No hace mucho que cumplí los cincuenta años. Llevo una vida estable: tengo trabajo, una esposa y dos…

Te cuento, hace poco cumplí cincuenta años. Ya sabes, tengo la vida bastante organizada: trabajo, una esposa y dos hijos, mis padres. Mi mujer y yo vivimos casi siempre en una especie de tranquilidad, aunque de vez en cuando nos cruzamos por tonterías, cosas de los niños y demás historias. Pero vamos, creo que todas las familias normales tienen esos roces. No existe la pareja perfecta que jamás discuta, ni la mujer ideal, ni el hombre ideal, y mucho menos el hijo perfecto. Pero hay personas que piensan de otra manera.

Hace poco estuve en una cena en un restaurante de Madrid, celebrando el cumpleaños de una amiga de toda la vida. Allí no conocía a la mayoría de los invitados y la verdad, tampoco tenía muchas ganas de socializar. En eso se me acercó una mujer madura, bastante imponente, y ya se le notaba que llevaba unas copas de más. Súper contenta de encontrar a alguien que le escuchara, comenzó a decirme su opinión sobre los hombres de mi edad, sobre los hombres de más de cincuenta.

¡Los hombres siempre buscan el drama! Nada más llegar a los cincuenta y empiezan a imaginarse todoinfartos, problemas de hígado… Pero claro, si cuando eran jóvenes no hubiesen bebido tanto, igual no les dolería nada ahora. Y ese pesimismo constante… Ni te das cuenta, pero seguro que siempre piensas en lo peor que puede pasar, y tu vaso, seguro, lo ves medio vacío. Todos los hombres sois iguales, vamos, lo tengo clarísimo.

A veces te encuentras alguno que se cree la bomba, el típico que piensa que como el vino, con los años mejora, más atractivo y todo eso… Pero es mentira. No aguanto esas barbas canosas ni esa ropa pasada de moda. Dejan de preocuparse por la apariencia y, a partir de los cincuenta, parece que se olvidan del todo. Los que conozco, todos igual: después de los cincuenta, su único hobby es quedar con los colegas a tomar unas cañas, ir a pescar, y discutir con la mujer. Nadie piensa en hacer algo, ni motivarse, ni buscar nuevas metas… Solo esperan a la jubilación.

Vosotros, los hombres, podéis negarlo, pero en el fondo sabéis que ya no resultáis tan atractivos para las mujeres, y os volvéis mucho más accesibles. Habláis de las mujeres, pero nada más recibir un piropo, os derretís como azúcar en el café. Créeme, los conozco, ¡los conozco demasiado bien!

Yo le asentí, porque sinceramente, no veía el sentido en discutir con alguien que parece tener todas las respuestas. Es de esas personas que ven el fallo ajeno pero nunca el propio. Todos cambiamos con el tiempo, pero la gente es diferente y creo que yo soy el ejemplo vivo de que sus teorías no se cumplen siempre. Pero dime tú, ¿quién le discute algo a una mujer así?

¿Tú qué piensas? ¿De verdad los hombres somos tan malos con la edad como decía ella?

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No hace mucho que cumplí los cincuenta años. Llevo una vida estable: tengo trabajo, una esposa y dos…
Canguro para mi hermano: —¿Qué pasa, Yuli? ¿Otra vez no contesta? —¡No contesta! —Julia tiró el móvil sobre la encimera—. ¡No contesta desde las seis de la tarde! No fui a casa de mamá por ella… Tengo que cocinar allí, tengo que cocinar aquí, y a Santi no puedo dejarlo con nadie… ¡La niña que criamos para ayudarnos! En ese momento, se oyó el clic de la cerradura. —Vaya, ¿todavía no os habéis acostado? —soltó Lera por encima del hombro, sin quitarse los auriculares, y pasó de largo de sus padres camino de su cuarto. Pero su madre no la dejaría marchar tan fácilmente. —¡Lera! ¡Quietecita! —el grito de la madre la hizo parar, aunque no se giró—. ¿A dónde vas? ¡Has llegado… qué, seis horas tarde! ¿Nada que explicarme? Lera se quitó los auriculares. —¿Y a qué viene el drama? —¡Lo prometiste! —dijo Julia, desolada—, ¡Prometiste que cuidarías de Santi! Lera, que solo soñaba con caerse en la cama, murmuró: —Pues no pudo ser. Nadie ha muerto. Si tú estabas en casa. —¡Te avisé con una semana de antelación que hoy tenías que quedarte con tu hermano! Porque tu padre tiene turno de tarde, no llega, y yo tenía que ir con la abuela. ¡No te da pena ni tu hermano, ni tu abuela! ¡Y a tu madre tampoco! Pero Lera no pudo. Se quedó con sus compañeros y luego Iván propuso seguir la fiesta en su casa… y no se enteró de cómo se le fue el tiempo. Se despistó. O eso se repetía para justificarse. Porque el móvil no se le quedó sin batería, lo había apagado ella misma. —Lo prometí, mamá, pero luego cambié de planes. —A ver, respira —la madre sospechó. —¿Pero esto ahora es una cárcel? —preguntó Lera. —Has bebido —constató la madre—. Las fiestas son más importantes que la familia. Y ahí Lera explotó. —¡Sí, más importantes! Yo no me ofrecí a ser la canguro de nadie ni pienso quedarme con mi hermano. Que lo hagáis vosotros. Quisisteis jugar a ser padres de mayores, pues ahora disfrutadlo. Yo tengo mi vida. Su padre, que jamás le había gritado, intervino. —No te pedimos que seas la canguro oficial. ¡Apenas te pedimos favores! Pero hoy era importante y lo prometiste. Lera, llegaste seis horas tarde, apagaste el móvil, y aún nos echas la culpa. —No echo la culpa, pero Santi es vuestra responsabilidad. Estuve de visita igual que todos. ¿O yo soy menos? En casa siempre la habían sobreprotegido. Acababa de salir del instituto, era todavía una cría, y ahora estaba en una carrera complicada. Lo entendían y la mimaban. Pero Lera no tenía la misma consideración. —¿Sabes lo que es peor? —añadió la madre—. Que por tu culpa no fui a ver a la abuela. ¡Ella sola no puede ni cocinarse! No puedo estar entre un niño pequeño y una madre enferma. Lera, deshaciendo la trenza que le hizo su amiga, soltó con frialdad: —Bueno, ese es tu problema, mamá. Tú quisiste otro hijo tarde. Ocúpate tú. Yo no os debo nada. Aquello dolió tanto que incluso su padre tembló. —¡Lera, te pasas ya! —¿Por qué? Estoy estudiando. Tengo derecho a salir, hacer amigos, buscar novio para el futuro, lo que sea. No a quedarme en casa con vuestro hijo. El padre la sentó. —Lera, escúchame. No te pedimos ser canguro en plantilla. Era un favor. No un trabajo, sino ayudar a la familia. Dijiste que sí. Lera, ya encendida, contestó brusca: —Dije que sí y luego cambié de opinión. La vida cambia. —La vida cambia, pero aquí cambiaste tú de planes sin avisar —replicó el padre—. Lo entiendo, estudias, tienes amigos. Lera: eres parte de esta familia. No te tenemos encerrada, pero a veces necesitamos ayuda. ¿No puedes sacar dos horas a la semana para cuidar a tu hermano? Un poco, solo para ir al médico, o como hoy, para ver a la abuela. Ni dejó acabar a su padre. Bufó y sacudió la cabeza, cayéndole horquillas. —No. —¿Por qué? —Porque no es mi responsabilidad, papá. No tengo por qué sacrificar mi vida por lo que vosotros queráis. Por dentro, Lera se agazapó: esto iba a acabar mal. —Está bien —dijo su padre, sorprendentemente tranquilo—. Te he entendido. ¿Te he entendido? ¿Dónde estaban los gritos, las amenazas, el drama? —¿Y ya está? —preguntó Lera. —Sí. Por hoy ya hemos acabado. Algo desconcertada por la facilidad con la que la dejaron, corrió al baño, desmaquillarse y por fin dormir. Menuda noche. ¡Y encima con bronca! Pero los padres en su cuarto siguieron hablando. —Andrés, ¿cómo puede ser tan insensible? —dijo Julia, triste—. ¡Si la hemos criado como a todos, con cariño! Y ahora parece que no nos quiere nada. ¿Vamos a rogarle que cuide al hermano? —No —negó Andrés—. Si ella dice que no nos debe nada, nosotros tampoco a ella. Al menos hasta que entienda lo que implica ser adulta. *** La mañana empezó sin café y la tensión del día anterior. Lera fue la primera en la cocina. Agua, un triste bocadillo de la nevera. Cuando entró la madre con Santi, ella se metió en el móvil para evitar la charla moral. La madre ni habló. Luego llegó el padre y saludó: —Buenos días —dijo a Lera. —Vaya, ¿me habláis? —respondió con ironía. El padre abrió la carpeta con los gastos de la casa. —Lera, una cosa. Giró los ojos. —¿Otra vez mi responsabilidad? Ya he dicho que no… —No, no es responsabilidad —la interrumpió—. Bueno, también. Pero esto va más de dinero. A partir de este mes, esperamos tu parte de comida y gastos. Tu parte de los pagos. Lera sonrió, pensando que era una broma para fastidiarla tras la bronca de anoche. Si anoche ella les provocó, ahora ellos se la devolvían. —Ja, papá. El humor no es lo tuyo. No voy a morder el anzuelo. Pero su padre iba en serio. —No es una broma, Lera. Desde hoy, como persona responsable, pagas tu parte de los gastos. Todo. Hasta Santi, que embarullaba el desayuno sobre la mesa, miró serio. No entendía, pero el tono daba miedo. —¿Cómo? —susurró Lera. —Dijiste que no nos debes nada. De acuerdo. Ya no dependes de nosotros en casa. Desde este mes pagas tu parte de comida, luz, y lo más importante: tus estudios. Lera dedujo que la cosa iba en serio. O estaban más dolidos de lo que ella imaginaba. —Papá, ¿te oyes? Que no queráis darme de comer es una cosa, pero los estudios son sagrados. No te perdonarías si no acabo la carrera. No podrías no pagarme, te conozco. —Sí puedo —contestó él—. Eres mayor de edad. Tienes 19. Ya eres adulta. Los adultos se pagan sus cosas. Siempre dijimos que te apoyamos mientras estudies y vivas aquí, pero ese apoyo es por respeto y por implicarte en la familia. Si no quieres participar, tampoco cuentas con nuestro apoyo, en ningún sentido. Julia miró al marido como preguntando: ¿No será demasiado? Lera, con un trozo de queso en la mano, lo dejó caer sobre el plato, se levantó bruscamente y replicó: —¡Pues no desayuno! ¡No sea que encima me cobréis! Desayunaron los tres solos. Lera se vistió con estruendo y se fue a clase, por ahora aún pagada. —¿Nos hemos pasado? —preguntó Julia. Andrés masticaba queso con esfuerzo. Pero respondió: —Justo a tiempo, Julia. Si nadie debe nada a nadie, que madure de verdad. Es duro, pero necesario. Que aprenda que la familia no es servirse de los demás… Ahora Lera casi ni coincidía con sus padres. Salía temprano, volvía tarde. Ni comía en casa. Julia, aunque Andrés lo prohibió, incluso se atrevió a preguntar si pasaba hambre. Lera contestó con una mirada dolida y siguió a lo suyo. Encontró trabajo en una cafetería, suplantando a una amiga que luego se fue, y ahora, después de clase, echaba cuatro horas al día de camarera, pero al menos ganaba algo de dinero. Los padres, preocupados, se mantuvieron firmes. —Otra noche sin cenar —decía Julia—. Tiene que comer algo, por mucho que quiera educarla… ¿A dónde va a llegar esto? —Ya se le pasará, Julia. Entenderá que en la familia nos ayudamos y se le pasará la rabieta. Solo está probando suerte. Al tercer mes de este pulso, Lera dijo: —Vale, considerad que habéis ganado. No puedo estar en clase y después trabajar, encima pagando apenas nada… Estoy dispuesta a cuidar a Santi unas cuantas veces por semana, tres horas cada vez. Eso será mi trabajo ahora. Habéis ganado. Y aquí están los ahorros que he logrado, para la casa. Dejó diez mil sobre la mesa. No pudo juntar más. Pero sus padres no los aceptaron. —Lera… No es que queramos hacerte daño. No somos chantajistas —dijo la madre—. Te cuidamos porque te queremos, no por obligación. Por favor, respóndenos igual. Participa. —Lo he entendido, perdonad… —y fue ella quien les abrazó.