¿Eres una fábrica de bebés? ¿Cuántos piensas tener aún? Así me recibió mi suegra, con ese tono burlón que le sale tan natural. Buenas tardes, Eugenia María, por favor, no seas irónica le contesté, intentando mantener la calma. Luis ya te ha contado que vamos a tener otro hijo, ¿te ha molestado tanto? le pregunté educadamente a Carmen.
¡Claro que sí! Ya después de la tercera nieta te dije que pararais. No hacéis caso a las mujeres con experiencia Hasta os regalé una caja enorme de preservativos por Navidades, a ver si empezabais a poner remedio, ¡pero qué va! refunfuñó ella.
Todavía recuerdo aquel regalo de Nochevieja, cuando celebrábamos el cumpleaños de nuestra hija mayor. La suegra nos dio la caja, dejando muy claro lo que pensaba sobre ampliar familia. Te hemos escuchado, pero la naturaleza sigue su curso, Eugenia respondí intentando suavizar el ambiente. ¿Estás intentando hacerte la graciosa? Pues apáñatelas tú sola con los niños, que yo no pienso ayudar más… Y en realidad nunca… No pude terminar la frase. El móvil se quedó mudo. Carmen colgó antes de dejarme responder.
Dejé el teléfono sobre la cama, sonreí y acaricié mi tripa que todavía apenas se notaba con cierto cariño y resignación. Esperábamos nuestro cuarto hijo y eso era lo que revolvía el humor de mi suegra. No entendía por qué le alteraba tanto.
Jamás se había hecho cargo de sus nietos ni tampoco nos había apoyado en lo económico. A lo sumo se acercaba a verlos una vez al mes, y solo recordaba a los niños en los cumpleaños o en Reyes, trayendo algún detalle que no compensaba sus críticas. Me mantenía callado, aunque no comprendía ese desdén. Eugenia tiene recursos de sobra; podría mimar a sus nietos o invitarnos a una merienda, pero no le nace.
Luis, mi mujer, y yo nos hemos preocupado siempre de que a los pequeños nunca les falte nada. Gracias al buen sueldo de Luis y a que monto cosas desde casa, incluso ahora que mi pequeño negocio marcha bien pude contratar a una chica para ayudarme con los niños mientras trabajo.
Nuestra vida familiar es tranquila, nos queremos y nos basta con nosotros, aunque la actitud de Eugenia distorsione ese cuadro tanto como puede. Nunca me aceptó del todo, y su desaprobación creció con cada niño que llegaba.
Cuando nació nuestra tercera hija, intentó convencerme de interrumpir el embarazo. Con el tiempo, sin embargo, acabó cogiéndole cariño a la niña, y cuando al fin desaparecieron las discusiones, recibimos la noticia de que venía el cuarto. No era algo buscado, pero así ocurrió. Si la vida nos trae otro hijo, lo sacaremos adelante con todo nuestro amor.
Por supuesto, el anuncio no le hizo ninguna gracia a la abuela. Lo cierto es que pienso que lo que más preocupa a Eugenia es que su hijo deje de ayudarla. Luis le envía dinero regularmente y ella teme que, al aumentar los gastos con el nuevo bebé, él tenga que recortar. Ya le ha arreglado la dentadura, la llevó una semana a Benidorm, y le pagó la reforma del piso.
Yo jamás me he opuesto a que Luis ayude a su madre, siempre que no falte nada a nuestros hijos. A día de hoy nos apañamos bien, así que apoyo que haga buenas obras. Pero si mi suegra teme por su bolsillo, sus quejas no harán más que empeorar la situación y minar la tranquilidad que tanto cuidamos.
Nada de lo que haga nos hará cambiar de opinión; ya hemos decidido que vendrá nuestro cuarto hijo y punto. Pero sigo dándole vueltas a la misma pregunta: ¿tiene derecho mi suegra a decirnos cuántos hijos debemos tener?
Hoy he aprendido, aunque sea a la fuerza, que la familia, en su silencio, es nuestro mayor refugio, y que nadie ajeno, ni siquiera con la mejor intención (que no es el caso), tiene derecho a poner límites al amor y a las decisiones de un hogar.







