la demanda de divorcio. Contrató a los mejores abogados de Madrid, y se quedó con todo lo que teníamos. Nos echó a los niños y a mí a la calle. No le importó dónde íbamos a vivir ni cómo íbamos a mantenernos. Mi ex se volcó en su nueva relación.
Para mi fortuna, mis padres me apoyaron y logré reunir suficiente dinero para comprar un pequeño piso en Vallecas. Encontré trabajo y poco a poco fui saliendo adelante. Un año después, mi ex me llamó y me exigió ayuda. No se disculpó por su infidelidad. Siempre fue un tipo altivo y al final recibió su merecido. Había sido despedido y su nueva esposa le había abandonado. Además, sufrió un accidente y estaba en el hospital.
Le negué la ayuda. Porque nos dejó sin nada, nunca llamó ni se preocupó por nosotros. Él no pensó en los hijos, en mí, ni en nuestro futuro. Y ahora, entendí que era el momento de mirar por mi vida y la de mis hijos, y no por alguien que nunca supo valorar lo que tuvo. Aprendí que en España, como en la vida, uno debe cuidar de quienes lo cuidan y no dar todo a quien no se lo merece.






