Déjame contarte una historia extraña que me sucedió no hace mucho. Había contratado a una limpiadora para trabajar en mi oficina de Madrid. Se llama Alfonsa, una mujer diligente, siempre llegaba antes de que el sol besara las tejas, y en menos de una hora, dejaba la oficina más reluciente que el cristal de la catedral de Burgos. Todo estaba impecable antes de que el primer compañero asomase por la puerta.
Un día apareció en mi despacho para recoger su sueldo. Llevaba un vestido elegante, con el cabello recogido como si fuera a una boda en Salamanca. No la reconocí en ese momento. Cuando entró, me miró fijamente y preguntó:
¿Es cierto que sus empleados tienen descuento en el lavadero de coches?
Aquello me pareció tan extraño como un paraguas en pleno agosto. No entendí bien por qué quería ese descuento, pero le confirmé que sí, y le extendí el privilegio. Incluso le dije que podía traer a su familia, que ellos también tendrían la rebaja, porque Alfonsa era parte del equipo.
Mi sorpresa fue como ver naranjas azules cuando poco después llegó con un Mercedes último modelo, acompañada de su marido y su hija, todos en coches igual de lujosos. No podía creer que se pudiera permitir semejante cosa. Picada por la curiosidad, averigüé, casi como en un sueño donde los relojes se derriten, que Alfonsa limpiaba en total veinte oficinas como la mía cada día y al mes ganaba un dineral, ¡miles de euros!
Ahora, cada vez que pienso en aquella escena donde los coches parecían flotar sobre el asfalto de la Castellana, me preguntó si no debería pedirle a Alfonsa un curso acelerado de cómo llevar un negocio en España.







