¡Natasha! ¡Perdóname! ¿Puedo volver contigo?

Mira, te cuento Mi marido, Javier, y yo llevamos más de veinte años viviendo juntos. Nuestra vida era tranquila, sin grandes sobresaltos. Los fines de semana siempre los pasábamos en la casa de campo cerca de Segovia. Javier se encargaba de limpiar el piso y yo me dedicaba a la cocina. Vamos, que yo pensaba que íbamos a envejecer juntos así.

Pero, de repente, una tarde Javier me salió con esto:

Carmen, lo siento mucho. Me voy. He conocido a otra mujer y me he enamorado perdidamente.

No te creas que yo, con mis 38 años, era ninguna ingenua. Ya me olía que Javier andaba con otra desde hacía tiempo. Y para colmo, las amigas bienintencionadas de siempre no paraban de enviarme fotos de Javier paseando con la susodicha por Gran Vía. Pero yo intentaba no convertirlo en una tragedia. Creía que nunca se iría de verdad. Así que, cuando me lo soltó, me quedé de piedra.

Por fortuna, nuestra hija Lucía estaba esos días de vacaciones en la playa de Benidorm con sus amigas. Para no venirme abajo del todo, conté a mis amigas que Javier se había marchado.

Montamos la típica junta de amigas. Una me animó a ponerme estupenda, perder unos kilos y salir a buscarme otro. Otra, más mística, me recomendó que fuera a ver a la bruja de su pueblo, a ver si me traía de vuelta a Javier. Y la tercera fue directa: Busca a otro y pasa página.

Pero Amaya, la más sensata, me dijo: Haz tu vida, Carmen, igual que siempre. Ya verás como todo se pasa. Yo me quejaba, claro: ¡Pero es que me duele, Amaya! Y ella insistía: Sé que duele. A mí ya me han dejado tres veces. Tú haz tu rutina: limpia la casa, cocina, ve a trabajar, mira pelis, lee. ¿Y a quién le cocino yo?, pregunté. ¡A nosotras! Venimos cada noche y te dejamos la nevera vacía.

Agradecí sus consejos, pero la verdad es que no me decidía sobre qué hacer.

Al final, empecé probando lo de la bruja del pueblo. Cogí una foto de Javier con su querida, fui a ver a la señora y me hizo un ritual con cartas y humo de romero. Me aseguró que Javier volvería en quince días.

No volvió ni a la quincena, ni al mes. Y lo peor: había dejado allí media paga, así que encima me sentía tonta. La soledad me pudo y me dio por zamparme todos los dulces de la pastelería del barrio. A las dos semanas, me pesé y casi me da algo: había subido siete kilos.

Entonces cambié de estrategia. Me puse a limpiar la casa a fondo, mudé todas las plantas de sitio, hasta cambié los muebles del salón. El piso me quedó más bonito y acogedor que nunca. Y, animada, me apunté a clases de sevillanas para moverme un poco, porque lo de los pasteles era un desmadre. Me puse a hacer sopas y pucheros los que tanto le gustaban a Javier y todas las noches venían mis amigas, arrasaban con todo y luego me quedaba yo sola, viendo la tele. Me enganché a Juego de Tronos, esa serie que Javier y yo siempre quisimos ver juntos, pero nunca encontrábamos el momento.

Una noche, de pronto, se abre la puerta. Era Javier. Entró y se quedó parado, mirando la casa, lo limpia y cálida que estaba, y aquel olor a sopa de verduras. Yo estaba en el sofá viendo la serie.

Carmen, buenas noches. Vengo a por las cuatro cosas que me quedaron la otra vez.
Sí, claro. Ya las tengo preparadas. ¿Traes bolsa?
No.
Tranquilo, te doy una.

Le di sus cosas y antes de irse me preguntó:
¿Has hecho sopa de verduras?
Sí, justo hoy. ¿Quieres un plato?
Se lo pensó un minuto y acabó diciendo que sí.

Se comió dos platos, tan a gusto. Y me soltó un:
Gracias, Carmen. Bueno, me voy ya.
Pues venga, adiós. Yo sigo viendo el capítulo.
¿Qué ves?
Juego de Tronos.
¿Te acuerdas que nosotros siempre dijimos de verla juntos?
Claro que me acuerdo le respondí.

Javier se marchó y yo, pues mira, lloré un poco después seguí viendo mi serie y me fui a dormir.

Dos semanas más tarde, volvió con todas sus cosas. No entendía nada.

Carmen, lo siento mucho, de verdad. No paro de pensar en ti, en tu sopa, en lo a gusto que se está aquí Perdóname. Me equivoqué y sólo echo de menos estar contigo.
¿Así que era por mi sopa?
Por tu sopa y por ti, ¡sobre todo por ti!
Venga, pasa. Pero, a Lucía no le digo nada, ¿vale?
Gracias, Carmen. ¿Queda algo de cena?
Vente, que aún hay para ti.

Y así, amiga, poco a poco volví a la normalidad y hasta nos reímos de todo aquello algún día.

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