Sospechaba de infidelidad, pero no podía demostrarlo

¿Celos? ¿En serio? Santiago soltó una carcajada. Carmen, ¿no estás agotada ya?
¿De qué tendría que estar cansada? contestó Carmen, algo molesta.
No, si me sigues queriendo como el primer día de nuestro matrimonio, entonces bien Santiago siguió riendo , pero llevamos juntos tantos años, que ya dudo que tenga sentido esto de los celos.
Y yo dudo que una reunión del departamento acabe pasada la medianoche replicó Carmen, cruzando los brazos.
Santiago dejó de reír de inmediato. Pero tampoco se mantuvo calmado; empezó a enfadarse.
Vale asintió él, despacio y demostrando hastío. Compruébalo si quieres, llama a Serrano. Salimos juntos del edificio. Mejor aún, llama a Gutiérrez, que él se quedó a trabajar toda la noche, y su mujer no le monta escenas.
Será porque tu Gutiérrez tiene setenta años y no tiene energías para otra cosa que no sea la universidad replicó Carmen.
¿Y yo sí tengo energías? Santiago sonrió con picardía. Carmencita, mi amor infinito, ¿no acompañas al esposo hasta el dormitorio? ¿Recordamos viejos tiempos?
No vayas a romperte murmuró Carmen.
¿Lo comprobamos? la sonrisa de Santiago se tornó aún más astuta.
¿Todavía no has gastado todo tu encanto con tus jovencitas estudiantes? Carmen esquivó las manos de Santiago.
Carmen le habló con voz grave. De verdad, ¿hasta cuándo vamos con esto? Treinta y tres años casados.
En treinta y tres años, siempre me has sospechado de infidelidad, ¡y jamás, ni una sola vez, has podido probar nada!
Que no pueda probarlo no significa que no haya ocurrido le soltó Carmen. Sabes esconderlo bien.
Carmencita, sólo tuve un único romance con una estudiante. ¡Uno solo! recalcó Santiago. Y luego me casé con esa estudiante. O sea, contigo, Carmen.
El mismo camino, pero sin boda de por medio comentó Carmen. Al final, nadie cambia. Y tú sigues igual; cada gesto, cada palabra, puro flirteo.
Eso es educación se defendió Santiago. A las mujeres les gusta que las traten con educación. Y aquí, tanto el claustro como los estudiantes, casi todas mujeres. Somos tres hombres defendiendo el orden en todo el departamento.
Tres galanes en un jardín ironizó Carmen, girándose.
Es agradable, pero también doloroso replicó Santiago. Todos somos hombres de familia, honestos. Trabajo y casa, eso es todo. Te lo juraría por mi tesis doctoral.
Dirías lo que sea para librarte Carmen negó con la cabeza. Todos sois iguales.
Puede que todos sean iguales, pero yo no Santiago insistió. Cualquiera del departamento te lo diría; todos iguales, pero yo no. ¡Vaya suerte la tuya! Sonrió ampliamente. Te envidio por tener tan buen marido y volvió a reír.
Charlatán refunfuñó Carmen. Te inventarías historias por encima de la mezquita de Córdoba con tal de justificarte. Pero yo sigo convencida
Carmen, basta ya gritó Santiago. Nuestros hijos ya tienen sus propias familias y nos han dado nietos, ¡y tú sigues con los celos!
El romance profesor-estudiante hace tiempo que dejó de sorprender, aunque los motivos sean variados: buenas notas, mejor conocimiento del temario, el prestigio del profesor sobre los compañeros… O la búsqueda de una figura paterna, importante y seria. Algunos docentes, ya mayores, buscan revitalizarse y sentir que aún vibran.
A veces resulta cómico. O ridículo. No todo el mundo vive romances; a veces sólo una parte lo desea, y ahí empiezan los problemas.
A Santiago y Carmen las cosas les salieron bien.
Se conocieron cuando Santiago empezaba como profesor en la Universidad Complutense de Madrid. Sólo llevaba tres años; Carmen se transfirió de una facultad regional a la principal.
La diferencia de edad era razonable. Y el romance no sólo era posible, ¡surgió! Más bien, estalló. Santiago fue juzgado, sometido a escarnio, hasta plantearon despedirlo. Entonces mandaban antiguos profesores que no entendían que España ya era otra.
Pero no lo despidieron por una sencilla razón. Hubo una reunión dura, lo criticaron, y él, acorralado, soltó:
Sí, la quiero. ¿Tan difícil es entenderlo?
A lo que le contestaron:
Entonces, cásate con ella.
¿Y dónde viviremos? ¿En una residencia de estudiantes? Santiago intentó defenderse.
Si te casas, te damos piso y firmamos el permiso el rector le retó.
No hay problema contestó Santiago.
La boda se celebró en toda la universidad. El rector cumplió; les adjudicó un piso de dos habitaciones. Así se formó una nueva familia donde un romance docente-estudiante fue el inicio de algo mayor.
Casi una historia ideal. Y aunque no fuera lo común, ahí quedó.
En los pasillos se comentaba:
¡Toma ya! Casó con la estudiante y consiguió piso. Y además, reputación de hombre de palabra. ¡Bien hecho, Santiago!
Ojalá todo fuera así, pero sin boda, y que las esposas nunca se enteraran.
Los primeros celos de Carmen surgieron al final de su primer embarazo.
Antes, Santiago siempre regresaba directo a casa tras el trabajo. Ahora, empezaba a quedarse: reuniones, congresos, exámenes, tutorías Parecía que en la universidad nadie trabajaba excepto él.
Y los nervios de Carmen, entre las hormonas y la espera, hacían imposible guardar silencio.
Santiago narraba lo que había pasado, con todo detalle y opiniones, pero ni eso convencía a Carmen de que todo era verdad.
En parte sí. Pero no todo. Seguro que te guardas cosas.
Intentaba encontrar errores en la versión de Santiago, pero él salía airoso, y entonces Carmen dudaba:
¿Será verdad lo que cuenta? ¿O tiene memoria de elefante para recordar lo que ya me dijo?
Tras el parto, las cosas parecieron mejorar. Santiago estaba feliz, se dedicó a su hijo desde el inicio, más tiempo en casa, siempre tierno y atento.
Pero los contertulios nunca faltan, en especial las buenas amigas.
¿Vas a sacar el título o prefieres quedarte ama de casa? le preguntaba Julia.
Cuando termine el permiso, veremos qué decidimos Santiago y yo respondía Carmen.
Ah, pues te apuesto a que él te dirá que se vive bien sin títulos sentenciaba Julia. ¡Total, para qué te va a querer entre sus estudiantes?
¿Por qué? Carmen se sorprendía.
Pues para tu marido, el sitio de su mujer es en casa, con los niños y cocinando. ¿Acaso te deja ver cómo enseña a las nuevas generaciones?
¿De qué hablas? Carmen se alertaba.
Te estás quedando atrás decía Julia. ¿Cómo te casaste con Santiago? Por un romance siendo estudiante. ¿Crees que ya abandonó esa afición?
Carmen se paralizó.
Los tiempos cambian. A nadie le importa con quién tenga romance, mientras no haya quejas insistía Julia. Y ya no le obligan a casarse. Buenas notas y exámenes automáticos, ¡eso es lo que importa!
Julia dejó en Carmen una inquietud real. Y miedo. Si Santiago tenía aventuras, ya era malo.
Pero podía ser peor: podría abandonarla por una estudiante. Y Carmen, sin título, no podría ni buscar trabajo.
El regreso a la universidad quedó aplazado tras un nuevo embarazo. Y las sospechas sólo aumentaban, pero sin pruebas.
Las compañeras de Carmen ya se habían graduado; no tenía nadie en la universidad para informarle. Sólo quedaba seguir adelante y esperar lo mejor.
Tras el segundo permiso, Carmen insinuó volver, pero Santiago le entregó nuevos temarios para empezar desde cero.
Anímate.
Seis años después, todo había cambiado; nuevos contenidos, nuevas leyes. Y en casa, un marido, dos hijos y la eterna gestión doméstica.
Santiago permitía a Carmen ocuparse del hogar y los niños, él asumía el papel de sostén.
Carmen sabía su vulnerabilidad, pero temía que cualquier acción impulsiva empeorara la situación.
Aunque, sinceramente, todo iba bien. Solo le inquietaba una cosa: los celos, esas dudas sin pruebas. Y seguían corroyéndole.
Además, en libros, películas, series, en relatos de amigas, el tema se repetía: profesores con romances con estudiantes, que terminan en embarazos, hijos ilegítimos, demandas…
Parece que no hay otros problemas murmuraba Carmen.
La psicóloga a la que acudió lo puso claro:
Es tu mayor miedo, por eso tan fácilmente te inquieta. Por más que lo veas con la misma frecuencia que otros temas, te afecta más.
¿Entonces yo me hago película sola? preguntó Carmen.
En gran medida, sí admitió la psicóloga. Si no tienes pruebas, quizás deberías soltar el tema.
¿Esperar pruebas?
Mejor mantente atenta aconsejó. Hazle saber que no tolerarías la infidelidad. Si él sabe que tú estás alerta, temerá cruzar la línea.
Eso funciona en teoría. Pero en la práctica, los consejos se volvieron sospechas infinitas. Interrogatorios periódicos a Santiago sobre si realmente estuvo en reuniones.
Pero Santiago siempre encontraba salida. No se justificaba, simplemente cambiaba el asunto y hacía ver que Carmen era una celosa.
Los años pasaron. Celebraron treinta y tres años de matrimonio, los hijos formaron sus propias familias, y hasta disfrutaron de los nietos. Pero las sospechas nunca se fueron.
Ya mayores, la inquietud de Carmen persistía. Temía ser la esposa engañada. Así, los interrogatorios seguían, sobre todo si Santiago se retrasaba o viajaba.
Por costumbre, Santiago salía del paso. Tanto tiempo así lo hizo experto. Carmen lanzaba sus acusaciones, y Santiago le daba la impresión de que todo lo imaginaba ella.
Pero la rutina cansaba. No eran jóvenes para vivir en un mar de celos. Tocaba, quizás, hallar la paz.
***
Sí empezó Carmen con voz quebrada. Hemos vivido toda una vida, criado hijos, y aún sueño con tu fidelidad.
Ajá murmuró Santiago. Bueno, aunque no te sea habitual, vamos a aplicar la lógica. Tus sospechas sobre mi infidelidad no valen ni un real, y te lo voy a demostrar.
¿Cómo? preguntó Carmen.
¿Cuándo el hombre se va de casa? Cuando todo le hastía y busca algo mejor. Si la vida en casa fuera mala, no seguiría aquí. ¡Se iría!
Llevamos, gracias a Dios, treinta y tres años juntos. Y con tus críticas, jamás se me pasó por la cabeza abandonar la familia. Porque te quiero, a nuestros hijos, nuestro hogar. ¿Qué infidelidad cabe aquí?
Carmen enmudeció, avergonzada.
Y ahora lucho por un último ascenso antes de jubilarme. Para ayudar a nuestros hijos, a los nietos. Trabajo sin parar, y tú me culpas de cosas absurdas. ¡Ay, Carmen!
Santiago se fue a dormir, y Carmen quedó sumida en reflexión. ¿Acaso fue injusta tantos años? Más de treinta, y nunca hubo pruebas sólidas.
Sí, trabajó duro. Sí, le dijeron amigas, conocidos. Pero nunca presentaron prueba alguna. Solo malos rumores.
Santiago fue siempre buen esposo, padre atento, profesor estimado. ¡No en vano le ascendieron y premiaron!
Quizás fui injusta susurró Carmen antes de dormir. Seguramente le dolía verme sospechar sin motivo, aunque nunca lo mostró. Si hubiera pruebas… pero así, no. Fui injusta.
Carmen, por fin, obtuvo una noche tranquila. Pero pronto, los hechos que tanto temía empezaron a acercarse con paso firme, dispuestos a cambiarlo todo.
Y así, la vida nos enseña que a veces los temores pueden eclipsar lo bueno que tenemos, y aunque la sospecha se presenta sin pruebas, confiar y valorar lo que hemos construido juntos es el verdadero regalo. Porque la confianza, al igual que el amor, se cultiva día a día.

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