Llevo casado muchos años. Conocí a mi esposa durante la universidad, en Salamanca. Nunca conocí a nadie más, la elegí a ella y a su lado me quedé. Fui, quizá, uno de esos dinosaurios fieles a una sola mujer, que no miran a ninguna otra ni se dejan tentar.
Nos casamos en tercer curso, jóvenes e inexpertos. No sé si lo que sentíamos se podía llamar amor verdadero, pero supongo que sí, porque convivimos bajo el mismo techo durante tanto tiempo. Todos nuestros compañeros nos ponían como ejemplo de pareja, aunque no éramos los únicos enamorados de la facultad. Imagino que era porque jamás nos separamos, a pesar de las dificultades y problemas.
En cuarto año fuimos padres. No abandonamos los estudios; muchos profesores entendieron nuestra situación y nosotros tampoco abusamos de su comprensión. Con perseverancia y esfuerzo acabamos la carrera, nos dieron los diplomas y lo celebramos a lo grande. Mi esposa siempre me apoyó, repartíamos las tareas de casa y de los niños a partes iguales.
Nunca imaginé a otra pareja. Para mí, mi mujer era el ideal, mi compañera del alma. Nos complementábamos bien y casi nunca discutíamos. Los hijos felices deberían nacer en una familia así, así que, dos años después, quisimos tener una hija.
¿Por qué no? Yo tenía una esposa paciente, un hijo sano y autónomo… Así que una niña era lo que faltaba para completar el cuadro.
Aparentemente, yo era el hombre más afortunado del mundo. Mi esposa me amaba y siempre me facilitaba todo. A pesar de sus turnos, volvía a casa y jugaba con los niños, y yo podía dedicarme un rato a mí mismo. Nada hacía presagiar problemas, pero de pronto noté que mi esposa se había enfriado conmigo.
Empezó a quedarse hasta tarde en el trabajo y a buscarme defectos. Siempre estaba molesta y de mal humor. Un día, cuando le pregunté ¿Qué tal estás?, me soltó que lo mío era cocinar cocido madrileño, limpiar los mocos de los niños y a la noche complacer a mi esposa.
Con este panorama, no me quedaron ganas de entrar en el dormitorio ni de acercarme a la cocina. Pensé que mi esposa reflexionaría sobre su actitud y cambiaría, pero la cosa fue a peor. Al cabo de un tiempo empezó a tomar copas y a desaparecer por la noche. En casa, en vez de una madre amorosa, empezó a entrar un verdadero ogro.
Un día regresó y comenzó a gritarme:
¡Estoy harta de los niños chillando y de tus pantalones viejos! Jamás he estado orgullosa de ti; nunca te arreglas ni te perfumas para mí. No quiero salir contigo, porque no cuidas tu aspecto. Sólo te importa que te dé dinero, pero a nadie le importa lo que yo quiero.
Llamé a mi suegra buscando apoyo, pero se puso de parte de su hija y me pidió que no pensara en el divorcio. Hice la maleta y me fui con los niños a un piso de alquiler. Una amiga me ayudó a conseguir plaza para la niña en la guardería y yo encontré un segundo trabajo. Vivir así es duro, pero nos apañamos. Por lo menos, ya nadie nos amenaza en casa.
En el juicio supe que mi esposa tenía problemas mentales. Sus padres, a propósito, me lo ocultaron. Fueron ellos quienes impulsaron nuestro matrimonio, porque yo, tan callado y conciliador, era perfecto para su hija. Mi suegra la llevó a Alemania para buscar tratamiento, pero no dio resultado. Luego, los médicos le recetaron pastillas para que pudiera llevar una vida normal. Por supuesto que me da lástima, pero no quiero convivir con alguien desequilibrado. Lo que más deseo es que la enfermedad no pase a nuestros hijos.
Hoy, al mirar atrás, comprendo que la vida siempre pone obstáculos, pero lo verdaderamente importante es saber apartarse a tiempo cuando la paz y la dignidad están en juego. Forjar el propio destino, sin perder nunca la esperanza de encontrar la calma, es la mayor lección que he aprendido.







