Los padres de mi marido nos invitaron a una barbacoa, justo cuando teníamos una montaña de deberes para hacer en casa. Pero esa no fue la única razón por la que decidimos ir.

Todo comenzó un domingo por la mañana, a eso de las siete. Lucía y su marido habían salido la noche anterior, llegaron a casa tarde y solo soñaban con quedarse en la cama hasta tarde. Pero su letargo fue interrumpido bruscamente por una llamada de la suegra de Lucía, que les invitaba al pueblo para hacer una barbacoa. Por mucho que intentaron negarse con excusas dignas de una telenovela, la suegra fue inflexible, repitiendo que ya tenía la carne bien adobada para todos. Resistirse era como poner puertas al campo, así que no les quedó otra que aceptar la invitación.

Y no solo asistirían los suegros: también se apuntaron el cuñado y su flamante esposa, que llevaban casados poco más de dos meses. Lucía y su marido ya contaban tres años de matrimonio y, como el resto, no tenían niños en la ecuación.

Después de un año entero conviviendo codo a codo con su suegra, Lucía había tenido más que suficiente para conocerle el genio. Era aficionada a la tacañería y no perdía oportunidad para quejarse de la falta de euros. Por fin, Lucía y su pareja lograron alquilar un piso y mudarse; después, los padres de Lucía ocuparon el antiguo piso de la abuela, que habían heredado, librando así a la pareja del suplicio hipotecario.

Llegó el día de la barbacoa y la pareja condujo durante dos horas por la sierra para llegar al pueblo, donde les esperaba el resto del clan. Pero ni bien pusieron un pie allí, les pusieron a currar a destajo, desde arreglar la valla hasta plantar tomillo y regar los geranios. Aunque tanto Lucía como su marido llegaban con más hambre que Carpanta y el cansancio de una procesión, la suegra parecía empeñada en que lo importante era limpiar y organizar, y el famoso asado podía esperar para el siglo que viene.

El ambiente se empezó a caldear (y no precisamente por el carbón encendido) cuando el marido de Lucía soltó, ya sin disimulo, que tenía el estómago pegado a la espalda, y el asunto degeneró en una discusión digna de sobremesa navideña. Cuando por fin, casi al anochecer, se sentaron a la esperada barbacoa, el banquete fue de lo más exiguo: la suegra había hecho estrictamente dos chorizos por cabeza, así que entre todos dejaron la mesa con cara de haber visto un fantasma y la panza sin calmar.

La experiencia dejó un regusto amargo, sobre todo porque, si la suegra hubiese avisado desde el principio de que necesitaba ayuda, lo habrían hecho encantados e incluso habrían llevado ellos los filetes y las botellas de vino. Pero no, prefería el secretismo. El episodio tensó todavía más la ya delicada relación familiar.

Una semana después, la suegra volvió a marcar el teléfono, en otro intento de reunir a la tropa para un nuevo asado. Pero esta vez, fue el suegro quien le advirtió a Lucía que no se hiciera ilusiones: su mujer solo quería mano de obra gratis y ningún festín a la vista.

Hartísimos de la situación (y del móvil echando humo), Lucía y su marido adoptaron la sabia costumbre de apagar los teléfonos y bajar el timbre, buscando refugio en el silencio y, sobre todo, en el descanso que tanto ansiaban.

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Los padres de mi marido nos invitaron a una barbacoa, justo cuando teníamos una montaña de deberes para hacer en casa. Pero esa no fue la única razón por la que decidimos ir.
¿Te gustaría vivir con tu suegra y cuidarla?