Mira, te cuento una historia bastante curiosa. Resulta que Lucía trabajaba en una librería de libros antiguos en pleno centro de Salamanca. Se encargaba de vender ejemplares de segunda mano, ediciones descatalogadas y ya sabes cómo son estos lugares: los precios siempre estaban tirados y la cantidad de clientes, pues más bien escasa, así que cada persona que entraba era como una pequeña alegría. Lucía tenía ese don para acordarse de los rostros, y claro, muchos clientes acababan volviendo y, con el tiempo, hasta cogían confianza.
Un día apareció un chico joven, de esos que no puedes evitar mirar dos veces. Llevaba casi dos semanas pasando casi a diario por la tienda: recorriendo los estantes, echando un vistazo a las estanterías pero nunca compraba nada. A Lucía al principio le resultó un poco extraño, incluso se preguntaba si buscaría algo en concreto, pero tampoco quería abordarle. No le gustaba nada ser esa dependienta que está encima, prefiriendo siempre dar espacio. Pero el chico, sinceramente, era de los que llaman mucho la atención.
¿De dónde habrá salido este tío? le preguntó después a su amiga Marta, que trabajaba en la tienda de vinilos de al lado, que aún tenía menos clientes que la librería de Lucía. ¿Te gusta, eh? soltó Marta, riéndose. A mi tienda también entró, estuvo curioseando sin prisa, pero no buscaba algo concreto aunque sí, es muy guapo. Es una pena que no diga nada suspiró Lucía. No quiero ser pesada, no vaya a ser que se asuste y deje de venir. Es que me gusta mirarle.
Marta, que ya sabes cómo es, no tardó en tirar de su picardía. Al día siguiente, cuando el chico repitió la ruta y volvió a entrar, esta vez en la tienda de vinilos, se animó a sacarle conversación. Ahí se enteró de que vivía cerca y que pasaba mucho por la librería porque andaba buscando un libro antiguo muy especial. Resulta que el padre del chico, que está delicado de salud, tuvo ese libro muchos años, pero se perdió para siempre en un incendio. Se reconstruyó la casa, sí, pero aquel libro nunca volvió.
Marta le regala esa información a Lucía, que se lo toma a pecho y se pone manos a la obra. Se pasa medio Salamanca preguntando, revisa todos los catálogos, lo que tú quieras. Cuando el chico vuelve al local, Lucía le lleva directa al rincón donde trae todas las novedades que había conseguido, pero, por desgracia, no dan con el ejemplar. Lo bueno es que empiezan a charlar sobre el tema, cómo supo Lucía del libro, y qué lugares había buscado.
Ya, cuando se quedan solos en la tienda, Lucía le propone buscar juntos ese libro misterioso por Internet y, claro, el ambiente se relaja. Se ponen a hablar de todo y a reírse, y ahí Lucía se entera de que el muchacho se llama Álvaro y que, mira tú, su corazón está libre. Y va él y le pregunta si ella también está soltera. El tema de los libros les une mucho y, desde ese día, Álvaro sigue viniendo con la excusa de buscar el libro. El día que finalmente consiguen encontrar la edición original por la red, Álvaro le propone a Lucía celebrarlo con una cena. ¡Y cómo no! Lucía acepta encantada.
Así, entre páginas viejas y un montón de curiosidad, estos chicos se encontraron y montaron su propia historia, al más puro estilo castizo. Ya ves, a veces, hasta los libros pueden hacer milagros.






