No puedes obligarme a cuidar del niño, y no debería perder la noche con mis amigas por culpa de mi nieto. Tú lo diste a luz, tienes la responsabilidad, debes confiar en tus propias fuerzas.
Había algo extraño en su tono, como si el enfado viniera de otro sitio, lo pensé, por eso hablaba de manera tan áspera. No solo está jubilada, sino que sigue trabajando, así que es lógico que quiera dedicarse tiempo a sí misma y no estar siempre pendiente de los demás. Pero a mi mujer le hirieron las palabras de mi suegra.
Tu madre nunca ha ayudado con Roberto. Siempre son mis padres los que atraviesan toda Madrid para recogerlo o quedarse con él un rato. Es injusto…
Pero ¿cómo podría obligarla? Ya ha olvidado que, cuando yo era pequeño, siempre me dejaba con la abuela porque tenía que trabajar. Mi padre nunca estuvo presente, bebía demasiado y jamás se interesó por nosotros, por eso mamá desarrolló un cierto rechazo hacia los hombres, aunque eso no debería afectar a su nieto. Nunca le hice nada malo, al contrario, todo lo hago pensando en ella, y sería bonito que de vez en cuando pudiera quedarse con su nieto. Roberto es tranquilo y obediente, se entretiene solo, solo hay que vigilarlo y darle de comer. Aun así, mi madre ni siquiera quiere intentarlo.
¿Cómo podría convencerla? Y hacerlo de un modo que no termine otra vez en un sermón desagradable y turbio como una sombra en la siesta, mientras el reloj suena raro y los muebles bailan suavemente en el aire, como si todo fuera parte de un sueño madrileño, donde nadie realmente escucha, pero todos esperan una respuesta.







