Llevaban ocho años casados, aunque a veces parecía que todo sucedía en un abrir y cerrar de ojos, como si el tiempo lo tejiera todo con hilos de niebla. Él era un marido devoto: la cuidaba con esmero, la protegía de los vientos fríos del mundo y la colmaba de mimos y detalles, como si temiera que la realidad les despierte del todo. Por todas partes, ella escuchaba que tenía a su lado a un esposo maravilloso, casi legendario, como los que cuentan en las leyendas de Soria o Salamanca.
Una vez, mientras paseaban por las playas de San Sebastián, ella perdió su alianza en el mar, tragada por olas impacientes y saladas. Sin decir una palabra, él volvió al día siguiente y, como quien le obsequia la luna, le entregó un anillo nuevo pocos días después.
Para que todos sepan que tienes dueño y que eres mía le susurró mientras le rozaba la mano con la cajita de terciopelo.
A ella le gustaba esa devoción, y por supuesto, le deleitaban los regalos brilli-brilli y caros. Vivía resguardada tras el escudo de su marido, sin notar cómo su propio afecto, cada vez más tenue, no igualaba al amor que él le entregaba a raudales. Nunca le preparaba nada especial para su cumpleaños, salvo una cena sencilla con luz de velas, mientras él siempre aparecía con una sorpresa intrigante y costosa, a la que añadía un ramo de rosas rojas bien perfumadas. Tampoco le achuchaba en la cocina: después del trabajo, ambos caían rendidos en el sofá y, total, un bocadillo de jamón o unas croquetas pedidas a Glovo ya valían para apañar el hambre y los sueños.
Él jamás le echó nada en cara, pero su madre sí.
Tú, presumiendo del segundo anillo, y él ni uno lleva. ¿Nunca has pensado en regalarle uno, hija? ¡Todas las mozas le echan el ojo y ni siquiera saben que está casado!
Aquello le caló hondo, como una lluvia lenta de noviembre en Segovia. Prefería que las demás ni mirasen a su marido, que era demasiado guapo para pasar inadvertido. Ni se le habría ocurrido pensar que la falta de alianza podía ser la razón.
Durante la boda, apenas tenían dineros, apenas unos eurillos, solo para comprarle un anillo a ella. Él pidió prestado uno a un amigo, y, tras la ceremonia, se lo devolvió enseguida. Incluso después, cuando ya podían permitirse caprichos, no se compró uno propio durante largo tiempo. Quizás en esas decisiones misteriosas del subconsciente que solo afloran en los sueños.
Esa tarde, la mujer no buscó fechas señaladas ni excusas. Simplemente, caminó por calles empedradas, entró en una joyería del centro, y se decidió por un anillo sencillo de oro, nada rimbombante, sin filigranas. Ya por la noche, cuando él llegó del trabajo, una caja de terciopelo azul aguardaba discreta en la mesilla de noche.
¿Y esto qué es? preguntó, sin comprender. ¿Te has comprado algo más?
No, es para ti dijo ella, con la voz temblorosa de emoción contenida.
El marido, claro, no esperaba nada. Al abrir la caja, se le nublaron los ojos como si las lágrimas tuvieran alas.
¿Para mí? preguntó, poniéndose el anillo en el dedo anular con manos trémulas. ¡Muchísimas gracias! Quería proponerte ir a escoger uno juntos un día, pero recibirlo de tu parte es ¡tan especial! ¿Esto quiere decir que me estás pidiendo matrimonio otra vez?
Se rieron y se fundieron en un abrazo de mariposas, volviendo a flotar como si nada pesara. Luego, de la mano, se deslizaron a la cocina, preparados para inventar juntos la cena, mientras el fin de semana les esperaba tras la puerta, envuelto en niebla y promesas.







