Mi hermano no quiere llevar a mi madre a una residencia, pero tampoco se la lleva a su casa: ¡dice que no tiene sitio!

Diario de Álvaro García, 15 de junio

Llevo tres meses recibiendo mensajes de mi hermano, Daniel, sobre mamá. La verdad, desde que sufrió el ictus, no es ni la sombra de lo que era. Olvida todo, no puede estar ni un minuto sola y necesita cuidado constante. Es como volver a tener un bebé en casa. Pero claro, yo tengo trabajo, hogar y familia. ¿Cómo se supone que debo salir de esta situación? Le propuse a Daniel ingresar a mamá en una residencia, pero él se puso hecho una furia y me acusó de ser un desalmado. Y eso que él tampoco acepta llevarla con él; vive en el piso de su esposa en Getafe.

Éramos una familia unida, la típica familia de cuatro. Daniel y yo nos llevamos apenas un año. Mis padres nos tuvieron tarde; ahora tengo 36 años y él 35. Mamá tiene ya 72. Hasta que papá murió, todo iba como la seda.

Después Daniel se fue a estudiar a Salamanca y se quedó a vivir allí tras casarse, mientras yo eché raíces en Madrid, mi ciudad. Al principio vivía con mis padres, pero cuando me casé con Carmen, preferimos alquilar un piso en Alcorcón. Queríamos ahorrar y comprar uno propio, tener hijos, construir nuestro hogar. Todo iba sobre ruedas.

Hace dos años, papá falleció, y mamá se vino abajo. Se la veía triste, perdida, con la mirada en otro mundo. Envejeció de golpe. Ya enferma, hace seis meses tuvo el ictus. Pensamos que ese era el final. Sólo los médicos del Clínico lograron retenerla de irse. Al principio casi no hablaba y costaba que moviera brazos y piernas. Después mejoró algo, pero la cabeza ya no volvió a ser la misma.

Los médicos dijeron que las secuelas eran irreversibles. Así que no quedó más remedio que cuidar de ella. Carmen y yo volvimos al piso de mamá, en Chamberí. Tuve que dejar mi puesto en la oficina y dedicarme a trabajos por encargo para poder estar pendiente de ella. Imposible dejarla sola. Aunque recuperó movilidad, no mejoró en lo demás.

Divagaba, se desorientaba, había días que salía y teníamos que buscarla porque decía esperar a papá en cualquier esquina. Era un sinvivir. Dormía fatal, siempre tenso, con miedo a que se escapara. Apenas rendía en el trabajo, imposible concentrarse una hora seguida. Carmen, agotada, volvió a insistir con buscar una residencia.

Sí, es carísimo, unos 2300 euros al mes, pero trabajando duro podríamos pagarla si Daniel aportara también. Era lo justo.

Tardé en dar el paso, pero entendí que no había salida. ¿Cuánto aguantaría así? Al menos allí tendría atención continua y médica. Me informé después de visitar algunas residencias: no era nada barato, pero… ¿qué otra opción quedaba?

Llamé a Daniel, esperaba comprensión. Le expliqué todo, esperando que viera la realidad. Pero montó en cólera.

¿Tú te has vuelto loco, Álvaro? ¡¿Meter a mamá en una residencia?! ¡Son todos unos extraños! ¿Cómo sabes que la van a cuidar bien? ¡No tienes corazón! me gritó por el móvil. ¿O será que solo quieres deshacerte de ella para quedarte con el piso?

Intenté razonar, pero no me escuchaba. Tragué saliva, pero el tema seguía saliendo una y otra vez. Cada vez tenía menos fuerzas. Volví a tantearlo, pero seguía inamovible.

No pienso hacerle eso a mamá, insistía. Nos crió con un esfuerzo enorme y nunca se quejó. Nos dio todo, Álvaro. Es nuestro deber, no dejarla en manos de desconocidos…

Al final estallé.

Entonces hazte cargo tú, Daniel. Llévatela contigo a Salamanca y demuéstrame lo buena persona que eres.

Sabes que vivo con mi mujer, en su piso. ¿Cómo le pido que cuide de su suegra? me respondió, vacilante.

¿Y Carmen sí tiene que cuidar de la suya, pero tu mujer no? Aquí solo Dani vive como quiere; el marrón para los demás.

Le dije que si quería podía dejarle a mamá mañana mismo y así que ellos cumplan. Daniel dudó, diciendo que tiene mucho trabajo y no puede con más responsabilidades. Me acusa de buscar excusas, pero sé que sólo busca librarse como puede.

Me siento atrapado en una pesadilla. Sé que la residencia es la mejor opción para todos. Mamá estará bien atendida y nosotros podremos recuperar nuestra vida. Pero, al mismo tiempo, temo sentirme siempre como un hijo desagradecido. Carmen entiende mi situación; quiere que lo hagamos cuanto antes.

He decidido esperar una semana. Si Daniel no da la cara, la ingresaré. Cada uno que justifique lo suyo ante quien quiera. Lo que he aprendido es que todos dan consejos, pero sólo quien cuida de un familiar enfermo sabe de verdad el peso que eso supone. Estoy agotado, y sé que nadie lo va a hacer por mí.

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