Mis padres estaban encantados cuando, justo después de ser aceptada en la universidad, quise mudarme…

Mis padres están más que felices cuando, justo después de comenzar la universidad, decido mudarme con mi abuelo. En casa somos cuatro hermanos, por lo que el espacio es limitado, y mi abuelo lleva poco tiempo viviendo solo en un pequeño piso de dos habitaciones en Madrid. De pequeña visitábamos a menudo a mi abuelo, pero últimamente apenas tengo tiempo por culpa de la universidad, los amigos y mil cosas pendientes.

A mis padres les encanta que quiera vivir por mi cuenta, pero también les alegra por mi abuelo. Así no estará solo, yo puedo mantener la casa en orden, ayudarle con las comidas y asegurarme de que no se olvide de tomar la medicación.

Mi padre me ayuda a trasladar mis cosas: el ordenador, algo de ropa y demás. Al principio, el abuelo parece encantado con mi llegada; prepara una comida especial de bienvenida y me pregunta mil detalles sobre mis clases, mis compañeros, la universidad…

No noto nada raro en su comportamiento, lo veo igual que siempre, como cuando era niña. Pero pronto todo empieza a cambiar, sobre todo cuando salgo hacia la universidad y al volver no encuentro algunas de mis cosas. Al principio pienso que he metido algo en la lavadora, o que en realidad nunca lo traje de casa, pero resulta que el abuelo ha llevado parte de mi ropa a su cuarto. Además, no me deja cocinar; insiste en que la abuela no soporta que nadie toque la cocina y, por eso, no tengo derecho a prepararme nada. Si quiero algo, debo decírselo a él y él me lo cocina. Y tampoco acepta comida de fuera; ni hablar de pedir a domicilio. Termino ocultando pizza y otras cosas en mi cuarto para que no lo vea y no las tire.

Pero el momento realmente inquietante llega una noche, tres semanas después de mudarme. Duermo en el cuarto de paso, y el abuelo está en el suyo. Sé que puede cruzar junto a mi cama si va a la cocina o al baño, pero esa noche es realmente espeluznante: me despierto de madrugada y veo su mirada fija, intensa. Está de pie, al lado de mi cama, mirándome fijamente. Tarda mucho en darse cuenta de que yo también estoy despierta y lo veo.

Hasta hoy se me ponen los pelos de punta recordando aquello. Desde entonces, me da miedo dormir en su casa. A la vez me incomoda pedir a mis padres regresar con ellos, porque no hay espacio, y no sé dónde más podría ir.

Necesito encontrar una solución rápido: buscar un trabajo o quizá conocer a alguien para alquilar juntos. Porque siento que no voy a poder aguantar mucho más viviendo con mi abuelo. Sinceramente, me da miedo…

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– No queremos que vengas a la boda – me dijeron mis hijos