Álvaro se sentó en un rincón, llorando desconsolado. No conseguía entender qué había hecho mal. ¿Por qué sus padres le habían dejado y lo habían llevado a un orfanato? Siempre les había querido muchísimo y siempre había obedecido a sus padres.
Su madre biológica le abandonó nada más nacer, en el hospital. Luego, Carmen y Ramón le adoptaron. Nunca pudieron tener hijos, así que decidieron acoger al pequeño del orfanato. Pero Ramón nunca llegó a sentir a Álvaro como suyo, siempre lo veía como un extraño, alguien ajeno a su familia. Carmen, por el contrario, se encariñó enseguida, le abrazaba y cuidaba de él con esmero, aunque en el fondo tampoco terminó de sentir que era su hijo.
Pasaron los años. Álvaro creció en ese hogar y aprendió a querer mucho a sus padres adoptivos. Hasta que un día, Carmen descubrió que estaba embarazada. La noticia le llenó de alegría. Cuando se lo contó a Ramón, la felicidad les desbordó.
A partir de ese momento, Álvaro dejó de existir para ellos. Todo lo que hacía les molestaba y empezó a irritarles. Ramón incluso comenzó a gritarle y, en ocasiones, a golpearle. Álvaro se convirtió en un estorbo. Decidieron entonces devolverle al orfanato, firmaron los papeles necesarios y, a través de un juicio, les quitaron la custodia.
Después de la sentencia, Carmen se acercó a Álvaro y simplemente le comunicó que tendría que quedarse en el orfanato. El niño lloró, suplicando que no le abandonaran, pero ella se dio la vuelta y se marchó. Solo tenía cinco años, y había sido traicionado por quienes más había amado y en quienes más confiaba. Una vez por su madre biológica, y de nuevo por sus padres adoptivos.
La jueza encargada del caso presenció todo aquello. Al ver al pequeño tan destrozado, no pudo quedarse de brazos cruzados. Se llamaba Catalina, y decidió adoptarle. No podía soportar la idea de que ese niño sufriera de esa manera. Con gran diligencia, Catalina tramitó toda la documentación y, en poco tiempo, sacó a Álvaro del orfanato.
Desde el primer instante, comenzó a llamarle con cariño Alvarito, y el niño, poco a poco, fue olvidando a sus antiguos padres y se fue aferrando a Catalina. Los años pasaron. Álvaro destacó en los estudios, terminó el Bachillerato con Matrícula de Honor y accedió a la universidad para estudiar Medicina. Al acabar la carrera, fue contratado por una clínica de prestigio en Madrid.
Un día recibió a un hombre que reconoció de inmediato: era Ramón, su primer padre adoptivo. Le contó que su esposa había muerto durante el parto y el bebé no había sobrevivido. Sumido en el dolor, Ramón acabó por refugiarse en el alcohol hasta que conoció a Paloma, quien le ayudó a rehacer su vida y a salir adelante.
Así fue como Ramón y Álvaro volvieron a cruzar sus caminos. Aunque muy joven, Álvaro no había olvidado el sufrimiento que Ramón le causó. Sin embargo, recordó el juramento hipocrático y decidió ayudarle igualmente. El destino ya se había encargado de castigar a Ramón y a Carmen, pues en la vida nunca hay que herir a los más inocentes, y menos a quien solo buscaba ser querido.
Álvaro eligió actuar con nobleza: no buscó venganza, porque comprendió que el rencor solo envenena el alma. Aprendió que a veces la vida, con sus vueltas, termina reparando el daño y que el acto más valioso es perdonar y seguir adelante con el corazón limpio.







