Ana tiene sesenta años. Tiene dos hijos y vive con su marido en un piso de dos habitaciones. Pero hay que matizar: realmente no vive con su marido, lleva soportándole muchos años. Su carácter es muy complicado. Es un hombre narcisista, orgulloso y tremendamente frío. Todo en casa debe hacerse siempre a su manera. Por eso, Ana ha aguantado tanto tiempo. Juntos tienen dos hijos. Su hija, Lucía, lleva doce años casada. Ella y su marido, Álvaro, pidieron una hipoteca, y gracias a Dios la están pagando sin atrasos. Todos los pluses y extras van directos allí.
Ambos trabajan y les da tiempo a pagar la hipoteca, vestir bien a sus niños y sacarlos adelante. El hermano de Lucía, Jorge, vive mejor que ella. Tiene varios pisos en Madrid y una casa en la sierra. Un día llamó a su hermana para darle una noticia:
Mamá y papá han decidido divorciarse. Lo ha pedido mamá. Ya han vendido el piso y se han repartido el dinero. Prometí a papá que me haría cargo de él y te prometí a ti que te ocuparías de mamá dijo Jorge.
¿Cómo que yo? ¿Y dónde va a vivir ella? Sabes que tenemos un piso de dos habitaciones, con dos niños. ¿Dónde va a dormir ella? replicó Lucía, descolocada.
¿Eso tengo que resolverlo yo? ¿Vas a dejar tirada a tu propia madre? le recriminó Jorge.
A Álvaro esto tampoco le va a hacer ninguna gracia añadió Lucía.
Eso ya es cosa tuya contestó finalmente Jorge y colgó.
Jorge ya había preparado uno de sus pisos pequeños para su padre. No tenía más que pensar. Lucía decidió entonces que tendría que pedir otra hipoteca para que su madre tuviera un sitio donde vivir. Para su sorpresa, el banco le concedió el préstamo. El piso lo pusieron a nombre de Lucía, usando la parte de dinero que le había tocado a su madre tras la venta para la entrada. El resto, Lucía tendría que ganárselo trabajando y pagando las cuotas cada mes. Álvaro todavía no consigue asimilar la decisión de su mujer. A veces camina por la casa con gesto serio. Dice que a estas edades no se debería divorciar nadie, que toda la carga recae sobre los hijos y que no es justo. ¿Tú qué opinas? ¿Tiene razón Álvaro?






