**Lluvia en la cuneta**
El cielo se cubría de gris. Nubes oscuras avanzaban lentamente, tapando el sol como si alguien esparciera ceniza sobre el azul. Las primeras gotas cayeron sobre el parabrisas. La lluvia amenazaba desde la mañana, aunque el pronóstico solo anunciaba nubes dispersas.
El aguacero arreció. Las gotas corrían por el cristal, empujadas por el viento que sacudía los árboles. Dentro del coche, el aire acondicionado mantenía el calor y la radio susurraba una canción. Pero Antonio, al observar el agua golpear el asfalto, sintió un escalofrío.
El viento jugaba con los escasos paraguas de los transeúntes, volviéndolos del revés. Poco a poco, las calles se vaciaron. Solo los coches seguían circulando, cada vez menos.
¿Cuántas vueltas había dado ya por la ciudad? No podía quedarse en casa. Conducir le ayudaba a pensar, a diseccionar su vida. Giró hacia una callejuela alejada del centro, alejándose también de su hogar, de sus recuerdos.
Acababa de encontrar algo de paz cuando, hace una semana, su exmujer volvió. Revueltos otra vez todos los fantasmas. Ella creyó que con su sonrisa y sus halagos él olvidaría la traición. Pero no. Las palabras duelen, las cicatrices quedan.
Un año atrás, ella armó una pelea de la nada. Un plato sin lavar, unos calcetines en el suelo. Gritó que estaba harta de recoger sus cosas, de vivir con un fracasado que ni siquiera podía comprarle un coche nuevo. Que hacía tres años que no iban a Tenerife, y dos que no pisaban la playa de Málaga. Dijo que se iba con alguien que sí le daría todo lo que él no podía.
Antonio sabía que sus recientes visitas al gimnasio y su nuevo corte de pelo no eran por él. En casa, llevaba siempre la bata vieja y el pelo revuelto. No la retuvo. Sufrió, claro. Bebió, pero sin excesos. Con el tiempo, el dolor se fue.
En el trabajo, las mujeres se acercaron al enterarse de que estaba soltero. Algunas incluso le lanzaban miradas. No pedían viajes ni joyas, solo compañía. Un hombre en sus cuarenta, con piso y coche, sin hijos que mantener. Un buen partido.
Una mujer en casa era agradable: cariño, comidas calientes, alguien con quien hablar. Pero después, siempre llegaban las exigencias. No, gracias. Ya había pasado por eso. No rechazaba un nuevo amor, pero ninguna le había hecho sentir nada.
Sus amigos también desaparecieron. Sus esposas les prohibieron juntarse con él. Demasiado peligroso. Un soltero podía contagiarles ideas. Al principio, él los visitaba, pero volvía a su piso vacío, donde nadie le esperaba.
Nunca tuvieron hijos. A él no le preocupaba. No todos lo conseguían pronto. Ella incluso se hizo pruebas. Todo normal, solo era cuestión de tiempo.
Pero al irse, le soltó: *”Eres un inútil. Hasta elegiste una mujer estéril.”* Eso le destrozó. Y aun así, si ella se hubiera quedado, él la habría perdonado. Pero se marchó.
Y un año después, apareció en su puerta un sábado al amanecer.
*”¿Tan fracasado soy? ¿O el otro resultó peor?”*
Lloró, pidió perdón, juró que lo amaba. Él le dijo que le perdonaba, pero no olvidaría. *”¿En serio? Saliste con otro y ahora vuelves como si nada? ¿Tú me habrías perdonado a mí?”*
Cuando salió, le advirtió: *”Cuando vuelva, no quiero encontrarte aquí. Toma lo que sea tuyo y desaparece de mi vida.”*
*”No tengo adónde ir”*, murmuró ella.
*”¿Y tu madre en Toledo?”*
Ese día también condujo sin rumbo hasta el anochecer. Se prometió que si al regresar ella seguía allí, intentarían recomponerlo. Por costumbre, por cariño. Pero cuando llegó, el piso estaba vacío. No le dolió. Sabía que no habría funcionado. Ella solo volvió porque no tenía otra opción. Y tarde o temprano, se iría de nuevo.
Eso fue hace una semana.
Ahora, Antonio conducía en silencio, hablando consigo mismo. La lluvia arreciaba. Los limpiaparabrisas apartaban el agua como lágrimas. Daría una última vuelta, repostaría y volvería a casa.
En un semáforo, vio a una mujer bajo un árbol. Las hojas jóvenes no la protegían del agua. Estaba empapada, la mirada perdida. ¿Por qué no se resguardaba? ¿Esperaba a alguien? ¿O también había salido de casa sin saber adónde ir?
El semáforo cambió, y Antonio siguió. Pero dio marcha atrás. Bajó la ventanilla y tocó el claxon. Ella ni se inmutó.
*”Suba”*, gritó. *”¿Adónde quiere que la lleve?”*
La mujer giró la cabeza. ¿Lloraba o era solo la lluvia?
*”No puedo quedarme aquí”*, insistió él.
Ella se acercó con paso lento y se sentó a su lado. Intento estirar el dobladillo de su falda sobre las rodillas, inútilmente.
*”Hay pañuelos en la guantera”*, dijo él mientras arrancaba.
Ella tomó uno y se secó el rostro.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos.
*”¿Adónde la llevo?”*
*”No tengo adónde ir.”* Su voz era suave, grave.
*”Vaya lío”*, pensó él.
*”Ahora lo recuerdo. Lléveme al aeropuerto de Barajas.”*
*”¿Huyendo del marido? ¿O a casa de su madre?”* Notó su mirada sorprendida. *”No lleva equipaje.”*
*”Mi marido se fue hace dos años. Mi madre murió seis meses después. Un infarto.”*
*”¿Le gustaba mucho su yerno?”*, bromeó él, casi riendo.
*”Se fue cuando a mi hija le diagnosticaron leucemia. Hospitales, tratamientos… No pudo soportarlo. No lo culpo.”*
Antonio se mordió la lengua.
*”Luego murió mi madre. Mis amigas… Cuando les pedí ayuda económica, desaparecieron. Aún me llaman, pero cortan rápido, por si les pido dinero otra vez. Aunque ya no lo necesito.”*
*”¿Su hija…?”*
*”No. Vendí mi piso para pagar su tratamiento en Alemania. Pero no sirvió de nada.”*
Antonio la miró. Sus ojos secos reflejaban un dolor infinito.
*”Escuche…”*, empezó él.
*”Ella soñaba con ver el mar. Antes de irnos, compré dos billetes de avión. Para animarla.”*
*”¿Aún los tiene?”*
*”Sí. El vuelo sale mañana.”*
No supo qué decir. Él tenía un piso, un coche, un trabajo. Nunca pasaría por algo así. Era un afortunado.
*”¿Cuántos años tenía?”*
*”Mañana cumpliría doce. Los billetes eran para su cumpleaños.”* Hablaba con calma, como si narrara algo ajeno.
*”¿Doce? Dios… ¿Cómo lo soportó?”*, quiso gritar él.
*”Yo no tengo hijos. Mi esposa abortó en la adolescencia, de otro. Me lo dijo al final, para herirme.”*
*”¿Por eso la dejó?”*
*”No. Ella me dejó por alguien con más dinero. Me llamaba fracasado.”*
*”¿Quiere un café caliente?”* Señaló una gasolinera. *”Tampoco he comido hoy.”*
EY mientras la noche cerraba sus ojos sobre Madrid, con las últimas gotas de lluvia brillando bajo los faroles, Antonio sintió que, por primera vez en años, no estaba solo.







