Querido diario,
Hoy vuelvo a sentir que, después de tanto tiempo, todo parece asentarse: el trabajo avanza, los colegas me respetan y los pacientes me llaman por mi nombre. Pero la vida me lanza de nuevo una curva inesperada y sólo puedo suspirar: ¿qué más me espera?
Tras la Extranjería, donde Almudena dio sus primeros pasos en la medicina estadounidense, y los interminables Doctor, me da náuseas, donde la rutina hospitalaria se volvió una mezcla de absurdo y agotamiento, llegó el momento de una nueva etapa: Reina bajo contrato. Y justo al filo de la Residencia, donde la medicina tiene sus propias reglas, duras pero justas, y a veces hasta cómicas.
Esta historia puede leerse por sí sola, aunque no hayas visto los capítulos anteriores.
**Reina bajo contrato**
«En el cine todo es sencillo: el abogado llega hasta el final, el juez es sabio y justo, el bien triunfa. En la vida, no es así». Estas amargas palabras resonaron en Almudena después de una noche de película de acción americana con su marido.
Tras varios años como médica de familia en el Centro de Salud de Logroño, Almudena sintió por fin que había encontrado su sitio. Los pacientes la conocían por su nombre, los colegas le tenían en alta estima y los beneficios, a la usanza americana, eran excelentes.
Todo cambió el día en que el director, al pasar deprisa, le soltó:
Nos están vendiendo. Todo empeorará. Te aconsejo que busques otro puesto.
Unas horas después, una amiga le entregó una invitación para una charla en el centro del Dr. Álvarez, renombrado cardiólogo y propietario de la mitad de los inmuebles de la Gran Vía. El encuentro tendría lugar en su elegante restaurante francés, con arpas, vino y cena.
Él vigila de cerca a los nuevos médicos guiñó la amiga. Y todo lo deducirá de los impuestos.
La velada fue impecable: exposición de alto nivel, comida exquisita y música envolvente. Al terminar, Almudena conoció al doctor: traje caro, gafas doradas, sonrisa segura y una oferta de entrevista.
El sueldo no es la gran cosa, pero los complementos son excelentes dijo él, alzando un cheque de cuarenta mil euros. Vacaciones: dos semanas, a veces los sábados. Tenemos un equipo unido. Serás mi reina.
En el contrato le inquietó la cláusula de no competencia: cinco años y quince millas (unos).
Es normal desestimó él por teléfono. Lo reduciremos a diez. De todas formas, no querrás irte.
Almudena creyó. Creyó en los ventanales panorámicos, la chimenea de su despacho y el café aromático servido en una pequeña cafetera por la amable secretaria. Creyó en el papel con la cifra que entonces le pareció astronomica. Creyó porque deseaba que la vida fuera un cuento de hadas.
Los primeros meses fueron como un sueño: su propia consulta, un jardín verde visto desde la ventana, una asistente médica personal y colegas con quienes debatir casos difíciles. Pero pronto descubrió que el Dr. Álvarez utilizaba a los médicos de familia como máquinas para generar referencias a sus centros. Los bonos dependían del número de pruebas solicitadas, no de la calidad de la atención.
El punto álgido llegó cuando le ordenó enviar a una revisión cardiaca completa a un adolescente de dieciséis años, cuya lesión Almudena consideraba simplemente una distensión muscular. La madre, al ver el diagnóstico en la referencia, casi se desmaya.
El ambiente se cargó de vigilancia constante, despidos inesperados y una sensación de asombro. Un día, como un salvavidas, Helena, amiga de la residencia, le propuso montar una clínica juntas.
Tengo una doctora mayor que vende su negocio a buen precio. Traeremos a nuestros propios pacientes.
Pero la cláusula de no competencia
Dicen que el tribunal no la hará cumplir afirmó Helena con seguridad.
Almudena sintió el sabor de la libertad por primera vez en años. Nunca se habría atrevido sola. Empezaron a planear hasta que Helena desapareció. Regresó al despacho del Dr. Álvarez con una propuesta imposible de rechazar: su propia consulta, sus pacientes. Condición: no llevar a Almudena.
¿Te sumo diez mil euros más? repitió el doctor, llamándola «reina».
Me voy contestó ella, conteniendo la ira y la desilusión.
Ya verás, te arrepentirás. Te demandaré si hace falta le escupió entre dientes.
El guardia, llamado al instante, la escoltó como a una delincuente. Dejando atrás su despacho, los estantes de libros, el cuadro pintado por su marido y la lámpara de su casa, sólo pudo llevar lo que cabía en sus manos. En el coche, sollozó desconsolada.
Los días siguientes fueron una odisea: buscar local, negociar con propietarios, hacer listas de equipamiento. Cuando todo parecía derrumbarse, recibieron una llamada de las antiguas asistentes:
Doctora A., seguimos contigo.
Con su ayuda, la clínica abrió sus puertas. Los pacientes llegaban por sí mismos, pese a los rumores de que ella «había muerto» o «se había ido a Rusia». El antiguo despacho estaba a solo 15 km. Media milla es nada, ¿no? Pero pronto llegó una carta de los abogados del Dr. Álvarez.
El proceso judicial fue lento y pesado, como una gripe que no cede: facturas de cientos de euros por cada llamada, montones de papeles, testimonios de pacientes. Almudena volvía a casa después de las reuniones con los abogados agotada, como trapo escurrido, y empezó a creer que el cuento de hadas del Dr. Álvarez podía terminar en su total ruina.
Y llegó el veredicto. El juez, bostezando y moviendo papeles, dictó:
No veo inconveniente. Reduzcamos el radio y el plazo a un año.
Todo. Meses de lucha, miles gastados, noches sin dormir, resumidos en un breve «no veo inconveniente».
Almudena reabrió su consulta en un nuevo barrio, alejado de las zonas saturadas. Los pacientes aumentaron. Cuando parecía que el pasado quedaba atrás, sonó el teléfono.
Soy el Dr. Álvarez. ¿Cómo está mi reina? ¿No me guardas rencor? Necesito que firmes el papel para una nueva resonancia magnética. Requiero firmas de médicos.
Por un segundo el corazón se le encogió. Quiso colgar. Quiso decirle todo lo que piensa de él. Pero respiró hondo y respondió con calma, casi con una sonrisa:
Todo bien, doctor Álvarez. Gracias. Me ha templado.
Al colgar, comprendí que sí, me había templado. Tanto, que ya no necesito coronas.
**Lección personal:** la ambición sin principios puede coronarte o arrastrarte; solo la integridad nos permite mantener la cabeza alta, sin necesidad de reyes ni tronos.







