Cuando empecé a salir con Alejandro, sabía que tenía una hija. Antes de casarnos apenas la veía, y si venía de visita, yo intentaba ganármela con algún detalle, ya sabes, por hacerle el apaño. La niña parecía maja, normalita para tener seis años, vaya. Pero después de la boda me di cuenta de que era un torbellino insoportable.
Alejandro le compra todo lo que pide, aunque sea lo último que nos queda en la cuenta. Y espera que yo haga lo mismo. Dice que después de dos años casados debería quererla como a una hija mía, que tendría que verla como si fuese propia. Pero para mí sigue siendo una desconocida. Sé que su madre es otra, y que prácticamente ni se preocupa de ella, pero que, por algún motivo, la que tiene que estar pendiente de todo soy yo. Sinceramente, quiero cuidar y mimar a mis propios hijos, no a una niña respondona, que lo único que hace es ir corriendo a chivarse de mí a su padre.
Alejandro no se da cuenta de que lo que me pide es imposible. Nunca voy a ver a esa niña como a una hija mía. Solo se acuerda de mí para que le haga regalos, y si no los tiene, me monta el numerito. Y tiene apenas siete años. No quiero ni pensar cómo será cuando crezca y aprenda nuevas formas de manipularnos.
Mi marido no tiene ninguna autoridad sobre ella, nunca me apoya cuando la situación se pone fea, y la cría ya se ha dado cuenta de que con llorarle un poco a su padre, me cae la bronca a mí. Y encima Alejandro dice que exagero cuando intento explicarle cómo me trata su hija… Es que a veces me dan ganas de gritar.







