Mi esposa tiene una familia numerosa repartida por varios pueblos. Muchos de ellos tienen marido, mu…

Mi esposa tiene una familia grande, repartida entre varios pueblos de Castilla. Muchos de sus parientes están casados y tienen hijos, así que en la familia abundan las propiedades. Por ejemplo, mis suegros poseen tres casas en el pueblo. Dos de ellas están pegadas y las utilizan como una enorme vivienda donde reunir a toda la familia. La tercera, sin embargo, está abandonada, deteriorándose poco a poco, y nadie parece necesitarla. El jardín se ha convertido en una selva y nunca hay nadie allí: la casa solo existe, sin más.

Mi suegra ha intentado venderla en varias ocasiones, pero ¿quién la va a querer? El pueblo queda lejos de todo, no tiene mucho interés y el inmueble requiere una buena inversión. A mí, sin embargo, me gusta. Tanto, que he hablado con mi esposa de la posibilidad de que sus padres nos regalen la casa para usarla como segunda residencia. Mi mujer, Esperanza, tiene la esperanza de que así será, y lo habló con su madre. No obstante, su madre insiste en que no pierde la ilusión de vender la casa y sacar algo de dinero.

Pero, desde hace más de año y medio, desde que propuse que empezáramos a arreglarla, todo sigue parado. Nadie vende, nadie compra.

Cuando Esperanza le expresó directamente a su padre nuestro deseo de quedarnos con la casa, él preguntó para qué la queríamos, si ya tienen dos donde hay sitio de sobra para todos. Pero no es lo mismo estar en casa de los padres de mi esposa que en una casa propia.

Quizá esperan que les propongamos una cantidad. Comprarles la casa. Mi suegra, por supuesto, no está dispuesta a darla sin recibir nada a cambio. Pero no sé cuánto sería justo ofrecer. Nosotros no tenemos mucho dinero y, si lo tuviéramos, habríamos comprado una casa de campo en otro lugar. Además, tendríamos que reformarla. A veces me pregunto: ¿no tiene mi suegra corazón para regalarle algo a su propia hija? Es su madre, y debería preocuparse por su bienestar y no querer cobrarle por ello.

Siento que este asunto de la casa es un callejón sin salida. Y así aprendo que, a veces, las cosas valen más por la historia y los vínculos familiares que por el dinero. Quizá el verdadero valor está en cuidar de los nuestros y encontrar acuerdos que fortalezcan la familia, porque ningún euro puede comprar la paz que da el sentirse en casa.

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“Despeja una habitación en casa, mis padres se quedarán a vivir aquí,” me presentó mi marido un hecho consumado.