Se marchó con su hijo a casa de su madre y él no tiene prisa en traerla de vuelta

Sin duda, todo esto es culpa mía. Así empezó la conversación con la hermana de mi amigo, Inés, mientras se le escapaban las lágrimas, lamentándose de cómo había llegado a esta situación. Ni siquiera sé por dónde empezar a arreglarlo, repetía una y otra vez, como si hubiese perdido completamente el control de su vida y del respeto de quienes la rodean.

Mi hermana se casó hace unos años. Tras la boda, acordaron que los recién casados se instalarían en casa de la madre de su marido. La familia de él vivía en Madrid, en un amplio piso de tres dormitorios donde solo residía el hijo único con la madre.

Me quedaré con una habitación y el resto es para vosotros les dijo la suegra de primeras. Somos personas educadas, seguro que nos adaptamos.
Siempre podemos independizarnos si algo no va bien le decía el prometido a Inés antes de la boda. No le veo problema a probar suerte bajo el mismo techo. Si la cosa se complica, alquilamos y tan tranquilos

Así lo hicieron y, a los pocos meses, se dieron cuenta de que convivir tres adultos bajo el mismo techo no era pan comido. Suegra e Inés buscaban el equilibrio, pero apenas pasaba un día sin discusiones veladas que, poco a poco, fueron saltando a la superficie abiertas y dolorosas.

Me prometiste que si esto no funcionaba, buscaríamos piso le soltó Inés, derrumbada, a su marido después de una de tantas broncas.
¿Y no estamos exagerando? le respondió él, como si no hubiese importancia. Son tonterías sin suficiente peso como para hacer las maletas.

Al año de la boda, Inés se quedó embarazada y cogió la baja maternal. Unos meses después nació su hijo, un niño sano al que llamaron Javier.

La llegada de Javier coincidió con que la suegra perdió su empleo. No encontraba trabajo, porque en esa edad ya no se lo ponían fácil en las empresas. Inés y la suegra acabaron conviviendo las 24 horas del día compartiendo espacio, tareas y tensiones, sin escapatoria. El ambiente en casa se fue encrespando cada día que pasaba.

El marido se hacía el sueco. Era el único que trabajaba y su respuesta, siempre la misma:
No podemos dejar sola a mi madre ahora que no tiene dónde caerse muerta. No voy a abandonarla y no tengo sueldo suficiente para alquilar y, a la vez, ayudar a mi madre. Cuando mi madre encuentre trabajo, nos mudamos.

Pero la paciencia de Inés se agotó antes de que su suegra encontrase nada. Un día, recogió sus cosas y las del niño y se fue a casa de su propia madre, al otro lado de la ciudad. Al irse, le dejó claro al marido que no pensaba volver a pisar la casa de su suegra jamás. Si quería conservar a su familia, tendría que mover ficha.

Estaba convencida de que él daría el paso de buscar un alquiler enseguida. Pero se equivocaba de pleno.

Pasaron más de tres meses desde la mudanza de Inés, y de su marido, ni señales de querer cambiar nada. Sigue viviendo con su madre, y cuando termina la jornada en la oficina, llama a su mujer y su hijo por videollamada y los domingos, algunos fines de semana, va a verlos al barrio de la suegra.

En la práctica, viven como una pareja de visita. Él disfruta de la atención por partida doble: su madre se vuelca en cuidarle y encima, la pobre de Inés se siente fatal, piensa que es una desagradecida y, además, él ya ni siquiera tiene que ocuparse del niño. En cierto modo, ha salido ganando. Y la suegra tampoco ha perdido mucho.

Mientras tanto, Inés se come las uñas en casa de su madre. Está desesperada, pero no quiere dar su brazo a torcer. Sigue queriendo a su marido, aunque sabe que no está actuando justamente.

¿Qué esperabas al irte de casa? le responde él cuando sacan el tema. Si quieres volver, la puerta está abierta.

Parece evidente que él no va a dejar a su madre para alquilar nada. Inés, al estar de baja maternal, no tiene dinero para dar ese paso sola.

¿Será este el final de esta familia?

Hoy, repasando todo esto en mi diario, no puedo dejar de pensar en lo frágil que es la convivencia y en lo fácil que es equivocarse cuando no hablamos claro desde el principio. He aprendido, viendo esta historia tan de cerca, que no basta con querer hace falta voluntad, diálogo y, sobre todo, no dejar que otros decidan por uno mismo.

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Se marchó con su hijo a casa de su madre y él no tiene prisa en traerla de vuelta
Recibí el Alta del Hospital, pero Descubrí una Amarga Lección al No Poder Vivir Sola