Ahora sí se puede vivir

Ahora que ya se puede vivir

Leticia estaba junto al borde de la tumba, observando cómo bajaban el ataúd a la tierra.

Hacía frío. El viento de noviembre revoloteaba la cinta negra del ramo, se colaba bajo el abrigo y le hacía encoger los hombros con ese escalofrío que te deja helada.

A su lado sollozaba tía Carmen, una parienta lejana a la que Leticia sólo había visto un par de veces en toda su vida.

Su madre se mantenía rígida, aunque los dedos que apretaban la mano de Leticia estaban helados, como de piedra.

El padre

Leticia miraba el ataúd e intentaba averiguar qué sentía realmente.

Nada.

Un vacío total, esa clase de silencio frío que queda en una casa donde hace mucho apagaron la calefacción.

Era buen hombre dijo alguien detrás, casi en susurros. Que Dios lo tenga en su gloria.

Leticia estuvo a punto de reírse.

¿Bueno?

¿De dónde lo saben?

Lo habían visto en fiestas, sobrio, sonriente, con su guitarra, haciendo reír a todo el mundo. Manos de oro, el alma de la reunión, qué simpático.

Sólo eso.

No conocían cómo era en casa.

Leticia cerró los ojos y la memoria le regaló una imagen: tenía unos siete años, se despertaba de madrugada por los gritos y los golpes. Su padre entraba tambaleándose, oliendo a alcohol y a algo agrio. Su madre lo arrastraba hacia el dormitorio, él la apartaba a manotazos y gritaba: ¡Tú no me respetas!. Leticia se acurrucaba bajo el edredón, tapándose hasta los ojos para no ver ni oír nada.

Por la mañana, el padre se sentaba en la cocina, con cara de arrepentido, bebiendo café y diciendo: Perdona, hija, perdí la cabeza. No volverá a pasar.

Volvía.

Siempre volvía.

Leticia abrió los ojos. El ataúd ya estaba cubierto de tierra y sobre el montículo pusieron flores. La gente empezó a salir del cementerio. Su madre la tocó suavemente en el codo:

Vamos, hija. Tenemos que ir al velatorio

En el salón, Leticia se sentía como una extraña. Comía, asentía, respondía a los pésames. Pero por dentro, una idea le golpeaba y le daban ganas de gritar:

¿Por qué no siento nada? ¿Por qué no me duele?

Por la noche, cuando todos se habían ido, Leticia y su madre se quedaron en la cocina. Tomaban té en silencio. Al rato, su madre dijo:

Sabes, acabo de pensar Algo raro.

Leticia levantó la mirada.

He pensado que ahora ya no siento miedo. Que no tenemos que preocuparnos si se cae en la calle, si se pierde, si algo le pasa. Que ahora simplemente podemos vivir.

Leticia vio en los ojos de su madre el mismo horror que sentía ella: ese miedo de darse cuenta que dentro, no hay dolor, sino alivio.

¿Soy mala persona? susurró su madre.

Leticia se acercó, la abrazó por los hombros.

No, mamá. No somos malas. Estamos cansadas.

Así estuvieron hasta casi el alba. Recordaron. No cómo bebía, sino otras cosas: cómo le hizo a Leticia una casa de muñecas, cómo le enseñó a montar en bicicleta, cómo un día llegó del mercado con una sandía enorme y la comieron los tres sentados en el suelo, porque no cabía en la mesa.

Era un hombre complicado. Y eso también era verdad.

Después, su madre se fue a dormir y Leticia se quedó sola. Sacó el móvil y escribió un mensaje a su marido: Estoy bien. Mañana vuelvo.

Y se dio cuenta de que, por primera vez en días, respiraba tranquila. Sin miedo. Sin esperar la llamada con malas noticias. Sin ese ruido de fondo que la perseguía.

Su padre había muerto. Y la vida, por fin, se volvía tranquila.

Sabía que ese pensamiento volvería, que muchas noches despertaría sintiendo culpa. Que tía Carmen y otros familiares seguirían murmurando: Vaya frialdad, ni siquiera lloró.

Pero, en esa casa callada, donde ya no olía a alcohol ni había broncas de madrugada, Leticia se regaló un minuto de honestidad.

Perdón, papá susurró al vacío. Te quería. De verdad. Pero estaba agotada de odiarte.

Por la mañana se marchó.

En el tren, durante mucho rato, miró el paisaje gris de noviembre por la ventana, y después sacó su libreta y anotó la idea que le vino a la cabeza:

Los hijos de alcohólicos no lloran en los funerales. Ya lo han hecho durante años, viviendo con esa enfermedad. No son fríos. Sólo han sobrevivido.

Leticia cerró la libreta y, por fin, sonrió.

El tren la llevaba hacia otra vida. Una vida donde no tendría que mirar atrásPor la ventanilla, el sol asomó entre las nubes, bañando el campo de luz dorada.

Leticia pensó en su madre, en la casa silenciosa, en la libertad nueva y extraña que ahora se abría como una puerta recién pintada. Todo lo que había aprendido a callar, a soportar, a resistir, podía quedarse atrás, como el pueblo que el tren dejaba lejos.

El tren avanzaba y cada estación era una promesa: podrías equivocarte, podrías reír, podrías tener miedo sin ocultarlo. Podrías vivir.

Sintió el corazón ligero, una sensación rara, como si de pronto se hubiera despojado de un abrigo pesado que no necesitaba.

En aquel asiento, marcada por el pasado pero sin cadenas nuevas, Leticia supo con certeza que era posible empezar otra vez. Que había dolor, sí, pero también la alegría tranquila de respirar.

La vida seguía. Y el tren, como Leticia, ya no tenía marcha atrás.

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