Por si acaso llueve

Por si acaso llueve

En el cajón de la cocina, bajo un paquete de pilas de repuesto y unas gomas del pelo, había un papel doblado en cuatro partes. Lucía lo sostenía no como una nota, sino como una herramienta: lo extendía con la mano, cuidando que los bordes no temblasen, y lo leía no solo con los ojos, sino con el cuerpo enterocomo cuando lees las instrucciones antes de pulsar un botón.

Arriba, escrito con bolígrafo, ponía: Por si acaso llueve. Debajo, una lista. No sé fuerte ni contrólate, sino pequeños actos comprobados.

1. Un vaso de agua. Después, té. Sentarse dos minutos.
2. Respirar: inspirar en cuatro, exhalar en seis, diez veces.
3. Llamar a una persona de entre tres. Decir: Necesito cinco minutos, solo escúchame.
4. Escribir en un papel tres próximos pasos. No más.
5. Delegar: pedir, pagar, posponer.
6. Seguir una ruta: de casa a la farmacia cruzando la plaza, vuelta a la escuela, regreso.
7. Decir en casa una frase sincera sin reproches.

Lucía elaboró la lista tras perder los nervios hace dos años en un supermercado, cuando la caja se bloqueó y alguien mascullaba tras ella. Salió corriendo, sin comprar nada, y pasó media jornada incapaz de entender el motivo. El psicólogo, nada más comenzar, preguntó: ¿Qué haces cuando te desborda?. Lucía respondió: Nada. Intento no sentir. Y entendió que nada era también una acción, la peor posible.

Esta mañana sacó el papel no porque estuviera mal, sino para convencerse: si el papel está, también el apoyo. Lo dobló de nuevo, presionó los pliegues y lo guardó en el cajón y lo cerró.

Sobre la mesa descansaba un tupper de arroz, junto al almuerzo del hijo. Lucía revisó que había puesto servilletas, una manzana y un paquetito de galletas. En el recibidor colgaba su chaqueta, en la consola estaba la agenda. Todo listo, y eso la inquietabacomo en un viaje, cuando temes haber olvidado algo importante.

Su hijo, Tomás, salió de la habitación abrochándose la cremallera.

Mamá, tengo examen de matemáticas hoy.

Lo sé, respondió Lucía sonriendo, intentando ocultar el que no haya sorpresas que retumbaba dentro.

Su esposo, José, tomaba café, mirando la pantalla. Trabajaba a turnos y hoy debía pasar por el taller a recoger piezas para su coche, y luego ir a la obra.

¿Me llevas? preguntó Lucía, poniéndose las zapatillas.

No me da tiempo. Tengo reunión a las nueve, respondió sin mirar.

Lucía tragó la irritación de siempre. No me da tiempo sonaba a no quiero, aunque sabía que no era así. Cogió el bolso, comprobó llaves, tarjeta, cargador.

El ascensor llegó rápido, pero al llegar a la planta baja las puertas se sacudieron y se detuvieron. Lucía pulsó el botón de nuevo. Silencio.

Mamá, ¿nos hemos quedado encerrados? Tomás la miró con demasiada madurez.

No. Espera. Lucía pulsó abrir y cerrar, luego el de llamada. El ascensor suspiró y se puso en marcha.

Lucía sintió que una ola caliente le subía por el pecho, como si vertieran agua hirviendo. Aún no había ocurrido nada, pero el cuerpo ya se preparaba para el desastre.

En la calle vio que el autobús se había ido. En la parada había gente; unos gruñían por teléfono, otros miraban al vacío. Lucía miró el reloj. Si esperaban el siguiente, llegarían tarde.

Vamos andando al metro, dijo. Rápido.

Tomás corría a su lado, intentando no rezagarse. Lucía lo sujetaba por la manga para que no se acercara a la calzada. En su cabeza ya formaba listas: colegio, luego oficina, luego llamada, después

En la entrada al metro notó la vibración del móvil. Número del colegio.

¿Lucía Fernández? la voz de la secretaria era cortés y seca. Tomás no ha traído justificante para eximir educación física. Dice que le duele la rodilla, pero sin justificante no podemos

Lucía cerró los ojos un instante.

Le duele de verdad. Fuimos al médico, el justificante está en casa, olvidé ponerlo. ¿Puedo enviar una foto ahora?

Las fotos no valen. Necesitamos el original.

Lo llevo después del trabajo, dijo Lucía, notando el tono más rígido. O puedo pedir a mi marido.

Hasta las doce, cortó la secretaria.

Lucía colgó y sintió que algo se le encogía por dentro. Hasta las doce significaba salir del trabajo, justo hoy que entregaba el informe.

Tomás estaba a su lado, mirándola.

No lo hice a propósito, dijo él.

Lo sé. Ve tranquilo, respondió Lucía, aunque ese tranquilo quedaba lejos.

Lo dejó en la escuela, le besó el pelo y regresó al metro. En el vagón había aglomeración, alguien le pisó, alguien reía estruendosamente. Lucía se agarraba al pasamanos e intentaba no pensar que el día solo empezaba.

En la oficina, el aroma a café y a tóner la recibió. El compañero de al lado levantó la cabeza.

Lucía, el cliente está al teléfono. ¿Dónde está la versión final? Están inquietos.

Lucía se sentó, encendió el ordenador, abrió la carpeta. El archivo no estaba allí. Revisó de nuevo. Ayer lo guardó en la carpeta compartida. O creyó haberlo hecho.

Ya voy, dijo, notando las palmas sudorosas.

Abrió el correo, rastreó la conversación, intentó reconstruir la secuencia. En su cabeza resonó: Otra vez lo has estropeado todo. Es una frase de la infancia, que siempre aparece en los peores momentos.

El teléfono vibró de nuevo. Esta vezsu madre.

Lucía, sonaba preocupada. El grifo de la cocina gotea. He puesto un barreño, pero sigue cayendo. Me da miedo inundar a los vecinos.

Lucía miró la pantalla, la carpeta vacía, el reloj.

Mamá, estoy en el trabajo. Cierra la llave bajo el fregadero, ¿te acuerdas?

No puedo girarla, está dura.

Usa una toalla, prueba con ella. Si no puedes, llama a urgencias. Te mando el teléfono ahora.

Pero no sé cuándo vendrán.

Lo sé. Pero no puedo ir ahora. Lucía notó su voz más cortante. Te mando el número, ¿vale?

La madre calló unos segundos.

Vale, respondió en voz baja.

Lucía colgó y enseguida sintió el peso de la culpa, como una bolsa pesada sobre el hombro. Quería ser buena hija, buena madre, buena empleada y persona normal. Siempre perdía en todas esas competencias a la vez.

La jefa pasó por el despacho.

Lucía, ¿qué pasa con el informe? El cliente está esperando. Y ayer enviaste un borrador, los números no coinciden.

La cara de Lucía se sonrojó.

Ay ya lo reviso. Lo arreglo.

Que sea rápido, dijo la jefa y se marchó.

Lucía miraba la pantalla y sabía que haría lo de siempre: agobiarse, ir de tarea en tarea, terminar equivocándose aún más. La inquietud la envolvía, pegajosa, casi faltándole el aire.

Se reclinó en la silla, cerró los ojos un instante. Por si acaso lluevele vino a la mente como si alguien le apoyara la mano en el hombro.

Lucía se levantó, cogió una taza y fue a la pequeña cocina. No porque quisiera té, sino porque debía romper el círculo de ansiedad.

Se sirvió agua del dispensador y la bebió de golpe. Luego puso la tetera, esperó a que hirviese, echó té en la taza. Se sentó junto a la ventana y miró el patio entre edificios de oficinas. Dos minutos. Solo dos.

Respiró diez veces exhalando más largo que el inhalar. En la sexta exhalación los hombros se relajaron. En la décima, el corazón seguía rápido pero ya no como una alarma.

Al regresar a la mesa, sacó una libreta del bolso. Escribió: Ahora.

1. Encontrar la última versión del informe.
2. Llamar al cliente y decir la verdad sobre cuándo estará.
3. Resolver lo del justificante y el grifo.

Tres pasos. No diez.

Buscó el historial de versiones en el disco compartido. El archivo no estaba borrado, sino renombrado. Ayer añadió la fecha al título y cambió el orden. Lucía abrió el documento, comprobó cifras, vio un error en una fórmula. Corrigió, recalculó, guardó.

Luego llamó al cliente.

Buenos días, soy Lucía, dijo con firmeza. Ayer envié un borrador que tenía un error. Ya está corregido. La versión final la tendré lista en cuarenta minutos. Si la necesitan antes, avíseme qué parte es urgente y priorizo.

En la otra línea hubo silencio, luego un suspiro.

Cuarenta minutos vale. Gracias por avisar.

Lucía colgó y sintió que por dentro surgía una pequeña isla firme. No era felicidad ni alivio, solo poder estar de pie.

El siguiente paso era la llamada. Una persona de tres. Abrió contactos y se detuvo en José. No quería otro no me da tiempo, pero ahora no necesitaba participación perfecta, sino ayuda concreta.

José, hola. Te digo rápido. En el colegio exigen el justificante antes de las doce. Está en casa, en la consola, bajo la agenda. ¿Podrías pasar y llevarlo?

Estoy en la otra punta de la ciudad, empezó él.

Lucía inhaló y se contuvo.

Lo sé. Pero si no lo llevas, me toca salir del trabajo, y eso es peor. ¿Puedes pedir a alguien de la obra? ¿O cambiar la ruta?

José pensó unos segundos.

Vale. Paso por casa, lo cojo y lo llevo. Envíame una foto para encontrarlo fácil.

Gracias. Ahora mismo.

Lucía fotografió el justificante, que ayer dejó en la consola, y lo mandó. Pensó: Esto es delegar. No heroísmo, sino pedir.

Quedaba la madre y el grifo. Lucía le escribió un mensaje con el teléfono de urgencias y una breve instrucción: Llave bajo el fregadero, gira hacia la derecha hasta el tope. Si no puedes, usa una toalla y con cuidado. Si te da miedo, llama, di que gotea el grifo, tienes miedo de inundar. Luego llamó.

Mamá, no puedo ir ahora mismo, intentando sonar tranquila. Pero te acompaño por teléfono mientras pruebas.

Yame tiemblan las manos, confesó la madre.

Vamos juntas. ¿Dónde estás?

En la cocina.

Bien. Abre el armario bajo el fregadero. Usa la toalla. Envuélvela en la llave, prueba a girar. Poco a poco.

Lucía solo escuchaba el susurro, el golpeteo del barreño.

Se ha movido, dijo la madre, sorprendida. Ay. Y ha dejado de gotear.

Perfecto. No abras el agua hasta que venga el fontanero. Esta tarde paso y lo reviso.

Perdona por molestarte, dijo la madre.

No me has molestado. Has llamado justo a tiempo, respondió Lucía, y le sorprendió que era cierto.

Envió el informe. Justo a los cuarenta minutos. La jefa asintió sin sonreír, pero sin reproche. El compañero le hizo gesto de aprobación.

Parecía que podía respirar. Pero dentro quedaba esa vibración, como después de frenar en seco. Lucía sabía que si seguía trabajando sin más, al final del día explotaría y acabaría pagándolo con la familia.

A la hora de comer no fue al comedor. Cogió la chaqueta, móvil y auriculares y salió. La ruta era la de la lista: de la oficina a la farmacia cruzando la plaza, vuelta a la escuela, regreso. No porque necesitara medicinas, sino porque ese trayecto era conocido y breve, sin incertidumbres.

Caminaba deprisa, contando pasos casi inconscientemente, como si el cuerpo buscara ritmo. En la farmacia compró tiritas y una caja de té de manzanilla, aunque en casa ya tenía. Mejor así. Un rastro material que dice: He cuidado.

De regreso se detuvo frente a la verja de la escuela, mirando las ventanas. Por allí estaría Tomás, escribiendo su examen. Lucía se descubrió deseando mandarle un mensaje: ¿Cómo te va? Pero se abstuvo. Que estuviera en lo suyo.

Por la tarde José escribió: Entregué el justificante. Me dijeron que todo ok. Adjuntó foto: justificante en manos del vigilante, con el hall del colegio detrás. Lucía sonrió y sintió que otra tensión interna se soltaba.

Volvió a casa más tarde que de costumbre, cansada pero sin estar agotada. En la consola estaba la agenda, el justificante ya no. Así que José pasó por casa y no olvidó ni confundió.

Tomás estaba en la cocina, comiendo pasta.

Mamá, saqué un notable, dijo, como si fuera lo más importante.

Muy bien, Lucía le acarició el hombro. ¿La rodilla?

Bien. Tenía miedo de que volviera a doler.

Lucía asintió. Quiso decir: Yo también tenía miedo, pero sería demasiado. Puso la tetera, sacó el té de manzanilla comprado y puso un sobre en la taza.

José entró, quitándose los zapatos.

¿Cómo fue tu día? preguntó.

Lucía notó esas ganas de enumerar, reclamar, demostrar que fue difícil. Pero en la lista había un punto sobre una frase sincera sin reproches.

Dejó la taza en la mesa y dijo:

Hoy estuve muy alterada. Necesito que esta noche estés conmigo, sin móvil, al menos media hora.

José la miró más atento que por la mañana.

Vale. Después de cenar. Estoy cansado, pero puedo.

Gracias, respondió Lucía y supo que no era concesión ni victoria. Era acuerdo.

Tras la cena, se sentaron en la sala. José puso el móvil boca abajo. Tomás fue a hacer deberes. Lucía contó lo del informe, la llamada del colegio, el grifo de mamá. Sin dramatizar, solo como sucesión de hechos. José preguntó, asintió, comentó: Sí, es mucho. Y eso bastó.

Después Lucía fue a casa de su madre. Llevó una llave inglesa y una junta nueva, que compró de camino en la ferretería. La madre la recibió en la puerta, con una sonrisa culpable.

Pensaba que estabas enfadada, dijo.

Pues sí, admitió Lucía, quitándose la chaqueta. Pero no contigo. Con no poder estar en todos lados.

Juntas abrieron el armario bajo el fregadero. La llave estaba cerrada, el barreño seco. Lucía revisó la unión, ajustó la tuerca, cambió la junta. Dejó de gotear. No fue milagro, solo mecánica.

Al regresar a casa, en el cajón de la cocina seguía el papel doblado. Lucía lo sacó, lo desdobló y miró los puntos. No prometían que la vida sería fácil. Solo prometían una cosa: que tenía un grupo de acciones para cuando todo se vuelve complicado.

Añadió una nueva línea: 8. Pedir media hora sin móvil. Pensó y escribió al lado: Funciona.

Lo dobló, lo guardó en el cajón y lo cerró. El día no fue perfecto. Pero dejó de ser un desastre, y eso bastaba para irse a dormir pensando que mañana podría volver a lograrlo.

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