La casa de campo la heredé de mis padres. Aunque, sinceramente, era más bien una parcela con una casucha medio torcida, porque llamarlo casa era mucho decir.
Toda la familia me aconsejaba venderlo; la finca está lejos, haría falta reformarla entera y un chalet de campo no nos hacía falta, según ellos.
Yo les respondí que decidiríamos nosotros qué hacer con ello.
Entre mi mujer y yo siempre hemos tenido buenos sueldos, y nuestra hija ya es adulta. Así que decidimos construir en la parcela una casa de verdad, para vivir allí todo el año; en verano, podríamos ir a descansar, y en invierno, pasar las vacaciones allí.
Si algún día nos cansa la ciudad, le dejamos el piso a nuestra hija y nos mudamos definitavamente. Lo bueno es que la carretera está bien cuidada, con agua y luz durante todo el año; siempre hay vecinos allí, incluso en invierno.
Invertimos todos nuestros ahorros y tres años de nuestra vida en esa casa. Nos gastamos todo lo que teníamos y tuvimos que pedir una hipoteca, pero al final lo logramos. La casa quedó espaciosa, con un gran salón, cuatro habitaciones más, calefacción por suelo radiante en todas partes y ventanales enormes en el salón.
Durante la obra, nuestra hija nos echó una mano de vez en cuando. A veces pedíamos ayuda al hermano o a la hermana de mi mujer, pero siempre nos decían que no, que eso era asunto nuestro. Incluso le pedí a mi suegra, que vive al lado, que nos hiciera el favor de ir a dar de comer al gato si nosotros no podíamos, pero también se negó.
Siempre decían: Habéis querido construir, pues apañaos vosotros, no nos metáis a nosotros. Y bueno, tenían razón; tampoco nos ofendimos.
Cuando terminamos la obra, invitamos a todos a celebrar. Y ahí empezaron los problemas. Cada fin de semana, teníamos visitas; cada fin de semana, sin falta. Acabé agotado.
Después, en mi trabajo, hubo un retraso en la entrega de materiales, y nos mandaron a medio equipo una semana de vacaciones forzosas. Así que decidí escaparme a la casa de campo, a desconectar un poco. Al enterarse mi suegra de que estaba allí, se vino también. Y se pasó conmigo toda la semana.
Cada vez que entraba en la casa, se armaba algún lío. Un día salí a comprar, apenas media hora, y cuando regresé, la suegra ya había decidido que había que plantar remolachas, y venga a darme órdenes. Le dije que era nuestra casa y nosotros decidíamos lo que se hacía, pero no me escuchaba.
No tuve más remedio que guardar bajo llave todas las herramientas de jardinería, pero ni aun así se dio por vencida; seguía moviéndose por la casa y cambiando las cosas de sitio. Llamé a mi mujer y le conté que ya estaba al límite; vino y se la llevó.
A la semana siguiente, el hermano de mi mujer me telefoneó: que venía ese fin de semana con su familia. Me negué, le expliqué que yo también necesitaba descansar y que tras toda la semana con su madre, tenía más que suficiente.
Yo quiero que vengan, pero que se comporten; porque lo que hacen es comer todo, dejarlo todo perdido, y todo el trabajo termina recayendo en mí. Jamás traen carne, ni nada para compartir, ni me ayudan a fregar los platos.
Un par de días después, recibí una llamada del trabajo: ya habían llegado los materiales (soy ingeniero de procesos), así que tuve que volver a la ciudad. Poco después, otra llamada de la familia de mi mujer; me temí lo peor, pero no, solo preguntaban cómo estábamos, que si íbamos bien. Fue una conversación trivial, y hasta me sorprendió.
Pero otra vez hubo problemas con los materiales: trajeron lo que no era, así que volví a la casa sin haber hecho nada productivo. Mi mujer me propuso ir juntos para descansar.
Encontramos la casa abierta. Al entrar, ¿y con qué nos encontramos? ¡Con toda la familia de mi mujer! Habían decidido celebrar un cumpleaños en nuestra casa, sin avisarnos.
Aprovecharon la primera vez que vinieron para copiar la llave de repuesto. Llamaron ese día a ver si estábamos allí; al decirles que no, se instalaron en nuestra casa como si fuera suya y organizaron la fiesta… sin contar con nosotros.
Les echamos de inmediato, y al día siguiente cambiamos todas las cerraduras. Dos semanas después, dejé mi trabajo y me mudé definitivamente allí. Mi mujer también dejó su empleo; como es contable, se puso a trabajar en remoto, gestionando a sus clientes desde casa.
Ahora ya somos abuelos. Esta casa la construimos para nuestra hija y nuestras nietas, no para los que solo quieren unas vacaciones gratis y poner sus propias normas.







