Todo comenzó con una prueba de fidelidad al marido

Todo comenzó con una prueba de fidelidad a mi esposo.
¿Y entonces qué? ¿Te empezaron a tirar los tejos todas? preguntó Martina, sin perder la seriedad.
Había que saber a cuál habría que tirar de los pelos y a cuál simplemente echar de casa.
Martina observaba a su marido, sin apartar la mirada, para mostrar cuán importante era la cuestión. Y las respuestas debían ser igual de contundentes.
¡Vaya amigas que tienes! rió Ernesto ¡Ni a cada uno le llegue esto!
¿Ah sí? se sorprendió Martina ¿Y eso?
Deberías llevarlas al veterinario a que les miren la rabia se burló Ernesto Nunca escuché tantos dobles sentidos en mi vida.
Mejor llévalas a un bar temático o ayúdales a aclarar su vida personal.
Es extraño Martina se veía inquieta. Siempre se han comportado decentemente.
Tus amigas, tú las gestionas. Yo no quiero meterme en vuestros asuntos felinos Ernesto levantó las manos. Mi pellejo me importa más que vuestros dramas.
Pero a mí no hay que disputarme. Ya estoy amaestrado, tengo casa, así que mejor no me mezclen.
¡Ernesto, otra vez con tus comparaciones raras! Martina movió la cabeza con resignación.
En fin, dile a tus amigas que no se hagan ideas raras dijo Ernesto sin sonreír Me halaga que se fijen, pero que sepan que ahí termina todo.
¿Y entonces qué? ¿Todas te tiraron los tejos? repitió Martina.
Había que distinguir a quién peinarle las ideas y a quién ponerle la maleta en la puerta.
Martina seguía mirándole fija, esperando respuestas serias.
Bueno, Carmen más o menos reflexionó Ernesto Se rió y comentó que le vendría bien un hombre en casa para poner unas baldas, arreglar enchufes y esas cosas.
Ya asintió Martina.
Pero Teresa Ernesto negó con la cabeza Sugirió que tiene colchón nuevo y que hasta que alguien lo deforme, no duerme bien.
¿Y qué? no entendía Martina.
Pues que lo dijo con tal tono que me ardieron las orejas exclamó Ernesto Cuando todas se rieron, supe que no me equivocaba.
Bueno, Teresa siempre fue así Martina asentía Es su forma de hablar. Trabaja en una tienda para adultos; ya va de serie en ella.
Yo preferiría que conmigo no se usara ese estilo Ernesto frunció el ceño.
¿Y las demás? inquirió Martina ¿Solo esas?
¡Pues mira! Ernesto se tornó solemne A Silvia mejor no la invites más. Solo cuando yo no esté.
Que me aprieta la rodilla como si yo fuera una pesa de setenta kilos. No sé qué intentaba mostrar, pero yo no soy un saco de entrenamiento.
Me dolió, la verdad.
¿Te estaba tirando los tejos o solo fue una medida física? Martina preguntó recelosa.
No quiero entrar en eso Ernesto agitó las manos Si fue un intento de ligue, que me dejen en paz.
Y si fue físico, me hizo daño y no me gustó nada.
¿Y Lucía? preguntó Martina.
Lucía Ernesto respondió pensativo Dijo algo bajito, ni caso le hicieron.
Creo que ya estaba en modo descanso y dormida.
¿Y por qué el alboroto? se burló Martina No ha pasado nada serio.
No me tranquilices. Tú tienes interés. Yo sé cómo empieza esto Ernesto asentía enérgico Así empiezan los líos.
Luego llegan acciones más directas, luego las discusiones el perjudicado es siempre el hombre. Vosotras hacéis las paces, pero yo no quiero perder la familia.
¡Que previsión tienes! Martina sonrió.
Cariño, solo te quiero a ti. Ni en sueños querría perderte Ernesto se llevó la mano al pecho Déjame, ve con ellas. Yo friego los platos.
Y no has dicho nada de Laura notó Martina.
Ernesto se detuvo.
«Esto ya ni es interesante pensó Martina con fastidio ¡Un lapsus freudiano!»
Ejem tosió Ernesto, con voz rasgada Es la única amiga decente que tienes.
***
La confianza siempre fue una noción abstracta. Como todas sus derivadas. Hay muchas más razones para desconfiar que para fiarse. Y al final, uno se apoya solo en la honradez de los demás.
Porque se confía porque se cree. Es ingenuo, pero de eso vive la sociedad.
Con el tiempo, la fe y la confianza van menguando. La vida te enseña que solo puedes creerte a ti mismo, y ni eso a veces.
Martina siempre confió en sí misma. Aprendió desde pequeña a aceptar sus errores y siempre buscaba ser mejor versión de sí misma. Por ingenuidad juvenil, pensó que todos actuaban igual.
Por eso perdonaba a amigos y familiares sus fallos, convencida de que era accidental y que querrían enmendarse.
Pero es en la juventud donde se forjan los lazos fundamentales.
Cuando Martina detectó los primeros fallos de su teoría, tenía muchos amigos y conocidos. Además, ya estaba casada. Y lo curioso, era feliz.
El descubrimiento de que no todos merecen confianza le sumió en una especie de shock. Tanto, que hasta fiebre le dio.
Pero Ernesto, su esposo, supo estar a la altura.
No preguntó mucho, simplemente estuvo cerca, ayudó y animó. Cuando Martina le compartió sus inquietudes, él reflexionó sabiamente:
Cariño mío, así es la vida. No es siempre bonita, el mundo no solo tiene belleza. Hay que ser cauteloso, pero tienes a mí y a nuestra familia. Que sea nuestro refugio de paz y felicidad.
Ernesto convenció a Martina de que existe el mundo familiar y el exterior. Y fuera, puede pasar cualquier cosa, pero dentro deciden ellos cómo quieren que sea.
La vida de Martina se separó en dos trozos: antes y después de ese diálogo. Todo se volvió más cotidiano.
No perdió la fe en las personas, pero dejó el crédito ciego. Ya no perdonaba a todos.
Aunque con el círculo cercano de amigas y familia, Martina seguía confiando plenamente.
¡Pero si son mis más cercanos y queridos! ¡No pueden traicionarme!
Nada parecía desafiar ese principio.
Y los años pasaron
Martina tuvo dos hijos, los crió y educó. La hija se casó, el hijo vivía con su novia en un piso de alquiler.
Con los niños fuera, la vida le recordaba la época en que ella y Ernesto estaban solos, y claro, con los amigos.
Ahora podía disfrutar tranquilamente con los amigos, viajar, recibir visitas, sin preocuparse de los niños en casa. Había más tiempo, más libertad.
El trabajo seguía, pero la carga de responsabilidad ya era menor.
Es sorprendente sonreía Martina Ya pasamos los cuarenta y parecemos de veinte.
¡Uy! protestaba Lucía Eso será Silvia, que es atlética y da guerra, yo ya tengo la espalda mal.
Y las rodillas apuntó Carmen, arrugando los labios.
Y hay que maquillarse gruñó Laura No vaya a ser que se vea alguna cana.
¡Eso! asintió Teresa Antes bastaba lavarse la cara y salir lista. Ahora sin maquillaje no piso la calle. En el trabajo, hasta hay que pintar la cara, que si no, espantas a los clientes.
Sí concordaba Martina Pero es la sensación de libertad. Nadie te ata a casa, tienes el mundo por delante, mucho por descubrir.
Uy, ¿qué me falta por ver? Ernesto hacía una mueca.
Él era el único hombre de ese grupo de amigas. Martina había logrado conservar la familia.
Por viejo amigo, siempre estaba presente, ayudando con la mesa y cuidando a las mujeres.
¿Qué has visto tú? preguntó Laura.
Todo lo que necesito ya lo tengo. No hay que buscar más. Lo mismo pasa con las experiencias Ernesto se lanzaba a su habitual filosofía. ¿Cómo saborear una cosa si tienes una ensalada de todo en la cabeza? No distingues la belleza.
¡Empieza la charla! exclamó Silvia Basta tocarle el tema.
Todo era alegre, despreocupado, y en el fondo, con el peso de los años y de mil personas que dejaron alguna astilla en el alma. La cabeza ya no funcionaba igual que con veinte años, y el pensamiento crítico aparecía sin venir a cuento.
De pronto, Martina descubrió que Ernesto le mentía.
A Ernesto nunca le gustó su trabajo. Lo llamaba esclavitud. Solo iba por el sueldo.
Cambiar de empleo ni se lo planteaba, porque ganaba realmente bien. Pero tampoco quería más dinero.
No buscaba más dinero si suponía más trabajo. Ni horas extras, ni fines de semana, ni viajes: todo lo rechazaba. Si podía irse antes, lo celebraba como un niño.
Pero últimamente, se quedaba después del horario, trabajaba en festivos, y hasta aceptaba desplazamientos. Seguía refunfuñando, pero cumplía con la jornada.
Podría haber pensado que era por falta de euros, pero económicamente no había problema. Y esas horas extra nunca afectaban a la economía familiar.
La mentira solo significaba una cosa: tenía a alguien fuera de casa.
A Martina le dolió el engaño, no la infidelidad. ¡De su propio marido no esperaba eso!
Había hablado de confianza. Lo dijo él mismo Pero al final cambió de opinión. O quizá ya preparaba el terreno para el engaño.
Y aun así, la ingenuidad no la abandonaba del todo. Tal vez imaginaba un problema. O tal vez no sabía del problema real, quizás Ernesto ahorraba para ella.
En cualquier caso, si tenía a alguien, era del círculo. Ernesto detestaba conocer gente nueva. Solo confiaba en los viejos conocidos, validados por años.
¿Quién? ¿Quién se haría con él? pensó Martina.
Decidió darle la vuelta y salir por otro lado. Invitó a todas sus amigas (¡todas!), sin Ernesto. Y les pidió:
Chicas, llevo años con él, ya ni sé qué pensar. No tengo pruebas, pero quiero saber: ¿es susceptible de caer si alguien le tienta? ¿O se mantiene fiel?
¡Lo probamos en directo! bromeó Teresa ¡Vamos allá!
Las amigas nunca se negaban a ayudarse. Y en la reunión, ya con Ernesto presente, Martina veía cómo le lanzaban indirectas, y él resistía en público.
Eso confirmaba que estaba avisado. Pero el error en la cocina nadie podía preverlo.
***
¿Entonces lo hiciste con ella? preguntó Martina, directa.
Observar a un hombre acorralado es curioso.
Tormenta de emociones en la cara, el grito de indignación en la garganta, pero los ojos buscan el argumento más convincente.
Pero es peligroso: puede que falten razones, o suenen poco creíbles.
Entonces puede usar métodos menos refinados; y eso ya es otro cantar.
Martina no esperó ni palabras ni acciones, solo dijo tranquilamente:
Vete. Te preparo las cosas, las dejo en la puerta. Y llévate a Laura. Ya no es mi amiga.
¿No quieres saber el motivo? Ernesto quedó atónito.
¿Para qué? encogió los hombros Martina Ningún motivo borra la realidad. Vete.
Cuando Ernesto y Laura salieron, a Martina le llovieron preguntas sobre qué significaba todo. Martina no respondió, solo pidió estar sola.
Necesito pensar. Y preparar sus cosas por última vez
Las amigas lo comprendieron, y cada una prometió acudir si ella lo necesitaba.
La traición del propio marido borró de golpe ese mundo de ilusiones. Le quitó la venda de los ojos. Ahora todo era diferente a hace solo dos días.
Está bien como principio, pero ¿y si sigo? se preguntó.
La confianza en amigos y familia se tambaleó de golpe. Había que comprobarlo. Eso iba a hacer Martina de inmediato.
Hoy comprendo que el amor y la confianza son muy frágiles; hay que cuidarlos, vigilarlos, pero también aprender a adaptarse cuando el mundo cambia. La familia y los amigos no siempre son ese refugio seguro, y hasta el corazón más generoso debe aprender a amar sin perder de vista la realidad.

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