Los preparativos antes de una celebración siempre están llenos de prisas y complicaciones. Sin embargo, casi siempre esa vorágine resulta agradable: llegan los invitados tan esperados y la familia se reúne. Todos celebran la festividad de manera alegre y desenfadada. Hoy os cuento la historia de una mujer que deseaba profundamente festejar su aniversario rodeada de sus seres queridos.
“Llevaba más de una semana preparando mi celebración de aniversario. Hace unos días cumplí sesenta años. Tenía muchísimas ganas de ver a toda mi familia y por eso puse mucho empeño y tiempo en los preparativos. Debido a las restricciones sanitarias tuve que descartar la idea de ir a un restaurante y organizar una comida en casa.
Vivo con mi hija, Inés, que ya tiene 31 años pero aún no se ha casado. Mi hijo sí está casado y tiene una hija preciosa. Hace poco cumplió cuarenta años. Mi mayor ilusión era celebrar este aniversario con mis hijos y mi nieta. Me fui al mercado, pensé en el menú y preparé de todo: varios entrantes, tres ensaladas, rollos de repollo rellenos, carne y una tarta. Organicé la reunión un sábado, día cómodo para todos, y avisé con antelación para que nadie hiciera otros planes.
Pero… ese sábado no llegó nadie. Mi hijo ni siquiera respondía a mis llamadas. No lo entendía, era inconcebible para mí. Estaba totalmente desolada. Aquel día, en lugar de alegría, lo único que sentí fueron lágrimas en los ojos. Miraba con tristeza toda la comida que tuve que recoger de la mesa, sin que nadie se sentara a disfrutarla. ¿Cómo me podían hacer esto mis hijos? Inés intentó consolarme, pero yo no lograba tranquilizarme. El domingo, decidí acercarme a casa de mi hijo para averiguar el motivo de su ausencia.”
“Crie sola a mis dos hijos, ya que mi marido se marchó a trabajar al extranjero y nunca más supe de él. Con la ayuda de mis padres, pude comprar un piso de dos habitaciones donde vivimos todos juntos. Al casarse mi hijo, y con mi aprobación, él y su esposa se instalaron en una de las habitaciones, Inés en otra y yo en la última. No era lo más cómodo, pero quería echar una mano a la familia joven.
Vivimos así durante ocho años. Mi hijo tuvo una niña, a la que cuidé como si fuera mi propia hija. Luego falleció la madre de mi nuera. Nunca tuvo relación alguna conmigo ni con sus nietos, pero, tras su muerte, me dejó un apartamento pequeño. Tocaba hacer reformas importantes. Una vez finalizadas, decidí cederles ese piso a mi hijo y a su familia. Así empezamos a vernos menos, pero seguíamos celebrando juntos las fechas señaladas.
Y, pese a todo, en mi aniversario, mi hijo por primera vez no vino. Aquello nunca había ocurrido. A las 10 de la mañana ya estaba en su puerta. Durante el camino no dejaba de pensar si les habría pasado algo malo. Llevaba conmigo buena parte de la comida de la noche anterior. En la puerta me recibió mi nuera, claramente molesta por haberla despertado. Me preguntó, sin dejarme pasar, qué hacía allí.”
“Resultó que mi hijo aún dormía tranquilamente. Cuando por fin se despertó, me ofreció un té. Entonces le pregunté por qué no habían venido, si les invité con una semana de antelación. También le pregunté por qué no había respondido a mis llamadas. Él guardó silencio, pero la que habló fue mi nuera. Resultó que estaba enfadada porque les había tocado un piso de una sola habitación, mientras yo vivía en uno de tres. Decía que, estando tan apretados, no podían tener un segundo hijo. Esa era su muestra de gratitud. Uno pasa la vida entera pensando en el bienestar de los hijos, hasta entregarles un piso, y aun así no es suficiente.
Al final, uno aprende que, por desgracia, hay que pensar primero en uno mismo antes que en los demás. Sólo así se evita esperar una gratitud que tal vez nunca llegue.”






