Conocí a mi marido el día de su boda

Mira, te voy a contar una cosa que aún me parece de película, pero te aseguro que todo pasó de verdad. Nada más llevar un poco más de cuatro meses trabajando en una editorial bastante maja en Madrid, una compañera de trabajo de estas con las que conectas desde el primer café me invita a su boda. Con ella tenía muy buen rollo desde el principio, pero al que iba a ser su marido ni lo conocía.

Bueno, la verdad, acepté sin dudarlo porque me moría de ganas de estrenar mi vestido nuevo y vivir una boda a la española. Invitaron también a otros compañeros y fuimos juntos al banquete, pero llegamos un poco tarde, en plan típico, y ya estaban todos sentados en las mesas largas, con la música sonando de fondo y la decoración cuidada hasta el último detalle.

Había más de cien invitados, la mesa a reventar de comida: jamón, gambas, quesos y un cordero espectacular. Pero ni el cava ni los dulces me dejaban tan nerviosa como la aparición del novio. ¡Te juro que cuando le vi, sentí algo que nunca antes! Fue amor a primera vista, y lo más fuerte es que era mutuo cada vez que me miraba, notaba las mejillas encendidas y el corazón a mil por hora. No probé bocado en toda la noche, ni una copa de vino.

Intentando poner tierra de por medio y respirar un poco, decidí marcharme antes de la tarta. Me fui a casa medio flotando, con el alma hecha un lío y pensando que igual encerrarme en mi cuarto y no salir era buena idea. Pero al día siguiente, al salir de la editorial, ahí estaba él, esperándome en la puerta principal. Su mujer estaba de vacaciones, así que ella ni siquiera se enteró.

Se acercó, me cogió de la mano y me llevó directo a su coche, sin decir ni una palabra. Me besó sin pensarlo y yo, no supe ni quise detenerlo. Ese día estuvimos hablando, riendo y besándonos como adolescentes. Al final acabamos en mi casa y, bueno, pasó lo inevitable. Me dijo que iba a divorciarse y casarse conmigo. Y así fue. Esa misma noche fue a casa, habló con su mujer, recogió sus cosas y volvió conmigo. Nunca quise saber qué se dijeron.

Nos casamos poco después y conseguimos comprarnos un piso nuevo en el centro de Madrid con nuestra hipoteca en euros y todo ese lío. Llevamos más de tres años juntos, y yo, ya te imaginas, dejé la editorial de inmediato. No te voy a engañar: los rumores y comentarios volaron durante semanas. Ella era de la casa y yo la última en llegar. Todo el mundo tenía pena por ella, y yo lo entiendo. Pero de verdad, nunca hemos vuelto a hablar del pasado.

Lo más importante es que mi marido y yo decidimos empezar desde cero, olvidando lo anterior. Ahora soy feliz de verdad. Mucha gente decía que no duraríamos ni un año, pero aquí seguimos, cada día más enamorados y viviendo a nuestra manera. Después de todo lo que me ha pasado, si algo tengo claro es que hay que luchar siempre por nuestra propia felicidad.

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