María del Carmen abandonó a su marido tras cuarenta años de matrimonio, y lo hizo con una explosión de gritos, acusándolo de haberle arruinado la vida. Pedro, su esposo, le devolvió la acusación con la misma furia: ¡Tú has destrozado todo, me has dejado a merced de una vejez enferma y solitaria!.
Nadie sabe quién tiene la razón. Yo mismo, al principio, no podía elegir ni del lado de la mujer ni del marido.
Todo empezó cuando Begoña y Pedro se conocieron en una fiesta de la Plaza Mayor de Madrid; se gustaron al instante y se casaron. Pedro era considerado un buen partido: su padre le cedió una parcela en la sierra de Guadarrama, donde él comenzó a levantar una casa.
Begoña, acostumbrada a la vida en el piso de sus padres en el centro de la ciudad, no lograba imaginarse viviendo en el campo. Intentó explicarle a su marido que no quería dejar la vida urbana, pero él no quiso escuchar: ¿Cómo puedes cambiar veinte metros cuadrados de terreno y 150 metros cuadrados de vivienda por una pequeña habitación en el octavo piso?.
Mientras la casa se construía, la pareja vivía bajo el techo de los padres de Pedro. Begoña dio a luz a tres hijos varones. Cuando la casa quedó terminada, la familia se mudó; ella no encontró empleo y pasó los días en el huerto, una tarea que detestaba, mientras se ocupaba de los niños. La carrera de Pedro despegó; todos en el barrio envidiaban su progreso. Cuando recibían visitas, la casa brillaba de limpieza, orden, y la mesa se desbordaba de platos de paella, jamón ibérico y una tarta de Santiago que se deshacía en la boca.
Nadie sospechaba cuánta energía le consumía aquel hogar; Begoña no tenía ni un minuto para sí misma, y encima debía cuidar de dos perros gigantes, un Labrador y un Mastín. No fue el trabajo lo que más la agotaba, sino los entretenimientos que Pedro imponía: pesca, caza, excursiones. Él insistente la obligaba a acompañarle a todas partes, y ella, por aburrimiento, se quedaba al lado de sus amigos. Día tras día, mostraba al mundo la figura de la esposa perfecta.
Aquella vida complacía a Pedro, pero año tras año Begoña sentía que vivía según un guion ajeno, impuesto por él. Sabía que debía cambiar de escenario, pero no era el momento. Esperó a que los hijos terminaran el instituto, ingresaran a la universidad, se graduaran y se casaran. Quizá entonces, pensó, ¿quién cuidará de los nietos?.
La madre de Begoña falleció y le dejó el piso en el centro de Valencia. A los cincuenta años, María del Carmen empezó a soñar con una vida tranquila en ese apartamento. Pero Pedro se instaló allí con inquilinos y se quedó con el dinero del alquiler. Con esos ingresos compraba regalos para sus amigos y organizaba banquetes abundantes, mientras Begoña, con lágrimas en los ojos, calculaba que apenas le quedaban unas cuantas decenas de mil euros al año. Imaginaba que, con esa cantidad, podrían pasar dos semanas en Italia, o en la costa de Andalucía. Compartió esa idea con Pedro, y él se rió: ¡Deja esas fantasías burguesas!.
Así viven todos, pensó Begoña, y aceptó el silencio.
Un día, al volver del cementerio, en la parada del autobús se encontró con su antiguo compañero de clase, Nicolás. Conversaron; él vivía solo en un amplio piso, viudo, y se arreglaba con un rosquillo y una botella de yogur.
¿Puedo vivir contigo? preguntó Begoña.
Vive si quieres respondió él, distante.
María del Carmen, ya sesentona, sintió el latir de una joven que huía de un padre tiránico. Se sintió ligera, libre, como nunca antes. El primer mes no cocinó, no lavó, no limpió; solo se tumbó delante del televisor y se alimentó de empanadas que Nicolás le traía. Con el tiempo, sus manos volvieron a la cocina y a la escoba, pero con alegría, a diferencia de la opresión del hogar anterior.
Por las tardes salían a caminar tomadosos de la mano, y todo el mundo creía que esa pareja llevaba cuarenta años compartiendo el alma. Los hijos intentaron convencerla de volver, y Pedro prometió contratar a una cocinera y a un jardinero, pero Begoña se mantuvo firme.
Tal vez habría sido necesario ser firme hace cuarenta años. Sin embargo, como decía un poeta, cada uno vive por primera vez en esta tierra, y nadie sabe con certeza cómo debe vivir.







