Y por qué decidí cambiar a mi esposa “económica” por otra mujer

Otra vez con los platos. Ya llevan tres días acumulándose en el fregadero, ni una taza limpia queda. Esperé, esperé… ¿Qué hago? Llegué de la oficina, hambriento, furioso, agotado. Y primero hay que fregar todo, porque no hay ni un plato donde cenar.

Tampoco queda nada que cenar. Sólo he puesto la tetera y una cacerola con agua a calentar. Al menos podré cocer unas salchichas, o solo hervirlas. Tengo tanta hambre… Jamás pensé que acabaría así, sufriendo ¡Y cómo era aquel cocido de Carmen! Daría lo que fuera por ese sopa justo ahora

Y las empanadas. Y hojaldres con todo tipo de rellenos. Y los costillares, sus especialidades. Y el orden, la limpieza en la casa. Llegabas tras una jornada de trabajo y todo relucía. El aroma a limpio inundaba el salón. Y ahora

¿Por qué no lo vi antes? Parecía que lo único que le interesaba a Carmen era la colada y cocinar

Un día vi a Ana. Radiante, con una falda corta y tacones. Salía de una peluquería, impecable, la reina. En ese momento pensé

Nunca fui de salones, ni de gastar dinero en mi cabello, ni de teñirme. Tampoco me pavoneaba en tiendas de moda. Aunque era igual de delgada y bonita. Solo que no le gustaban esas cosas de mujeres. Siempre vestía vaqueros y deportivas. Salía corriendo si hacía falta ir al mercado o limpiar la casa.

Estoy enamorado de otra le dije a Carmen al volver. Me voy. No quiero engañarte.

Carmen seguía batiendo nata para el pastel. Ni se giró. No noté entonces las lágrimas en sus mejillas

Me cansé de ver a mi lado, no una mujer, sino una ama de casa. Supongo que por eso me dejé seducir por Ana. Ahora friego platos, barro el suelo, limpio el baño. Todavía no sé cocinar como antes, y algunas noches sueño con las empanadas de Carmen

Ana tiene manicura nueva y no puede fregar. Ahora está tumbada en el sofá, hojeando revistas, a punto de ir al salón para arreglarse el pelo. Por el suelo, vestidos, y me he tropezado ya tres veces con sus zapatos. No sabe qué ponerse para ir a la peluquería. Y el vaso que dejó en la puerta ayer sigue ahí.

¿Por qué cambié a mi esposa por esta chica tan perezosa? Es como morir lento. ¿Hago un poco de pasta? Tengo tanta hambreMe encontré de pie, cuchara en mano, mirando el agua burbujeante. El vapor me nublaba los ojos y pensé que era el momento. El momento en que uno comprende, demasiado tarde, que había confundido el cariño con costumbre, el amor con comodidad.

Ana se levantó y se quejó de la televisión, del ruido, de la falta de café. No me respondió cuando pregunté qué quería cenar. El aire olía a nada, como si la casa se hubiera vaciado de toda emoción, de toda esencia.

Apagué el fuego. Grabé en mi mente el recuerdo de la cocina ordenada y el aroma a pastel recién hecho. Me acerqué a la ventana. Afuera, la noche era fría, pero un solo pensamiento me caldeó el corazón: aún podía pedirle perdón a Carmen.

A veces, la verdadera receta para el hambre está en la humildad. Dejé la cacerola y los platos. Salí al portal y, mientras caminaba bajo la lluvia, supe que no era imposible regresar, aunque el dolor quedara. En cada paso, cada gota, me prometí nunca más confundir el hogar con la rutina, ni el amor con lo fácil.

Tal vez Carmen me abriría la puerta, tal vez no. Pero esa noche, por primera vez en meses, sentí hambre de esperanza y me atreví a soñar con volver a casa.

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Y por qué decidí cambiar a mi esposa “económica” por otra mujer
Cuando entré en el ascensor de nuestra comunidad de vecinos, ya estaba dentro una mujer que sostenía las llaves de mi piso.