Los padres de mi marido nos invitaron a una barbacoa, pero coincidía con la montaña de deberes que nos dejaron para casa. Sin embargo, esa no fue la única razón por la que decidimos asistir.

Todo comenzó un domingo por la mañana, a las siete. Clara y su marido habían salido de tapas por el centro de Madrid la noche anterior, habían llegado a casa bien entrada la madrugada y sólo querían dormir. Sin embargo, la tranquilidad se rompió de repente con una llamada de la suegra de Clara, que les invitaba al pueblo para hacer una barbacoa. A pesar de intentar rechazar la invitación, la suegra insistió, recalcando que ya había preparado bastante carne adobada para todos. Resistirse era inútil, así que terminaron aceptando.

No sólo iban a estar sus suegros, sino también su cuñado y la esposa de éste, recién casados hacía apenas dos meses. Mientras que Clara y su marido llevaban ya tres años casados, ninguna de las dos parejas tenía hijos.

Después de un año conviviendo con su suegra, Clara ya conocía bien su carácter: una mujer dada a la tacañería y a las quejas constantes porque nunca tenía suficiente dinero. Al final, Clara y su marido decidieron alquilar un piso en Lavapiés, y después los padres de Clara se mudaron al piso que había pertenecido a la abuela, que acababan de heredar, liberándoles por fin de la agonía de pagar una hipoteca.

Llegó por fin el día de la barbacoa y emprendieron el viaje de dos horas hasta el pueblo de Segovia, donde les esperaban los familiares. No obstante, nada más llegar, les pusieron a currar: arreglar la valla, plantar hierbas aromáticas, cuidar de las flores, limpiar el patio… Aunque Clara se sentía exhausta y muerta de hambre, parecía que su suegra prefería darles faena en vez de preparar el esperado asado.

El ambiente fue empeorando cuando su marido se atrevió a protestar por el hambre y la frustración, lo que acabó en una discusión con la madre. Pasó la tarde y, al fin, se sentaron para la tan prometida barbacoa, que resultó ser un simple par de chorizos por cabeza. Todos terminaron decepcionados y molestos.

Aquella experiencia les dejó un mal sabor de boca, sobre todo porque, si su suegra les hubiera dicho que necesitaba ayuda, habrían ido encantados y hasta habrían llevado comida suficiente. Este episodio tensó aún más la ya frágil relación entre ellos.

Una semana después, la suegra volvió a llamar con la intención de reunirles otra vez para otra barbacoa. Sin embargo, el suegro alertó a Clara y a su marido de que no se fiaran, diciendo que su mujer sólo buscaba mano de obra y no tenía intención de organizar ningún festín.

Agotados y hartos de estar siempre pendientes de las mismas historias, Clara y su marido decidieron apagar los móviles y el telefonillo, buscando así el descanso y la tranquilidad que tanto necesitaban.

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Los padres de mi marido nos invitaron a una barbacoa, pero coincidía con la montaña de deberes que nos dejaron para casa. Sin embargo, esa no fue la única razón por la que decidimos asistir.
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