Adaptación y decoración de nuestro piso nos llevó mucho tiempo a mi esposa y a mí, y tuvimos que rec…

Amueblar nuestro piso fue casi una misión imposible para mi mujer y para mí. Nos tocó pedir ayuda a todos los que nos la podían dar: los padres de ella, los míos, y hasta solicitar un préstamo a mi hermana. El piso era fenomenal, solo necesitaba un pequeño lavado de cara, que podíamos hacer poco a poco en cuanto canceláramos la deuda con mi hermana. La ubicación nos encantaba; el barrio tenía su encanto, y nos adaptamos rápido: en los primeros días nos hicimos con el mapa de supermercados, bares y todo tipo de ocio cercano.

El primer sábado celebramos una fiesta de inauguración con los familiares, y justo en plena sobremesa, alguien tocó el timbre. Aparecieron los vecinos de la puerta de al lado: un matrimonio claramente rondando los cuarenta y su hija, una niña inquieta, de no más de doce años, que parecía tener el superpoder de dejar huellas de barro en todas partes. Vinieron porque escucharon que había nuevos vecinos y querían conocernos. Se sentaron a la mesa como si fuesen de la familia, aunque nadie les invitó. Cuando por fin se marcharon, respiramos aliviados, esperando que su deseo de entablar amistad fuese solo cortesía. Pero no, porque al día siguiente volvieron y esta vez con más ganas de hacer piña.

La mujer ansiaba ser la mejor amiga de mi esposa, y su marido no paraba de buscar temas de conversación. Quiso llevármelo a pescar, pero yo de pesca tengo lo justo, y escuchar historias de su juventud rebelde, menos aún. Parecía que mi mujer y yo habíamos dejado claro que ese tipo de relación no nos va. Ser vecinos no significa verse todo el rato ni invitarse a café cada dos días, pero si entendiesen las indirectas

Aparecen justo cuando estamos comiendo, mandan a la niña como si estuviera en un parque, o nos piden que les compremos cosas del supermercado. A mi mujer le cuesta ponerles un límite, porque claro, somos vecinos, y hay que guardar las formas; yo, por mi parte, ya no aguanto. He llegado a desarrollar una paranoia: siempre apago la luz del pasillo para que no vean por la rendija y sepan que estamos en casa. Los ignoramos cuando podemos, porque ¿qué otra cosa queda? Los vecinos majos, pero un pelín pesados, ya nos colman la paciencia. ¿No tienen suficiente con su propio piso?

Le propuse a mi mujer una teoría interesante: ¿y si lo que quieren es nuestro piso y por eso nos atosigan para que nos larguemos? ¡Total, cosas más raras se han visto!

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

one − one =

Adaptación y decoración de nuestro piso nos llevó mucho tiempo a mi esposa y a mí, y tuvimos que rec…
Mi marido se encerraba cada noche dos horas en el baño: una noche agarré una linterna, fui a mirar y encontré un agujero tras los azulejos… ¡con extrañas bolsas dentro!