Te lo repito: ¡no quiero a este niño! ¿Quieres problemas? Tenlo, pero no me vengas a reclamar nada – gritó Andrés a Tania, escupiendo con ira esas palabras crueles, y ella lo miraba sin poder creer que esas palabras las decía él, su amado Andri, el hombre al que había entregado toda su alma, a quien había confiado todo su ser sin reservas.

¡Te lo repito! ¡No quiero a este bebé! ¿Quieres problemas? ¡Que sea un aborto y no me vengas a culpar! grita Andrés a Begoña, escoge las palabras con una crueldad que ella no puede creer. Él, su amado Andrés, el hombre al que ha entregado el corazón sin reservas, la está destrozando con esas palabras.

Begoña y Andrés se conocen cuando ella, acompañada de su amiga Inés, sale de un café en el centro de Madrid donde celebran el cumpleaños de Inés. Inés se pasa de la cuenta con el vino y, al no poder llegar al taxi, depende de Begoña, que no bebe ni una gota. El taxista, un joven simpático llamado Andrés, ayuda a Begoña a subir a su amiga al coche y la lleva hasta su piso, entregándola a sus padres. Así empieza su relación.

Andrés, decidido, llama a Begoña al día siguiente y la invita a una cita. La cita se repite una y otra vez. En una semana le propone vivir juntos en el apartamento que le dejó su abuela: un estudio con una reforma modesta, pero propio. Begoña, de veintidós años, nunca ha tenido una relación tan seria. No es una mujer de gran belleza, es tímida y muy reservada. Un día le propone salir otro chico guapo, pero Inés lo convence en pocos días. Begoña llora dos días, luego decide que no lo merece, se calma y perdona a su amiga. Inés, sin culpa, cree que los chicos guapos deben cortejar a chicas guapas como ella.

Cada día Andrés persuade a Begoña para que le permita mudarse, prometiendo que pronto solicitará el matrimonio en el Registro Civil, solo necesita un poco de tiempo para ahorrar el dinero de la boda. Begoña confía y acepta. No le cuenta nada a su madre, sabiendo que no aprobaría. Sus padres viven en un pueblo de la provincia, rara vez la visitan y están ocupados con la granja y la salud. Por eso Begoña no teme que descubran a Andrés.

Al principio todo va bien. Begoña vuelve del trabajo con aire de felicidad, prepara platos diferentes para sorprender a su novio y demostrar que vale más que cualquier otra. Andrés está contento, la adora y se siente el primer hombre de su vida, lo que inflama su orgullo masculino. Además, no le exige dinero, pues Begoña piensa que él guarda todo para la boda.

Una noche de invierno, Begoña, sonriendo tímidamente, le dice que está embarazada. Andrés suelta un grito: «¡Hazte un aborto!» Le pregunta si quiere oír gritos, oler pañales sucios, o quién cocinará cuando ella esté con el bebé. Le dice que ella se quedará en baja laboral y que él no cuenta con su sueldo. Begoña, paralizada por el horror, recuerda al tierno Andrés que conoció y responde que nunca abortaría a su hijo. Andrés grita que nunca reconocerá al niño como suyo, recoge sus cosas y se marcha.

Esa misma noche Begoña sube la temperatura y pasa una semana enferma. Al recuperarse decide centrarse en el bebé, deseando que nazca sano. Recupera la alegría y encuentra un nuevo sentido en la vida.

Ocho meses después, ya en permiso de maternidad, Begoña ve a Andrés frente a su portal, con flores y una bolsa de frutas. ¡Hola! le dice con una sonrisa demasiado alegre. Traje algo para ti. ¿No tienes dinero para comprarlo? bromea él. Yo me las arreglo responde Begoña, baja la voz. Ella se alegra al verlo y está dispuesta a perdonarlo, pensando que quizá haya cambiado.

Andrés, sin embargo, insiste en que ella lo inscriba como padre del niño, alegando que ahora comprende la felicidad de tener un hijo y promete pagar una pensión y ayudar con el bebé. Begoña, desconfiada pero sin alternativa, accede.

Andrés comienza a aparecer con verduras, frutas y leche. No se queda mucho tiempo, pero repite que está deseando que el niño crezca. El bebé, llamado Arturo, se parece mucho a su padre. La madre de Begoña, Verónica, llega para ayudar en los primeros días. Cuando Begoña le cuenta que Andrés quiere ser el padre legal y pagar la manutención, Verónica duda: ¿Por qué no propone casarse?. Andrés la convence, prometiendo que algún día pensarían en la boda, solo pidiéndole paciencia.

Tras el alta del hospital, Begoña y Andrés acuden al Registro Civil y ponen a Arturo el apellido de Andrés. Verónica se queda dos semanas más, sin lograr que Begoña vuelva al pueblo, y se marcha.

Los meses pasan sin incidentes. Arturo crece tranquilo, Begoña tiene suficiente leche. Andrés pasa una vez a la semana, pregunta por la madre del niño, entrega dinero y siempre pide un recibo. Begoña no entiende su comportamiento.

Todo se aclara una tarde cuando Arturo cumple nueve meses. Inés llega con una botella de vino para celebrar, aunque Begoña no bebe y está amamantando. Inés la anima: «Vamos, toma un vaso, yo me encargo». Begoña coloca una copa bonita y sirve fruta. Inés bebe, habla con gestos exagerados, derrama vino por el suelo y se ríe sin parar, impidiendo que Begoña limpie. De repente suena el timbre. Una voz masculina pregunta por Inés. Begoña, aliviada, abre la puerta, pero el hombre entra a la cocina y empieza a discutir con la amiga ebria. Gritan, rompen vajilla y Arturo se despierta llorando. La policía irrumpe, acompañada de Andrés.

Nadie le explica a Begoña por qué le quitan al niño. Le dicen que el padre lo lleva porque el apartamento huele a alcohol, está destrozado y la nevera está vacía. La vecina, la señora Antonia, sube del quinto piso gritando que en ese piso siempre hay peleasociaciones y que dará testimonio para que a Begoña le quiten la patria potestad. Begoña intenta que Inés declare que no bebió, pero ya es demasiado tarde.

Andrés lleva a Arturo fuera mientras Begoña suplica, con lágrimas, que le deje al hijo. No hay respuesta. Begoña se sienta en el sofá, mira la habitación vacía y pierde el conocimiento.

Al día siguiente, aun temblorosa, acude a la comisaría. Ninguno quiere escucharla; todos afirman que le quitarán la custodia porque el niño estará mejor con el padre rico. Sin lograr nada, sale llorando y se apoya en la pared. De pronto ve a una mujer uniformada acercarse.

Lo siento mucho, señora. Veo que es una buena madre. El padre de su hijo está casado con la hija de una familia adinerada que no puede tener hijos por una enfermedad. Todo está arreglado. Hay una solución: si usted se casa con un hombre respetable, el juez podría fallar a su favor. Hace cinco años perdí a mi hija, así que pienso en usted. ¿Conoce a alguien que pueda ser un marido de fachada? dice la vecina, mientras Begoña se queda en silencio.

Begoña no tiene a nadie. La mujer se despide y ella vuelve al portal, sin ganas de entrar a su apartamento vacío. Se sienta en el banco del vestíbulo y llora.

¿Le pasa algo? escucha una voz masculina amable. ¿Puedo ayudarle? pregunta. Cásese conmigo balbucea Begoña entre sollozos, levantando la cabeza.

Del otro lado del portal está un hombre alto, de unos treinta y cinco años, con una cicatriz que atraviesa su rostro. Si eso me salva, acepto responde él, sonriendo. Sus ojos azules, profundos y bondadosos, la miran y le transmiten esperanza.

¿Usted es una persona respetable? le pregunta, temerosa de ofenderlo. Claro que sí ríe él. El presidente me concedió una medalla, ¿no es suficiente?

Entonces cásese conmigo, por favor, lo necesito solloza Begoña. En una hora, Begoña cuenta todo a Maximiliano, su nuevo esposo. Se sientan en la cocina de nuevo, bebiendo té de grosellas. Maximiliano, indignado, no soporta que le arrebaten a una madre su hijo. Toma la mano de Begoña y la lleva al Registro Civil. Como militar, no necesita esperar y la inscriben al día siguiente.

El juzgado valora todas las pruebas, los testigos falsos se confunden al ver a varios oficiales uniformados que defienden a la esposa del soldado. Arturo se duerme tranquilo junto a su madre.

Begoña cubre al niño con una manta y vuelve a la cocina, donde la espera Maximiliano. No sabe qué pasará con su matrimonio de fachada, pero siente que ha encontrado a un hombre fuerte y fiable. Se acerca a la puerta, respira hondo y, antes de que pueda hablar, él la interrumpe:

Cariño, ¿qué diría si le regalo a Arturo dos hermanos? Siempre quise una familia grande, y tú eres la madre perfecta. Quédate conmigo, por favor.

Begoña sonríe, cierra los ojos y se aferra al pecho amplio y seguro de Maximiliano, sintiendo el calor de sus brazos que jamás la volverán a herir.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

1 × 2 =

Te lo repito: ¡no quiero a este niño! ¿Quieres problemas? Tenlo, pero no me vengas a reclamar nada – gritó Andrés a Tania, escupiendo con ira esas palabras crueles, y ella lo miraba sin poder creer que esas palabras las decía él, su amado Andri, el hombre al que había entregado toda su alma, a quien había confiado todo su ser sin reservas.
Una empresaria millonaria irrumpe de improviso en el hogar de su asistenta en Madrid… y aquel inesperado hallazgo transforma radicalmente su destino.