Suena el timbre de la puerta. Abro. Detrás, una auténtica belleza: una mujer joven, algo más de treinta años, con figura esbelta enfundada en un minivestido rojo que realza su piel bronceada y muestra unas piernas preciosas; el escote profundo deja ver un busto generoso. El maquillaje y todos los detalles, en su punto justo.
Sonrío a la desconocida:
¿A quién buscas?
A ti responde con voz seria. Me llamo Leocadia.
Leocadia, qué bonito nombre. Es agradable que venga el amor a casa le digo contento, abriendo la puerta aún más. Adelante, pasa.
Entra. Permanece en medio del pasillo, mirando a su alrededor.
Pasa al salón, está ahí al fondo. Yo voy un momento a la cocina, que tengo las tortitas en la sartén, voy a apagar el fuego.
Vuelvo a los pocos minutos. Leocadia está sentada en el sillón, cruzada de piernas, codos reposando en los brazos del asiento, la espalda arqueada de forma elegante, como una gata a punto de saltar. Se nota que va a ser una charla seria. Bueno, a ello.
¿Te apetece un té? ¿Un café?
Nada, gracias.
Bien. Entiendo que tienes algo importante que decirme, te escucho. Yo me llamo Esperanza García.
Lo sé. Sé todo sobre ti.
¿Sí? me sorprendo de corazón. Fíjate, ni yo misma sé todo sobre mí. Luego me cuentas más, ¿vale? Me haría ilusión, especialmente si puedes ver mi futuro.
Te lo adelanto: dentro de poco tu marido se va a ir.
¿Fernando? Vaya ¿Y adónde irá?
Vendrá conmigo. Soy la mujer a la que ama.
Ah me doy cuenta por fin, eres su amante. Entiendo. Pues mira, yo también soy su mujer amada, o al menos eso me dice. Qué cosas, coincidencias de la vida. Oye, Leocadia, ¿por qué no lo celebramos con una copita?
¿Qué dices? No pienso beber contigo. ¿A cuento de qué?
No te asustes, mujer, no te propongo emborracharnos. Solo un gesto, un brindis simbólico por conocernos.
Voy a la cocina y cojo una botella de Rioja y dos copas. Vuelvo. La bella Leocadia sigue exactamente igual, como si el tiempo no pasara por ella.
Sonrío para animarla, coloco la botella y las copas en la mesa, sirvo el vino y me acerco.
Vamos, Leocadia, por este encuentro le tiendo una copa.
No pienso beber contigo se mantiene firme.
Tú misma. Bebo mi copa. Esto por el encuentro. Bebo un sorbo de la otra. Y esto, por tu visita.
Así que vienes por mi marido me acomodo en el otro sillón.
Así es. De hecho, ya es prácticamente mi pareja. Solo falta firmar unos papeles. Nos queremos, y el amor es lo más importante. Hablé con él, y está de acuerdo.
Genial contesto alegre, pues vamos a hacerlo todo ahora, juntas.
¿El qué?
Vamos a recoger las cosas de mi, perdón, de tu Fernando. Llamamos a un taxi y te lo llevas todo.
¿De verdad estás de acuerdo?
¿Qué remedio me queda? me echo a reír. Venga, cariño, vamos a ello sin perder tiempo.
En ese armario están todas sus cosas y ropa de caballero. Vacía lo que quieras. Yo iré por el dormitorio.
Allá voy pantalones claros de verano, vaqueros, otros vaqueros más gruesos. Calcetines, calzoncillos, bañadores, camisetas, pañuelos. Un jersey. Otro. En el cajón de abajo, la máquina de afeitar eléctrica.
Tres cinturones de cuero. Un manojo de corbatas en la percha. Traje de los domingos. Otro traje. Y otro. Chaqueta ligera, chaqueta de entretiempo, chaqueta de cuero de invierno. ¿Falta algo? ¿Dónde está el paraguas negro japonés? Aquí está, querido.
Aparece Leocadia.
¿Ya lo tienes todo? le pregunto sorprendida. Qué rapidez. Espero que no dejes nada. En ese mueble bajo la tele están los papeles. Los míos los dejas, los de él te los llevas le indico. ¡Vamos, vamos!
Esperanza, ¿y por qué lo haces tan deprisa? ¿No te da pena?
¿Pena? ¿Por qué iba a darme pena? ¿No eres feliz tú?
Sí, claro pero es que no lo entiendo. Pensé que
¿Creías que iba a llorar, gritar, pelear por él, echarte de aquí? No, bonita, ¿para qué arruinar nuestro humor? No vamos a hacer un drama cuando ya está todo decidido. Toma, en la cocina hay una taza color calabaza con un dibujo de tigre, también es suya, regalada por mi nieta en su último cumpleaños. Llévatela.
Termino con el armario, subo al altillo y saco el álbum de fotos. Busco todas donde sale Fernando, las saco y apilo. Al sobre de papel.
Vuelve Leocadia.
Esperanza, lo cierto es que todo esto es por iniciativa mía. ¿Y si él no quiere venir?
No digas tonterías. ¿Cómo va a rechazar venir con una mujer tan guapa y con ese nombre? Fernando estará encantado con su nueva vida. Ahora, vamos a recopilarlo todo y ver si falta algo. Tú ve llevando esto al salón, yo llevo aquello.
¡Las herramientas! me acuerdo de repente. Caja de destornilladores, taladro, caja de clavos y tornillos. Todo a la pila del sofá.
Esperanza Igual estoy acelerando demasiado. ¿Te importa si hablo antes con Fernando? Aunque sea por teléfono.
No hace falta. Si tú lo tienes claro y él también, yo no tengo nada que objetar. Ahora, busca bolsas grandes, que vamos a empaquetar.
Recogemos entre las dos con eficacia. Voy de acá para allá: dormitorio, cocina, balcón, recibidor, trastero. Como un ave llevando ramitas al nido, acabo arrimando de todo al sofá: un pendrive, una llave inglesa, zapatillas, encendedor, cenicero
Uf, creo que ya está todo. ¡Ah, el portátil nuevo! Su juguete preferido, perdón, de mi exmarido.
Este paquete con ropa sucia es de Fernando, Leocadia. No me dio tiempo a lavarla.
No, eso no me lo llevo.
Llévalo, así no hay excusas para volver. ¿Pido taxi ya?
Puedes hacerlo.
Nos sentamos en la cocina a tomar un té con tortitas.
De verdad lo quiero me confiesa Leocadia. Es bueno, inteligente, atento, divertido, generoso, cariñoso ¿Sabes cómo es?
Claro que sé: es tosco, vago, callado, un desastre, desordenado, olvidadizo, no se acuerda ni de mi cumpleaños ni de San Valentín. Es rácano, maniático de la limpieza, siempre protestando, igualito que su padre.
No puede ser se indigna Leocadia. Igual hasta me he confundido de dirección, ¿y si tu Fernando no es mi Fernando?
No, mujer. Has venido buscando a Esperanza García y no te has equivocado.
Pero, ¿por qué es tan distinto contigo y conmigo?
No te preocupes, Leocadia, contigo está enamorado, a mí ya me ha dejado de querer. Todo irá bien. ¿Más té o tortitas?
Leocadia asiente, y le sirvo otra ronda.
Riquísimas me halaga, yo no cocino tan bien.
No pasa nada. Él gana bien, podréis comer en restaurantes o contratar a alguien. Eso es lo de menos. Lo realmente importante en la vida es el amor.
¿Y por qué tú también decías ser su mujer amada? ¿Te lo decía?
Pocas veces, y solo de buen humor. Con la gente es simpático y atento, pero en casa, seco y malhumorado. Trae a casa todas las frustraciones y las descarga sobre los demás, o sea, sobre mí. Pero seguro que conmigo estaba harto y le molestaba todo. Vosotros sois otra historia.
¿Tan siquiera alguna vez te llamó su mujer amada?
Supongo que lo decía por cumplir o por costumbre. No te lo tomes a pecho. Mírame me examina Leocadia, ni punto de comparación contigo.
Al contrario, estás muy bien me evalúa, simpática, agradable. Sinceramente, te imaginaba de otra manera: una señora mayor, regañona y algo gorda. Por lo que él contaba, daba esa impresión.
Así es como me ve él. Los años juntos pesan lógico que haya terminado harto.
¿Y no te da pena que se vaya?
¿Pena? me río a carcajadas. ¡Qué va! Más bien lo contrario: voy a hacer todo lo posible por recuperarme con dignidad.
Esperanza, hagamos un brindis, ¿por qué no? Por habernos conocido.
Venga le guiño, voy al salón por la botella.
¡Salud! Tintineamos las copas.
Por este encuentro Leocadia apura el vino, se limpia la boca con una servilleta, y mira a su alrededor. Tienes una casa estupenda: orden, limpieza, mucho gusto. Se ve que eres buena ama de casa. Yo odio limpiar, siempre me siento castigada. Me sabe mal gastar la vida en tareas tan aburridas.
Te entiendo. A veces a mí me da pereza, pero la suciedad me da más rabia. En general, disfruto cuidando la casa. Cocinar me encanta. También, cantar.
Ya me he fijado.
¿Cantamos juntas?
No, no canto.
Vaya. Fernando, cuando estaba de humor, a veces cantaba conmigo a dúo.
¿Y vuestra hija lo llevará bien? Su padre irá con otra
Por supuesto que no le gustará. Lo adora. Pero se lo explicaré; no ahora, pero sí pronto. Ya es madre ella misma, mi nieta va a hacer tres años. ¿Pido taxi ya?
Uy, no sé si llevo suficiente dinero Lo mismo no me da para el taxi. Mejor lo recojo en otro momento.
No te preocupes, yo lo pago. Fernando no me es totalmente indiferente, después de tantos años.
Bueno
No hay pero, Leocadia. Estas cosas importantes no se deben aplazar. Espera, me llaman Sí, Fernando, dime. Vamos a calmarnos, háblame bien, sin gritos. ¿Qué quieres? Sí, he hecho todo lo que me pediste. Sí, el recibo de la luz está pagado, internet también. El jersey lo recogí de la tintorería. Salí de compras con tu hermana María y compramos lo necesario para la fiesta ¿Sopa castellana para cenar? Eso no te lo garantizo ¿Por qué? Porque sospecho que hoy cenarás en otro sitio ¿Dónde? Pronto te lo dirán No, no hablo en clave. Estoy bien, estoy cantando y tomando té con tortitas Hasta luego, Fernando. No te preocupes, todo irá bien.
Leocadia espera confusa en el rellano. El taxista, un hombrecillo nervioso y eficaz, ya va por el tercer viaje con los bultos. Le sonrío:
Leocadia, llevabas toda la razón: lo más importante es el amor. Te deseo lo mejor con Fernando, de corazón. Cuidaos mucho Señor, ¿ya lo ha cargado todo? Aquí tiene, coja los euros, quédese el cambio y ayude a la señora a subir las bolsas. Leocadia, aquí te apunto la receta de las tortitas, ya que te han gustado. Prepáraselas a Fernando, le gusta comer bien.
No te agobies, de verdad. Todo irá bien.
Y por fin, empecé a disfrutar de una vida nueva, feliz, libre y llena de sentido. Qué intento el ex regresar, por supuesto, pero una vez probada la libertad, una no vuelve a tropezar dos veces con la misma piedra
¿Si sé cómo acabó la historia con Leocadia? Eso es lo de menos lo importante es que yo ahora sí soy feliz.





