Un encuentro inquietante entre dos corazones

Claudia subió al autobús en la parada de la Gran Vía, tal y como tenía previsto. Solo quedaba un asiento libre, justo al lado de un hombre que parecía algunos años mayor que ella. Al principio, la chica no prestó demasiada atención a su acompañante; tenía siete horas por delante hasta llegar a casa de sus padres, y varios problemas le rondaban la cabeza que necesitaban solución urgente.

Claudia se acomodó y el autobús se puso en marcha. A los pocos minutos, su olfato detectó una ligera fragancia a almizcle y café torrefacto. Era un aroma tan agradablemente amargo, que en seguida le inundaron los recuerdos.

Verano, calor, ella con 17 años, tumbada junto a su novio favorito, Alberto, en la orilla del Tajo; él olía igual. Besos en la hierba, el cielo estrellado por encima, y Alberto susurrándole al oído que siempre estarían juntos, que nunca la dejaría. Era su primer amor: intenso, apasionado. Claudia lo quería tanto que habría dejado incluso los estudios por estar más cerca de él.

Pero el destino quiso separarles. Alberto se fue al servicio militar y nunca volvió con ella; encontró a una chica en la ciudad y se casó. A Claudia solo le quedó el corazón roto. Nunca volvió a salir con nadie más, y aún después de diez años seguía sintiendo algo por Alberto, a pesar de todo.

Claudia giró la cabeza un instante y miró a su compañero de asiento. ¡No podía ser! Moreno, ojos azules, nariz fina y labios carnosos, alto… Era igual que Alberto, tanto, que el corazón le empezó a latir con fuerza.

Perdona, ¿no te llamarás Alberto, verdad? preguntó tímidamente, casi sin atreverse.
No, soy Javier contestó el hombre, volviéndose y regalándole una sonrisa que la desarmó. Pero me alegra mucho conocerte. ¿Cómo te llamas tú?
Yo… soy Claudia, encantada.
El gusto es mío, Claudia. Curioso… te pareces mucho a una chica que fue especial para mí.
¿Ah, sí? ¿A quién?

A la que fue mi primer amor, claro respondió Javier, aún sonriendo. Nuestra historia acabó mal, ella encontró a otro y llevo diez años sin poder quitármela de la cabeza. Y de repente apareces tú… No me lo puedo creer.
Vaya… contestó Claudia asombrada. Justo lo mismo me pasó a mí. Tú eres igualito a quien me marcó hace una década. ¿Será posible todo esto?
¿Sabes, Claudia? ¿Y si nos damos nuestros teléfonos y seguimos hablando?
Venga, adelante.

Los dos jóvenes empezaron a charlar animadamente. ¿Quién sabe cómo acabaría su historia? Puede que el destino les estuviera ofreciendo una segunda oportunidad, aunque fuera con alguien que recordaba tanto a su primer amor. A veces la vida ofrece estos encuentros inesperados para recordarnos que siempre existen nuevos comienzos y que el azar rara vez es casualidad.

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Un encuentro inquietante entre dos corazones
El sueño roto de una princesa… No era el príncipe azul que ella imaginaba… Elena conoció a Dani cuando este regresó del cuartel. El joven parecía recién salido de las páginas de una revista de moda: alto, atlético, con ojos verdes fascinantes y una melena de rizos oscuros. A su lado, Elena parecía sencilla, aunque era bonita: cabello rubio, figura esbelta, sonrisa dulce. No podía creer su suerte: de todo el grupo, la había escogido a ella. —¿Qué ve en ti? —susurraban las amigas—. Un chico tan guapo no se queda mucho tiempo. Te va a dejar. Pero Elena sonreía —creía en su amor. Iban al cine, bailaban, salían con los amigos. Dani nunca elogiaba su aspecto, pero siempre estaba junto a ella, y su roce la mareaba. La primera vez que lo llevó a casa, su madre —María— frunció el ceño. Más tarde, entre susurros, le dijo: —Los hombres guapos suelen ser de todas, hija. Rara vez son fieles. Espera antes de la boda, ponlo a prueba. Parece demasiado… de escaparate. Elena se molestó. Confiaba en los sentimientos de Dani, no quería escuchar dudas. Pero su madre sembró inquietud en su corazón. Poco a poco, Dani empezó a cambiar. Primero el gimnasio, luego la piscina, luego nuevas amistades. Elena, para estar cerca de él, se apuntó también, pero se sentía torpe junto a chicas atractivas y fuertes. Dani lanzaba miradas hacia ellas, y ella volvía sola, ocultando las lágrimas. —Eres tan frágil como una muñeca —rió él cuando Elena enfermó tras nadar—. Mejor quédate en casa con tus libros. Las palabras le dolieron y recordó a su madre. Sentía que Dani se alejaba. Más salidas sin avisar, menos llamadas, menos detalles. Hasta que simplemente desapareció. Dejó de responder. —¿Ya no te llama? —preguntó su madre. —No… —susurró Elena, de espaldas a la pared. —¡Vamos! Salimos al salón de belleza —ordenó María—. Un nuevo corte es el primer paso hacia una vida nueva. Luego te coso un vestido, que tienes talento. Compraron tela, Elena diseñó, buscando olvidar. Los rumores de nuevos amores de Dani llegaban, pero ella resistió. Cuando, tras unas semanas, apareció en el baile —con un look nuevo, ligera, radiante— todos se volvieron a mirarla. Notaron su presencia. Un chico, Esteban, sencillo y honesto, empezó a cortejarla. No era modelo, pero sus ojos miraban sólo a Elena —con calidez y sinceridad. Al mes, le pidió matrimonio. —Este sí es un buen hombre —dijo su madre—. Si se enamora, se casa. ¿Tú qué dices? —Acepto —respondió Elena, tranquila. —¿Lo amas? —¿Por qué no? Es bueno, trabajador, fiel. Yo soy lo que necesita —y sólo yo. La boda fue cálida, llena de alma. Elena y Esteban empezaron de cero: la primera silla, el primer plato. Un año después nació su hija; tres años después, el niño. Hogar, amor, felicidad. Ya no pensaba en Dani. Solo oía historias de cómo había dejado a su mujer, huido con otra, viviendo de aquí para allá. Elena sonreía: —¿Lo nuestro? Sólo un trozo de juventud. Que sea feliz, si puede. En casa la esperaban sus hijos, su esposo. Y su madre —sabia, cariñosa, la más querida. La que la salvó de un sufrimiento mayor. Gracias a ella, Elena encontró su verdadera y tranquila felicidad. Madre… que estés siempre cerca. Sin ti, la vida no brilla igual.