Cómo afrontar la vida cuando tu esposa se convierte en una auténtica “cerdita” en casa

Llevo doce años junto a mi esposa ¿no está mal como historia de familia, verdad? Al principio, todo era maravilloso: yo trabajaba, y ella cuidaba del hogar. Me regaló dos hijos preciosos una hija y un hijo.

Recientemente, me ascendieron en el trabajo y ahora en casa se respira el olor de billetes nuevos, de esos que parecen jamón recién cortado, euros que chisporrotean entre los dedos. Debería ser el sueño de cualquiera, pero la marea trajo sorpresas. Mi esposa, de repente, se volvió adicta a las telenovelas. No distingue entre series policiacas, culebrones brasileños ni historias de amor turcas; ahora hasta ve culebrones coreanos, palabras que me suenan a tapas nuevas.

No tendría mayor importancia si a mi mujer le apeteciera descansar así, pero con el tiempo, aquellas series empezaron a ocupar cada rincón de nuestro piso de Madrid. Casi ha dejado de limpiar y cocinar; le da igual si los cacharros bailan por la cocina o si la ropa se amontona como castillos de Gaudí. Cuando lo menciono, sugiere pedir comida preparada, si hay euros de sobra. Pero, ¿pueden nuestros hijos comer croquetas frías y tortilla empaquetada todos los días?

No para ahí: ella también ha empezado a engordar, pues la pantalla frente a sus ojos es su nuevo horizonte y siempre tiene algo dulce cerca, un trozo de tarta, una bolsa de pipas, un mendrugo de bizcocho. Intenté distraerla: le propuse ir juntos al gimnasio o a la piscina municipal, pero siempre responde igual: Estoy cansada. ¿Cansada de qué, me pregunto yo mientras las paredes de nuestro piso parecen encogerse?

Una tarde quise sacudir el polvo de la rutina y contraté a una señora de la limpieza, una tal Rocío, que dejó todo reluciente como los patios de Córdoba en primavera. Pero mi esposa interpretó aquello como una señal de que no debía mover ni un dedo. Ni siquiera se ocupa siempre de los niños; su único empeño, las historias de los personajes de la pantalla, que parecen más reales para ella que nosotros.

A veces vuelvo del trabajo y veo mi propio reflejo en el microondas mientras cargo la lavadora o ayudo a los niños con los deberes. Mi suegra, doña Carmen, que solía pensar que yo no era suficiente para su hija, ahora respalda todo lo que ella hace. No puedo esperar ayuda de ese rincón.

El pensamiento del divorcio deja un regusto a café frío en mi boca. Me duelen los niños más que nada, porque son los que sufren los vaivenes de este sueño raro en el que nos hemos perdido. No sé bien qué hacer ni si existe salida alguna por este laberinto.

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