Querido diario,
Hoy ha sido otro día lleno de anécdotycas en el salón de belleza donde trabajo desde hace poco. Lo cierto es que me siento cada vez más cómoda allí, rodeada de gente agradable. La peluquera, Carmen Rodríguez, es una mujer alegre, ya pasada los cincuenta, siempre risueña y activa. Tiene un carácter tan luminoso que contagia a todos y además, trabaja con mucha profesionalidad. La dueña, Estrella Gómez, está francamente encantada con ella, igual que yo.
Carmen y yo compartimos momentos entre clientas; ella atiende los cabellos y yo hago manicura. Cuando tenemos un respiro, charlamos sin prisa. La conversación suele girar en torno a nuestras hijas, nietos y antiguos empleos. Más de una vez parece que no hay nada nuevo que contar, pero basta empezar con alguna historia de mi hija, para descubrir que Carmen también tiene una hija. Yo hablo de mi yerno, ella del suyo, y así vamos conectando.
Hoy, en medio de nuestra charla, me quejé un poco: nuestras hijas no tienen prisa por darnos nietos. No es que les falte nada, llevan una vida cómoda, pueden permitírselo. Pero no dejan de repetir que no tienen tiempo para ellas mismas, que prefieren viajar y les gusta disfrutar solos, sin pensar en hijos.
Carmen me contestó que su situación no era tan diferente, aunque ella nunca presiona a su hija. Su hija estuvo mucho tiempo escondiendo la identidad de su pareja. Resulta que era un chico humilde, sin un duro, estudiaba en la Universidad Complutense de Madrid y trabajaba a media jornada. Ayudaba en casa con sus hermanos pequeños y no podía permitirse alquilar nada propio, de modo que vivía en una residencia de estudiantes con un amigo. Muchos habrían pensado que no era una buena opción. Pero lo más importante era que él estaba completamente enamorado de su chica, y hacía todo por ella con un cariño admirable. El pobre, según Carmen, tenía miedo de conocer a los padres, por temor a no ser aceptado.
Solo se conocieron tres meses antes de la boda, cuando ya estaba todo organizado. Celebraron una ceremonia sencilla, rodeados de cuatro amigos. El chico se preocupó innecesariamente; Carmen lo aceptó desde el primer momento. Encontraron temas en común enseguida y la comunicación fluyó, y era obvio que el muchacho adoraba a la novia.
Nunca entendí por qué mi hija tenía miedo de presentárnoslo me contó Carmen con una sonrisa, me conoce, sabe que nunca he sido de buscar hombres ricos. Mi marido era de un pueblito de Castilla-La Mancha, vino a Madrid tras casarnos y gracias al apoyo de mis padres pudo adaptarse. Para mí, lo fundamental es que sea una buena persona, que quiera a mi hija y sepa mantener el control con el vino. Lo demás, se va arreglando con el tiempo.
Yo, sinceramente, no pude estar del todo de acuerdo. He visto parejas con pocos recursos que no son felices, y a veces me preocupa que el miedo a vivir una vida que no queremos hace que acabe siendo así. Pero también pienso que si dejamos de temer y nos permitimos confiar, tal vez el destino nos sorprenda para bien.
Al final del día, nos despedimos con una sonrisa. La vida, como bien sabe Carmen, siempre trae nuevos retos y alegrías. No sé qué pasará con mis hijos y los futuros nietos, pero quizá, como dice ella, hay que dejar que todo llegue a su tiempo.






