Mis padres me obligaron a interrumpir el embarazo para que no se deshonrase nuestra familia en el pueblo. No les importó que, más tarde, los médicos me diagnosticaran una enfermedad grave. Sin embargo, el destino castigó duramente a mi padre por destrozar brutalmente mi vida.

Diario de Lucía, Madrid, 1998

Era joven cuando conocí a aquel sinvergüenza. Se mostraba encantador conmigo, me abrumaba con halagos y parecía el hombre perfecto. Sin embargo, tan pronto como consiguió lo que quería, desapareció de mi vida sin dar explicaciones. La ruptura me destrozó, aunque en ese momento no supe imaginar las verdaderas consecuencias de aquellos encuentros furtivos. Me quedé helada cuando supe que estaba embarazada. Al principio decidí no confiar en mi madre. Pero, dándome cuenta de que no podía ocultar mi embarazo mucho más, sobre todo porque ya estaba de cuatro meses, tuve que armarme de valor para contárselo.

Ella fue corriendo a decírselo a mi padre. Todo lo que recibí de él fueron reproches, y de mi madre solo salían deseos cargados de resentimiento: Ojalá nunca te hubiera parido.

Llenos de miedo a convertirse en el chisme de todo el pueblo, mis padres me convencieron, casi obligaron, a interrumpir el embarazo, aunque esto implicara un grave riesgo para mi salud. Acepté a regañadientes, pero aquellas semanas posteriores las pasé llorando, amargada por la sensación de haber traicionado a mi hijo. Sigo buscando el perdón de Dios por lo que hice. Sentí que la vida se detenía para siempre. Hubiera deseado desaparecer, no solo en espíritu, sino también físicamente. Pero mis padres se mantuvieron impasibles, preocupados solo por mantener su reputación en aquel pequeño pueblo de Ávila.

Al cabo de dos años, decidí escapar de esa casa opresiva. Logré terminar mis estudios en Salamanca y empecé a forjarme una buena carrera profesional. Con los años, conseguí todo aquello que, en su día, apenas me atrevía a soñar. Sin embargo, hubo algo que nunca pude comprar por mucho dinero que ganara: una familia. Eso era lo único; el único aspecto de la vida que nunca estuvo a mi alcance por culpa de mis padres. Había perdido para siempre la oportunidad de ser madre.

Conocí a hombres, recibí propuestas de matrimonio. Pero, al descubrir que yo no podía tener hijos, todos acababan por marcharse, como si se esfumaran en el aire de Madrid. Sobre mis padres recae toda la culpa. Por salvar su imagen pública, me privaron de experimentar la dicha de la maternidad. No quise saber nada más de ellos, ni verles, ni hablarles. Cuando mi padre sufrió un infarto y mi madre me rogó que le cuidara, me negué; su egoísmo me había marcado para siempre.

Para poder dormir por las noches, sigo enviándoles cada mes unos cuantos euros, pero juro que nunca haré pasar a mi hija si algún día llegara a tenerla por semejante tormento. Los padres deben ser el mayor apoyo de sus hijos, no clavarles cuchillos cuando más lo necesitan. Mis padres nunca supieron cuánta felicidad me arrancaron del alma, arrancaron la raíz de mi alegría en nombre de unas apariencias.

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