Mi Renia ya no tiene veinte ni siquiera treinta años, pero nos une una relación muy cálida y llena d…

Mi Lucía ya no tiene ni veinte ni treinta años, pero entre nosotras existe una relación cálida y llena de confianza. Ella me lo cuenta todo, y normalmente yo también a ella. Por eso casi siempre sé cuándo y de qué se resfrían mis nietos, cuándo su marido está de viaje por trabajo o hasta algunos cotilleos de las compañeras de Lucía en el ayuntamiento. Yo no suelo tener mucho que contar, pero últimamente he conocido a una mujer. Hace poco se mudó al piso de al lado y coincidimos esperando nuestra pensión en la cola de la oficina de correos del barrio. Creo que le gusto tanto como ella a mí, pero, como nunca lo hemos hablado, no me atreví a decirle nada tampoco a Lucía.

Un viernes por la tarde, hablaba con mi hija por teléfono cuando llamaron a la puerta: era Carmen, la vecina nueva. Le dije a Lucía que la llamaría en cinco minutos, pero no pude devolverle la llamada: me esperaban torrijas recién hechas y una compañía de lo más agradable. Senté a Carmen con un té, charlamos de mil cosas y ni me fijé en el móvil, que se había quedado en el pasillo. Mi despiste y este mal oído mío pusieron a Lucía tan nerviosa que, pensando que algo grave me habría pasado, avisó a una ambulancia y vino directamente en coche con su marido.

Estábamos Carmen y yo en la cocina cuando, de repente, irrumpieron mi hija, los médicos del SAMUR detrás y mi yerno, todos con una urgencia terrible. En ese momento, y solo en ese momento, me sentí verdaderamente mal.

Papá, ¿por qué no contestabas? Me tenías muerta de miedo me reprochó Lucía después, lanzando una mirada inquisitiva hacia Carmen.

Cuando Carmen fue al baño, Lucía y mi yerno empezaron a hacerme preguntas: que quién era esa mujer, desde cuándo la conocía y por qué traía dulces caseros. Me sentí acorralado, pero no tuve más remedio que admitir que era la vecina con la que últimamente había entablado cierta amistad.

Tanta, que ni has escuchado el teléfono suspiró Lucía, negando con la cabeza, aunque esbozó una sonrisa astuta. Bueno, perdón, papá, por haberte interrumpido y entrometido en tus asuntos amorosos.

Nunca me había sentido tan avergonzado. Era como si volviera a ser un adolescente y mi propia hija fuese mi madre, sorprendiéndome en plena cita.

Justo entonces Carmen volvió a la cocina. Recogió unas torrijas para los niños y, a cambio, Lucía la invitó a comer el domingo para conocerla mejor. A Carmen le pareció bien. Y cuando todos se fueron y volvimos a quedarnos solos recordando la surrealista llegada de la ambulancia, Carmen me tomó de la mano, y noté cómo me ruborizaba aún más.

Ahora sí que tendré que contarlo todo a Lucía. Ella me investigará y reirá, celebrando mi nueva ilusión. Y yo ¿Qué hay de mí? Yo también lo voy a celebrar.

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– No. Hemos decidido que es mejor que no traigas a tu esposa e hijo a este apartamento.